lunes, 19 de septiembre de 2011

La amiga mounstro

1.-

Es sencillo de contar, te lo haré corto.

Hace años, conocí a una muchacha en el edificio donde viven mis padres. Como es un hecho que para aquel entonces yo no pensaba, mucho menos estaba en edad de analizar un cuerno, me sentí atraído por esa chica, como amiga claro, una cara simpática y  agradable,   en medio de otros rostros que eran  menos amistosos.  Así pues, la dejé entrar en mi mundo y nos hicimos amigos.

Ella se  llamaba Josefina.

Solíamos reunirnos con otros chicos y chicas en el patio, o en el muro junto al portón, para charlar e intercambiar fáciles impresiones, porque la edad de juegos infantiles había pasado  y lo nuestro era ser adolescentes.  A veces nos reuníamos en su apartamento, para almorzar  en una gran mesa  que comandaba un señor muy serio y dominante: su tío. La esposa de este, una señora amable  y menuda, solo vivía para atenderle, pero en esas ocasiones también nos atendía a nosotros, con una sonrisa.

Josefina,  mi gran amiga, era del campo, pero se había mudado con ellos para poder estudiar en Caracas.

Un día – mis recuerdos son borrosos -  descubrí que estábamos inscritos en el mismo liceo.  Nuestro lugar de encuentro dejó de ser el edificio, o el comedor del tío, y ahora nos veíamos en los  salones de clase y en el patio del liceo. Y nuestra amistad se vino abajo, de coñazo,  dramáticamente: ella comenzó a rechazarme; su risa se hizo mueca y su  confianza pasó a ser  burla velada. Del amor de amigos, al odio. Así de simple.

¿Qué tanto la puedo culpar? Ella solo tenía quince o dieciséis años, y en ese liceo (donde ya llevaba tres años)  yo era visto como un  maricón, en una época en que odiaban más a los maricones. Y por tanto, era alguien que debía ser marginado a fuerza de desplantes, de bromas y de insultos. Josefina, al no poder en absoluto manejar esa situación, se unió al coro de hostiles. El miedo al rechazo social fue más fuerte. De la noche a la mañana  me repudió, y en adelante jamás volvimos a tratarnos.

No diré que no me esperaba esa traición de Josefina. A los quince años uno no espera un coño, uno es un chamo y no piensa nada, solo vive. Lo que uno si hace es adaptarse como un animalito a  las adversidades. Yo  devolvía indiferencia por hostilidad,  rebeldía por insulto. Cuando Josefina hizo eso, yo la miré con desprecio por encima del hombro. Le volteé los ojos.  Perdí a una amiga. La cosa no era para morirse, pues. Y  yo continué con mi vida.


2.-

Ok,

A veces, los fines de semana, por entre los panas  conocidos, nos mirábamos de lejos. Un día la vi, y me fijé que  Josefina   iba acompañada por una chica muy gorda, de cara muy  fea (coño, horrible, pobrecita), con el cabello corto, liso, pegado al cráneo grande, como si fuera  un casco. Días después las volvía a ver juntas, y así. Alguien me dijo  que aquella chica fea  era una “muchacha de servicio”, una especie de “dama de compañía”, que la tía de Josefina había traído del interior  para que  hiciera compañía y cuidara  a su sobrina. Mayor estupidez, pensé yo, y volví a voltearle los ojos. Total, Josefina  ya no era mi amiga, ¿qué podía interesarme aquella vaina?

Por su parte, apenas la chica fea tuvo noticias de mi existencia,  comenzó a verme  con mala  cara, así como diciendo: “ya me dijeron que tú  eres un maricón, y al igual que los demás  yo también voy a burlarme de ti”.

¿Qué otra cosa podía yo esperar?  Resignado acepté a esta nueva enemiga con la misma cara dura que imponía a los demás, y en mi fuero intenso la bauticé maliciosamente con el apodo de “la amiga mounstro”, por lo fea que era.


3.-

¿Qué pasó después de eso? Oh, casi nada: la vida misma, que con su carga de experiencias y su inevitable empuje hacia el futuro, cobra su don con la suma de los años. El trajín de la  adolescencia, alocadas travesuras, fugas, traumas por curar, y el exilio que me tocó vivir en otra  ciudad,  a doscientos kilómetros de Caracas, para librarme del problema de mi mala fama. Josefina,  su amiga mounstro, y en una palabra, TODOS los chicos de aquel momento de mi vida,  quedaron atrás. Se  perdieron  en aquel  torbellino intenso. Aparecieron nuevas personas,  otras amistades, nuevos grupos, nuevos dolores, pero también nuevos colores.  Un  crecimiento continuo, alegrías insensatas. Si me lo ofrecieran y fuera posible,  JAMAS volvería a vivir la adolescencia. Dios supo lo que hacía cuando nos dio una sola.

Llegaron mis veinte años,  y aquello  fue una  catarata de salidas nocturnas, de aprendizaje, de  trabajar, de  vivir sólo, y en comuna. Y los treinta fue una juvenil repetición de todo eso (jajaja) pues la verdad es que tardé en madurar. La trágica muerte de un chico que amaba  me ayudó a sentar cabeza. Completé así los ciclos, até cabos,  comprendí  tantas cosas… Un zaperoco, y yo en medio,  un poco aturdido, pero  hecho hombre, como es natural, y también hecho maravillosamente gay. Y esperando como todos  nosotros vivir más, sacarle el jugo a la vida.


4.-

No te lo he hecho muy corto, pero te sigo contando la vaina: el destino me trajo a esta época en la que hoy escribo esto, y un día volví  al edificio.  La ventana del cuarto de mi hermana, ahora casada, me muestra mismo patio, el mismo muro de mi adolescencia, junto al portón. Y  para mi sorpresa, una tarde vi en ese patio a la amiga mounstro, a la que había olvidado por completo durante muchos años. Allí, estaba,  la gorda dama de compañía de aquella Josefina,  más vieja, más fea, con el mismo casco de pelo lacio, solo que ahora blanco, sujeto por un ganchito sin gracia a un lado de la frente. Cerca de ella, jugando, una niña como de cinco años. Luego me enteraría que nunca se casó, y que aquella niña era su hija.

Y supe otras cosas, por los vecinos chismosos: que el  viejo tío estaba muerto, que josefina se había ido  para siempre,  y que la pobre viuda, muy sola, había adoptado a la amiga mounstro como su dama de compañía.

- "Todos hemos transitado por los caminos que nos tocaban”, fue lo que pensé.  Y di por sentado que aquella mujer  había crecido  interiormente, había madurado, dejando atrás nuestras pendejadas de la juventud que nos hicieron antagónicos.

Pero no: yo estaba equivocado...


5.-

Yo tiendo a ser agresivo si veo que me van a joder. Me gusta poner en su sitio a quien se lo merece.  Pero el día que sentí su mirada clavada en mi nuca, y me volteé y descubrí que la amiga mounstro me estaba mirando con el mismo desprecio de tantos años antes, lo que me quedé fue loco mi pana. Yo estaba cruzando el patio y ella estaba allí, me reconoció.  Ante mí estaba una mujer que me condenaba ya no con la  insensatez de la juventud, sino con el convencimiento de un adulto.  Ningún proceso mental había modificado su  horrible prejuicio. La caraja no lo había madurado.

Verga, me sentí tan sorprendido…

Pude reaccionar de tantas maneras insolentes y no lo hice. Solo con hacerle ver lo dramáticamente fea que me parece la habría hecho llorar, yo creo. No soy un santo (que santo nada ni qué coño) pero intuí que si me ponía a ese nivel, sería como ella. Un carajo transmitiendo odio. Un viejo adolescente. Un pendejo. Yo sostuve su mirada un momento, creo que por primera vez desde siempre, luego mire hacia adelante y  continúe caminando.  Alcancé la puerta del edificio, la atravesé  y la cerré, muy en mi dominio, dejando  atrás su imagen  maltrecha y envejecida de madre sola y fea.

Sí, es verdad que me  sorprendió   la presencia viva de ese viejo cáncer, su prejuicio. Pero es  solo eso, un viejo prejuicio que ya no puede tener efecto negativo. Es que no puede alcanzarme. Los  que sienten  este supremo desdén que da el crecer  puede entenderme. E  inevitablemente,  me entenderán los más jóvenes cuando les toque, si es que les toca y no se quedan varados como la amiga mounstro.

Una vez me imaginé que, de volver a encontrarla atravesada en mi camino, le diría: -  “Si chica, sí soy un maricón. Ya relájate”.

Pero ahora sé que ni eso…



Félix.