miércoles, 27 de julio de 2011

Pura Maldad.


I


Al verlo esta mañana cuando  iba al trabajo, embarrando  la acera, supe que ELLA  había entrado en mí de manera total, invasiva, cálida como el primer rayo de sol de aquel frío día: La Maldad, pura y simple, tan frívola como peligrosa.

Y reí de buena gana, en efecto, al ver sobre la acera aquella huella de un zapato, desde la punta hasta el tacón tan nítidamente impresa sobre un enorme excremento de perro, ya agusanado, porque el chasco que había sufrido algún pobre infeliz era de aquellos que te  hacen mentar la madre desde el fondo de las entrañas.

Me burlaba todavía, cuando llegué hasta la enorme cola tempranera que se había formado, como era usual, ante los autobuses y taxis por puesto. Sin más ni más, obviando por completo el hecho de que existía un último de la fila, me adelanté hasta el hombre que estaba de segundo y me puse delante de él. No me puse de primero porque justamente este se estaba sentando ya en el  asiento del taxi disponible. Al punto todos los de la fila se arrecharon y  se elevó un coro de airadas protestas:

- ¡Abusador! - ¡Muérgano! - ¡Coño é madre! – me gritaron. Uno se me quiso echar encima pero lo atajó una vieja gorda.

Les miré a todos mientras me subía en el vehículo:

- Arrecho debería estar yo, - contesté: -  porque acá  está uno que se metió antes.  ¿A él no le dicen nada?

Siguió un momento de estupor, que aproveché para entregar al indignado chofer un billete que quintuplicaba la tarifa. Selló él sus labios codiciosos, y poco después tiraba yo un beso a los vecinos que se quedaban en la cola, bajo una pertinaz llovizna helada que justo daba inicio. Con olímpico desdén afronté el desprecio que había en los ojos de mis compañeros de viaje. Luego me adormecí, aburrido.



II


Ya en la urbanización La California, al ver la cantidad de gente que colmaba los vagones del Metro de ida al centro, decidí tomar uno en la dirección contraria, para de este modo y de vuelta poder ir sentado en paz. Pisando a un anciano que quería entrar primero, pasé pues y me senté, cómodamente. El viejo gemía y una muchacha fea protestó en su defensa. Yo le pedí que por favor no me hablara, porque ella era una niche (naca) y yo no acostumbraba a dirigirle la palabra a los niches (nacos). La tipa se indignó  toda horrible, y hasta creí que le iban a explotar las venas del cuello. La cosa se puso todavía peor en Petare, porque una mujer embarazada tuvo la mala  ocurrencia de pararse justo frente a mí, y yo no le quise dar mi puesto. Porque no, pues. Yo estaba muy cómodo. La niche y la embarazada  comenzaron a llamarme mal hombre, poco caballero, mal educado y pare de contar. Yo  por toda respuesta les lancé un eructo cargado con la arepa de chorizo que había desayunado. Todo el vagón volteó a mirar, y de entre el apretujamiento salieron varios insultos  que no puedo repetir. La niche, pero furica,  hasta me llamó maricón.

- Ah yo sí soy maricón,  mijita.  – respondí desafiante: - Soy muy gay,  y cuando veo mujerzuelas como tú, me doy cuenta de por qué soy tan gay.  

- ¡Marico tenías que seeeeer!!!  – barbotó ella ahora fuera de sí, meneando su afro aceitoso: - ¡Todos los maricos son una mieeeerda!!!!

Al punto se indignaron cinco o seis “maricos”  que había en ese vagón,  lo cual por cierto prueba que en Caracas somos muchos y que estamos en todas partes.
- Mira pendeja – protestó uno que se  parecía a Lila Morillo: - aquí el único grosero es él, ¿oíste? Así que me haces el favor. ¡Mona!

- ¡Ay si, no vamos a pagar todas juntas por pecadoras!- dijo otro, con las manos a la cadera: - No seas ridícula.
-¡Cállense maricones!- gritó la tipa.

- ¡Perra!

Comenzó el forcejeo. Y los insultos. Se metieron cinco, ocho, diez más, todos hablando o gritando a la vez. Un tipo horrendo, mal vestido y como palúdico trataba de convencer a los demás de que no pelearan, pues el único culpable era yo, pero alguien le dio un coñazo con una cartera en la cara. Por supuesto, al ver esto,  me dio un ataque de risa, pero como la muchacha niche estaba empeñada en arañarme y no podía quitármela de encima, pensé que era un buen momento para hacer lo que se me había ocurrido  antes, cuando vi los pulidos zapatos de un sacerdote: me metí el dedo índice en lo más profundo de la garganta. El chorro de vomito salió potente y  cayó de lleno en el peinado gordo de una señora. Rebotó, salpicó a todo el mundo. Luego mis risas se escuchaban hasta afuera, mientras el gentío se deshacía en arcadas y maldiciones. Una gorda pegaba gritos porque el vomito le había caído  en las chancletas; otro, un señor de traje y corbata, se resbaló y al caer se llevó por el medio a la niche. Uno de sus zapatos dio en la cara de una monja consternada. La puerta se abrió en ese momento: - “Qué bien – pensé: - Ya llegué a Capitolio”.

Y salí del vagón, dejando atrás una burbuja de aire nauseabundo y repleta de seres gesticulantes que se ahogaban en su miseria.



III


- Hola Felixito.  – me saludó muy cariñosamente Marla, la secretaria, cuando hice mi entrada en la oficina: - El jefe me dijo hace rato que quería revisar contigo los documentos que llegaron ayer.

No devolví el saludo y al pasar por el borde de su escritorio apagué mi cigarrillo en su vasito lleno de café negro.

En mi escritorio ya estaba encendida la computadora. El Jefe había estado revisando, efectivamente, los documentos que daban feliz conclusión a dos años de importantes gestiones. Todos los proyectos estaban allí, como muestra indiscutible de nuestra eficacia como equipo profesional. Una catapulta, ni más ni menos, que lanzaría a la compañía hasta los primeros lugares, cuando finalmente viera la luz pública, en un acto pautado para dentro de veinticuatro horas exactamente. Tomé asiento en mi butaca… y comencé a trasladar una a una las carpetas importantes hasta el icono de La Papelera de Reciclaje, por el puro placer de verlas deslizarse como una seda hacia su destrucción.

-Félix- Marla me veía desde la puerta. En sus manos sostenía el malogrado cafecito:- Mira lo que hiciste, deberías tener más cuidado chico…

No le respondí, con los ojos fijos en la pantalla. Elegí la carpeta de Gráficos,  la llevé a la Papelera.

- El jefe te está esperando en la sala de reuniones…

- Dile que no iré.

- ¿Quieres decir que no puedes ir en este momento?

Sonó el intercomunicador. Presioné el botón.

- ¡Félix! – era mi jefe: - ¡Félix, coño! ¡Alguien está borrando los archivos!

Teléfonos. Correos. Contratos… Papelera.

- No.- dije a Marla, para que él oyera: - Quiero decir que no voy a ir a  la maldita reunión.

Solté el intercomunicador. Y proseguí: Nóminas, Controles de Pago, Correspondencia… Papelera.

-Pero ¿qué es lo que está pasando contigo? – preguntó Marla llorosa.

Promotores. Contribuyentes. Data de Presupuestos. Papelera.

- Vete de aquí, Marla.

- Pero…

Vaciar Papelera de reciclaje.

- Estas despedida.

Enter.





IV


Y así como vino, la maldad se fue, pero ya todo el mal estaba hecho.




Fin