viernes, 13 de abril de 2012

Novela Vampírica Venezolana - Segunda Ova

I

- Ananda, tú  acabas de matar… - me dijo Babilonia cuando me tuvo en su campo visual. Me veía con la mente, como me había visto Mefisto un rato antes allá en el Silencio, como podía percibirme cualquier vampiro que estuviera en mi camino y atento.

Aminoré la velocidad en medio del viento. Mi cabello se revolvió  cubriéndome los  ojos con sus ondas plateadas. Colocando los pies por delante, comencé a descender.  La orilla empedrada del rio apareció en un cuadro de luz. Percibí el rumor de sus aguas negras. Me envolvió su hálito húmedo y su hedor  cuando toqué el suelo con los dedos de mis pies. Me  acuclillé cabizbajo.

-  Tú siempre como un mendigo. – me dijo Babilonia, esta vez usando su boca para hablar:  -  Tú,  siempre tan triste…

Babilonia (ignoro por qué se hacía llamar así, y desde hacia cuanto tiempo) era un hombre de raza negra, que al morir debía rondar por los treinta y cinco años. Un negro hermoso, de facciones africanas harto armoniosas – no hay vampiro feo – que poseía ojos de   escleróticas algo amarillentas, mismas que se tornaban  rojas  cuando se hartaba de sangre. Las  palmas de las manos estaban  teñidas de un  rosa suave.   Siempre que me veía, Babilonia  hacía alusión a  mi soledad, a mi tristeza actual. Pero él mismo  siempre estaba siempre solo y era él quien parecía siempre triste. No tenía moral para decirme nada, pero su preocupación por mí era auténtica. Sus sarcasmos acerca de mi forma de vestir solo resaltaban sus propios   harapos incoloros,  que no se quitaba hacía más de treinta años. Su locura parecía estar en una escala más profunda que la mía. Siempre estaba  silencioso, siempre  taciturno. 
 
Yo me  identificaba con él.  Me gustaba ir a visitarle de tanto en tanto, allí en las siniestras  veredas  del rio Guaire, en donde ningún hombre  decente se atrevía a ir de día y ningún malandro  de noche.
Babilonia  estaba allí  desde antes de mi  último gran sueño. Sólo salía para alimentarse y luego  regresaba a contemplar las fétidas aguas. No hacía más nada. 

- Nosotros no tenemos que preocuparnos ni por el tiempo, ni por superarnos. – dijo, respondiendo a mis pensamientos: - ¿Cuántas veces nos podemos superar en la eternidad? 

- Hasta que te aburres, creo…  – alcé la cabeza: - Yo viví en un  palacio.  Y sé que ese palacio me pertenecía…

-  Ahora  Caracas toda  es tu  palacio. 

Reí.

-Pero vas a perderlo todo. – sentenció.

No respondí a esa salida. Me negaba caprichosamente a pensar.

- Mataste en San Martin y volviste a dejar los cuerpos en la calle, a la vista de todos.  Y no es la primera vez. 

- Ya no me provoca estar en ninguna otra parte. – respondí.

-  Yo no  soy más viejo que tú, pero sumo siglos. Podría entenderte.  ¿Ya te quieres morir? ¿Estás haciendo esto para que venga alguno y te mate? 

- Yo puedo quemar con mi mente. –  dije, ignorando su pregunta: - No lo recordaba. Pero puedo hacerlo. Tú también puedes, pero no lo haces.

Babilonia sonrió. Sin inmutarse, me siguió el juego.

- Yo puedo hacer más que eso. – contestó. 

Un caucho viejo que estaba allí cerca  de súbito  comenzó a flotar  en el aire como una sucia  pompa  de jabón. Una lluvia de detritus se desprendió de sus bordes mientras  se alzaba y divagaba por encima de las aguas turbulentas del canal.  Babilonia no había movido ni un músculo, ni siquiera estaba mirando en esa dirección, pero él era  quien estaba moviendo el caucho con su poder anciano.  

- Ahora agarra tú el caucho.  

Yo te iba a preguntar “¿qué?” pese a  haberlo escuchado claramente, pero me dio vergüenza. No me iba a poner con temores, con dudas. Miré el  caucho, y al enfocar mi deseo  supe de que alguna manera lo había tomado.   Le ordené al caucho que descendiera en la otra orilla. Pero en lugar de hacerlo suavemente, el caucho  salió disparado con gran fuerza y se  estrelló  contra el empedrado. Se perdió en la espesura del monte alto, luego de rebotar muchas veces. 

- ¿Lo hiciste a propósito  como pa impresionarme? 

- No. 

- Entonces es cuestión de que te acostumbres.  – dijo Babilonia muy serio, mirándome con sus bellos ojos asesinos: - Has olvidado cosas. Habías olvidado que puedes quemar. Mira ese árbol que está allá. Quémalo.   

Y señaló uno  que estaba  cerca. 

El árbol empezó a humear. Mis poderes eran inefables, pero de alguna manera  parecía que yo no tenía el control total. ¿A qué se debía? 

- Si lo tienes. – respondió él: -  Sencillamente lo has olvidado. Concéntrate  en aquello que haya  en el árbol que  pueda crear  fuego.  Por ejemplo,  la sequedad de la madera.  Al agua solo la harás hervir. Pero si lo que la contiene termina seco  y es propicio, podrá arder. No puedes quemar el  metal. Tampoco  la  piedra, pero  puedes hacer que estallen en mil pedazos…

- Ya entiendo lo que estás haciendo. . Me estas  aconsejando, para que pueda defenderme si algún vampiro quiere matarme.  

- ¿Y cuál es el peo? – regañó: - ¿No me puedes complacer? De todos modos,  creo que  no te hace falta. Mira el árbol… 

Ambos  lo miramos. Todas sus ramas estaban  ardiendo como una enorme fogata, cual  una gran pira funeraria, de furiosas llamas alimentadas con gasolina. Su resplandor de pronto hizo restallar todos los contornos del rio, de los empedrados, de los viejos faroles, y proyectar en dantescas sombras movedizas el alto monte sobre las laderas en pendiente. El crepitar de la candela  rugía en el aire,  opacando el lejano fragor de los carros que pasaban  por la autopista. Los bomberos seguramente acudirían al lugar, pero  no esa noche, sino acaso después de muchas horas de haber amanecido.  O al otro día. Aquello era Caracas.

Mefisto desde el Silencio contemplaba el resplandor con los ojos cerrados y un aire soñador.  

Maricarmen, al otro lado de la ciudad, también. Le hizo un guiño a su novia. Le acarició un seno.

Y como ellos,  otros vampiros  nos observaban, pasivos, estáticos. Sus mentes activas  como pequeños soles recibían y catapultaban imágenes.  Yo había  cautivado su  atención. 

- Demasiados observan ahora, cierra tu mente.  – ordenó Babilonia perentoriamente: - Tú debes tener cuidado. Estas matando con imprudencia y por eso te van a matar.  Hoy vuelves a descubrir el poder del fuego. ¿Lo usaras  en tu venganza, y sobre los vampiros que te quieran joder? 

- De bola que sí.  – me puse de pie: - Usaré todo lo que esté a mi alcance. Y lo haré por José. 

- También deberías hacerlo por Tritón…  - murmuró. 

Le iba a responder, pero babilonia  volvió a  ensimismarse en su contemplación de las  aguas del rio.



II


- Allá está. – dijo Ramial,  guiñando los ojos a causa del viento: - Esa es Maracay.

Tritón no respondió. Se limitó a mirar el mapa de luces a través de las nubes borrascosas,  guiñando los ojos.  Se sentía incomodo a causa del viento  helado. Y tenía sed.  

Ramial, más a sus anchas, ordenó  a su cuerpo que comenzara el descenso,  pues ya habían llegado a destino. Y su cuerpo ingrávido de vampiro le obedeció,  al tiempo que un  estremecimiento de placer lo recorría  de punta a punta.  El  instante de éxtasis   le hizo aferrar aún con más fuerza la mano de  Tritón.

 A este le agradó el varonil gesto. Ramial tenía las manos grandes, ásperas, manos fuertes de hombre. Tritón sentía debilidad por las manos masculinas, cuando lo eran realmente. Correspondió al  apretón con otro  igual de fuerte.  

Las nubes grises ascendían ahora en torno a sus cuerpos jóvenes.   Al  atravesarlas,  se  desmentía  la  aparente densidad  de las mismas,  pues se  desgajaban   como harapos  grises y  sin materia. 

Cuando  dejaron arriba el techo de nubes, se hizo manifiesta la aterradora altura a la que se encontraban. Se entregaron a una suerte de caída libre, aunque  siempre controlada.  Tritón observaba  ahora  atención la ciudad cuajada de luces amarillentas, después de haberse aburrido un poco  en el trayecto desde Caracas. Se aferró más  a la mano de su pana. Podía permitirse este gesto  infantil,  porque  todos sabían que era un novato. Además  aquel era su primer viaje tan lejos de la capital.  Lejos,  al menos para él.   Demasiado  joven  en el mundo de los que ya estaban muertos,  Tritón  no tenía aun pleno dominio de sus poderes, aunque  aprendía a pasos agigantados.  Ramial,  en cambio, a sus setenta y siete años con apariencia de veinte, era todo un experto.  

 Tritón le observó un instante, mientras caían abiertos como un par de paracaidistas. Sentía  un dejo de  ternura por Ramial, y desde luego también admiración,  porque aparte de ser muy bello  era  diestro en aquello de volar a sus anchas como un espíritu de la noche.  Con  sus cabellos largos y rubios agitados por el viento,  se  dejaba llevar,  a veces con los ojos cerrados,  totalmente confiado al influjo del poder vampírico que habitaba en su sangre.  
    
Ramial  rió al notar su la mirada halagadora: 

- ¿Qué? – le preguntó con  sarcasmo, gritando a causa del rugir del viento: - ¿Me quieres mamar el guevo otra vez?

Tritón se enfurruñó y apartó la vista:

- ¡Si eres pendejo! – gruñó. 

Ramial correspondió a sus risas,   pero pronto se puso serio. La  fuerza mágica que les impulsaba pareció de pronto tomar el control. Ya no estaban cayendo: descendían gradualmente en dirección al norte.  Pronto las puntas de los edificios más altos empezaron a pasar peligrosamente cerca de ellos.  

- Marico, - protestó Tritón: -  abre los ojos y mira por dónde vas. Nos vamos a dar un coñazo.
-  Deja que el papi aquí maneje.  Hago esto desde mucho antes que tú pensaras en nacer en esta vida. O en  la anterior.  

- Todos los vampiros viejos son echones con esa vaina de la edad.

- Ya te tocará también ser echón, carajito.

Y como queriendo hacer gala de su experiencia, con  una leve torsión de su cuerpo  Ramial dio comienzo a   una amplísima curva en el espacio abierto.  El aire en torno a ellos rugió en una ráfaga fría.   Tritón le dejó  hacer,  tratando de mantener  su propio centro  de gravedad. 

Miró hacia abajo:   estaban ahora sobre una  avenida  extensa y bien iluminada.  

- Esta es la avenida de las Delicias. – explicó Ramial,  mostrando en sus facciones   hermosísimas la cualidad lechosa y luminosa de la luna: - Nos  llevará derechito   al barrio que deseas visitar. Muy pronto podrás darle a Ananda el regalo que deseas.   

- Ya era hora. Te veo  lento… 

La ciudad repleta de  luces pronto quedó atrás. Después de pasar por encima de un  horrendo zoológico,  volaron  como papagayos en la aparente irrealidad de una urbe  que  se transformaba en pueblo, en monte. A su alrededor, las montañas azules y distantes  enmarcaban el recinto inmenso  de aquel sector de los valles de Aragua. 

De pronto, ambos  fijaron su atención en un punto distante  de esas  montañas azules, justo donde a duras penas  se distinguía un puntito luminoso.  Y ambos   guiñaron los ojos con  entendimiento:  

- “¡Allá  hay otros vampiros!”  - pensó Tritón:- “Hicieron una fogata”.

- “¡No, mejor ponte a gritar! Si me hablas con la mente más fácil podrán oírte, gafo. Tapa tus pensamientos.” 

- “Qué tanto. – se encogió de hombros: - Mejor les pregunto de una vez  si saben donde vive el carajo que estoy buscando”.

Y antes de que Ramial pudiera  hacer alguna objeción,  Tritón radió la pregunta en dirección a los vampiros que medraban en la  lejana floresta. Según el atisbo de las primeras imágenes que le llegaron, se trataba de un grupito de chupadores de sangre  acampados como modernos hippies.  Todos eran varones  y todos tenían  hermosos  rostros  que  la luz de las llamas se tornaban lo mismo  amuchachados  que  siniestros,  según el característico juego de expresiones que caracterizan a los vampiros.

- No debiste preguntarles nada. – dijo Ramial: - No hay seres más impredecibles en este mundo que nosotros… 

- Lo único seguro es que somos   como las cloacas de las casas. 

- Eso es lo que dicen de las cachifas… 

- Seguramente el que inventó esa frase no sabía que  existen los vampiros. 

Y  en efecto, el chisme no tardó en llegar.

Contestaba un chamo que se hacía llamar Creta. Con una voz de profundo y relajado barítono, les informó  telepáticamente que ese Sebastián al que buscaban, ese  ex policía,  vivía hacia la mitad del callejón hacia el cual se dirigían.

-“¿Vas a matarlo? – preguntó Creta con  sosegada curiosidad, desprovista de juicio: - Sebastián era  un policía  corrupto:  ahora solo es un malandro que se dedica a beber y a   fornicar”.

- “Lo voy a matar.   – respondió Tritón con la voz de su pensamiento: - Es  un asunto de  venganza. ¿Hay algún pero por  parte de ustedes?  No somos de  Maracay sino de Caracas.

Un coro de risas  telepáticas resonó en su cerebro. 

- Ya lo sabemos. – contestó otro vampiro junto a Creta: - Échale bola.  Si no lo matas tú hoy, cualquier otro día lo hacía yo”. 

 Los demás  vampiros se regodeaban en sus puestos alrededor del fuego   sonrientes,  algunos hasta burlones.

- Ok, entendido. Gracias...

- “Yo te haré saber cuando lleguen a su casa. -  dijo  Creta, que  se  quedó mirando las llamas  en aparente sosiego casi animal, con el cabello largo y lacio a ambos lados de su rostro femenil. Tritón se le quedó observando con los ojos de su mente, durante unos instantes, fascinado por su absoluta  hermosura.

- Es que no hay vampiro feo. – sonrió Ramial.

- ¿Y por qué no?  Es increíble, todos son hermosos. Como ángeles.

- Tú también eres muy bello, lo que pasa es que no le paras bola a eso. Y no se por qué sucede, pero es así. Quizás sea una ley antigua. Pregúntale a tu amado Ananda, - añadió burlonamente: - Él debe saber… 

Tritón  le soltó la mano.  Ya  se encontraban a menor altura.   Se sintió un tanto avergonzado de que Creta y los demás vampiros hippies  lo hubieran visto agarradito  como un niño.

 - De regreso quiero ir por mí mismo  - manifestó.  

Pero en  ese momento uno  de sus zapatos  golpeó contra la inesperada copa de un árbol  muy alto.  Ramial  le miró alzando una ceja,  pero tuvo la decencia de no reírse.  

Avistaron la  abrupta entrada del callejón. Maniobrando con una elegancia que los distinguía como caraqueños, aterrizaron en medio de la solitaria calle de entrada. Allí permanecieron inmóviles unos segundos,   sintiendo   como sus cuerpos efervecían   por dentro  con idéntico  e intenso placer.  Se reencontraban con su gravidez, con el peso de sus respectivos cuerpos, con la insólita sensación de estar pegados a la tierra,  de  ser parte de ella. 

- ¿Te sucede  lo mismo? - Tritón  hecho un vistazo a su amigo. - ¿No te excita  hacer esto? Mira.
Y mostró el paquete que la erección marcaba en sus jeans. Se  lo agarró, para que Ramial pudiera detallar el contorno de su pene, que iba en todo lo largo y grueso hacia la derecha. Ramial sonrió ante la manifiesta picardía, que por demás era natural en Tritón, y echó su pelvis hacia adelante para que mostrar  su propia erección, aunque esta menos potente.

- Es normal, - dijo: - sobre todo después de un viaje largo. Vamos ya. La noche no dura  para siempre…  



VII

Tritón avanzó unos pasos en pos de su amigo, pero de pronto se detuvo y se sentó en la acera para desanudar sus zapatos de goma. Tras quitárselos, los arrojó   hacia un  terreno baldío colmado de monte alto, detrás de un muro. Lo mismo hizo con sus  calcetines.  Sintiéndose libre, se puso de pie  para sentir la textura y dureza del asfalto.

- ¿Estas imitando a tu piazo é loco?  – pregunto Ramial con sorna: -¿Ahora siempre vas a estar descalzo?   

- Quiero que  Ananda sepa que lo amo.  Que soy como él. Y que estoy con él. Ahora y siempre. 

-  ¿Y por qué carrizo es que   él no usa  zapatos, si se puede saber?

- Ni idea. Creo que él mismo no lo sabe. Pero no me importa. A mí me  gusta que sea así. Y me gusta estar así como él. Deberías probarlo. Quítate los zapatos. Se siente bien. 

- ¿Y rasparme todo? ¡No si ta bien pues!  

Reanudaron la marcha, avanzando  como solo los vampiros pueden hacerlo. Al impulso de algunos de sus movimientos demasiados veloces para el ojo humano, lograban crear un efecto visual  fragmentario, como si desaparecieran por fracciones de segundo para reaparecer más adelante. En Ramial, este efecto era muy acentuado  y sin  aparente mayor esfuerzo.  Se desplazaba de esta manera fantasmal con  las manos dentro de los bolsillos de su chaqueta. Su figura parecía desgajarse y reagruparse. Al mismo tiempo, su poderosa mente  percibía   todo lo que ocurría a su alrededor. El sitio donde se hallaban, llamado Callejón Ojo de Agua,  era un humilde conglomerado de casitas viejas, algunas muy pobres y otras medio ruinosas que se mezclaban con otras más grandes  y bien equipadas, en ese extraño contraste de clases que puede apreciarse en algunos lugares de  Maracay. La  tranquilidad básica y nocturna que le rodeaba  era perturbada  por toda clase de  ruidos de animales, por el rumor  de quebradas ocultas, de la vegetación, por  la vida de la noche toda.

Ramial sumaba a todos estos sonidos  las voces en los sueños de aquellos que dormían profundamente, o  de los pensamientos atormentados  de los desvelados. Percibió asimismo a dos  malandros  que estaban agazapados detrás de un muro ruinoso, más adelante,  metiéndose  piedra  o alguna otra porquería.  Ramial sintió sed al tomar conciencia de que eran jóvenes y vigorosos,  pese a sus destructivos vicios. Esto le entusiasmo. Tenía la garganta seca por la sed. Viajar lo ponía aún más ansioso. Insaciable como pocos, Ramial tenía muy bien ganada su fama de glotón, en todos los sentidos…  

 - Acá en Maracay la gente mortal cree mucho en vainas sobrenaturales.  – comentó,  para que aquellos malandros pudieran oirlo mientras se acercaban: -  El pueblo cree en aparecidos, en  carrozas fantasmas arrastradas por caballos, en la sayona. Vainas así.  Todo eso le encanta a los maracayeros. La ciudad se presta desde hace siglos para esos cuentos porque es muy  siniestra de noche, como ves. Y antes era peor. Cuando era  pueblito  solo tenía faroles mortecinos.  La gente de esa epoca no salía de sus casas de noche.  Le  temían a los espantos. Ahora le temen más al hampa. – rió: - Y con razón: no te imaginas la escoria humana que habita aquí. Yo los he visto. Los malandros, las putas, todos son asi como horribles, malvados. He matado a tantos. Son deliciosos. Menos mal que siempre vuelven a reproducirse como conejos.  El caso es que todos, buenos y malos, todavía siguen creyendo en fantasmas y vainas del más allá. ¡Bah! Maracay no es más  que es un pueblon. Nunca será como Caracas…  

- ¿Y para qué querría ser como Caracas? Aquello es un infierno. Mira ¿y los maracayeros no creen  en  vampiros?  

-  Pues aquí vienen dos que estan a punto de creer…   

Y señaló hacia adelante con los labios. 

Los dos tipos de aspecto marginal  que percibiera antes,   caminaban  ahora hacia ellos  con caras de coños e madre. Ambos eran  trigueños, de pelo malo y vestían idéntica camiseta blanca, aunque sucias, de esas que estaban de moda entre los de su gremio.   Se diferenciaban  porque uno  llevaba short rojo y chancletas de goma, mientras que el otro vestía  un jeans raido  y zapatos deportivos  sucios.    Este último  hurgaba en su bolsillo trasero en busca de un chuzo.  

La maldad de sus expresiones hubiera cagado de miedo a cualquier mortal, pero en los vampiros solo suscitó sonrisas.  El  malandro más grueso,  el de short rojo,  de aspecto vulgar y corriente,  los observaba no sin  un dejo de admiración: jamás había visto a un par de  chicos tan hermosos. 

-“Na guevoná. – pensó: - Están bellos estos  carajitos. Por lo menos a uno me lo cojo”..  

Y este pensamiento  distorsionado por su maldad, confirmó   su destino.   

Ramial le miró recto a los ojos echando  hacia atrás la mata de sus cabellos dorados. El atracador, que un instante antes lo viera  a sus buenos metros de distancia, lanzó una exclamación  de asombro  al verlo  de pronto   tan cerca, justo a su lado, con la boca fruncida como un perro  cuando enseña  sus dientes. Quiso  huir  pero  no tuvo tiempo de hacer nada: Ramial lo abrazó como en un círculo de acero  y  sin más preámbulo  le hundió los colmillos en el cuello  profundamente, con un íntimo gozo. 

 Tritón alcanzó al otro y lo  inmovilizó de la  misma forma. Pero en lugar de clavarle los colmillos se puso a ver lo que hacía Ramial.  Siempre le producía un dejo de  morbo la despiadada forma de actuar de su mejor amigo.

 Los movimientos de Ramial   eran precisos, automáticos, sin adornos ni teatralidad. Anulaba todo intento de golpe o resistencia por parte de su  víctima, mientras chupaba egoísta y rítmicamente  de la herida,  engullendo  enormes  y aterradores tragos de sangre. Nunca  separaba  los labios,  bebiendo de continuo y de forma abundante.  Por ello sólo despegó la boca del cuello del hombre un instante antes de que el corazón se detuviera  por falta de sangre que bombear. 

 Un vampiro no podía beber sangre muerta porque a su vez podía morir. Esta es la razón por la cual un vampiro no se alimenta jamás de personas  recién muertas, sino que recurre a las vivas. 

Como si se tratase de un maniquí roto, Ramial colocó el cadáver  en el suelo.  No tuvo necesidad de limpiarse con la manga de su chaqueta: no había derramado ni una gota.  

- Creí que ya te estabas zampando a ese.  – dijo  refiriéndose  al tipo  aterrado y gris  que aferraba  Tritón.
- No. No me quiero llenar. ¿Lo quieres tú?

-¿Muerto quieres misa?  Dame acá. 

Y lo agarró como si fuera a un  pedazo de carne. El individuo se debatía, suplicando, llorando, orinado en sus pantalones. Salmodiaba  que nunca más haría nada malo, que sería bueno de ahora en adelante. Pero Ramial  sin  el menor dejo de compasión pegó su boca abierta en el cuello del hombre  y mordió,  perforando la vena.   Al tipo se le trancó la garganta y abrió los ojos a todo lo que daban. Permaneció tieso,  mientras Ramial chupaba y hacía  ruiditos golosos.

- “Los ruegos no sirven de nada, malandrito. – inoculó en la mente del hampón: - Esto te pasa por querer joder a la gente, en vez de ponerte trabajar pa ganarte tus reales como hacen los que tienen el cielo ganado…”   
  
El tipo tardó  un poco más en morir.  Tritón observó todo el procedimiento  en silencio.  Lo mismo hacían   los vampiros hippies de la montaña, allá lejos, en silencio, con sus mentes.  Creta observaba la escena inexpresivo;  solo cerró los ojos cuando el martirio del malandro  cesó  junto con los latidos de su corazón. Tritón sintió la sed de Creta.  También la sed inextinguible de Ramial, que aún estaba insatisfecho. 

Y desde luego, su propia sed, que  ahora estaba  exacerbada hasta un punto que la hacía poco menos que insoportable. Quería beber la sangre de su víctima, ya. 

Ramial colocó el cuerpo del bandido junto al otro, con cuidado.    
  
- Los enterraré en el monte ese de donde salieron. – declaró, y luego, estirándose: -  Wow marico, que vaina mas buena.  Verga que bien me siento. Y  quiero más.  ¿Ya agarré  colorcito? 

- Estas rojo como un tomate. Que  lambucio eres, de pana. A ver si le bajas dos.  

Ramial  se echó a reír.  A la luz de aquellos viejos postes de alumbrado,   su cara era la del mismo demonio


III

Creta les hizo saber  cual era  la casa. 

Se trataba de una  construcción grande, vieja,  de techos altos y extensos.   En silencio, ambos treparon el viejo  muro de ladrillos que la circundaba. Saltaron hacia el otro lado.  Los cuatro perros callejeros que cuidaban la casa, al verlos  se perdieron de vista  instintivamente. Se refugiaron  en un cobertizo que había  al fondo. 

Una vez en el patio, avanzaron furtivamente.  Tritón experimentaba vivo placer al caminar descalzo. Le recordaba muchos  momentos de su pobre  infancia. No recordaba sin embargo haberlo hecho de adulto, cuando aún estaba vivo y se dedicaba a robar  allá en San Martín. 

Llegaron hasta el frente de la casa. Adentro se escuchaba una música horrible en sordina. Estaba toda a oscuras, pero la gente en su interior no estaba durmiendo. Ramial entrecerró los ojos.  Todos eran hombres. Y todos estaban en una habitación, desnudos…

- Marico… esto es   una orgía. – murmuró Ramial: - ¿Tú sabías que ese tal  Sebastián es gay? 

- No. ¿Qué vampiro se fija en esa vaina? – preguntó Tritón  con la sabiduría  de  su juventud.

Se situaron en el extenso porche, como un par de sombras acechantes. Miraron hacia adentro por una ventana entreabierta.  La cosa estaba buena. Alrededor de diez carajos estaban fornicando  en una morbosa  acción que no dejaba a nadie por fuera: era una gran masa movediza de bocas abiertas, penes  en erección  y piernas peludas. El ruido que producían era particularmente estimulante, mezcla se suspiros,  gemidos,  chupadas, golpes contra las nalgas  y palabras obscenas. No había ni uno solo que en ese momento no estuviese  mamando cualquier cosa o  siendo mamado, penetrando o  siendo penetrado. Y en medio de aquel  desnalgue mayor, a Sebastián, el ex policía, se lo estaban  cogiendo rítmicamente en posición de perrito,  mientras a su vez  chupaba un pene torcido  y masturbaba  otro con la mano;  en medio de todo este ajetreo,  todavía se daba chance de contemplar  el culo peludo de otro carajo que estaba fornicando tendido a su lado. 

- Esta  vaina es LA orgia, chamo. -  opinó Tritón, que  contemplaba la escena experimentando una naciente excitación que le subía desde la ingle,   a la vez de unas ganas enormes de reír.  Miró a Ramial, queriendo ponerlo como testigo de sus impresiones: tuvo un sobresalto al  verlo ya  casi desnudo a su lado,  con el pene ya erecto  apuntando hacia  el  techo. 

-“¿Te vas a meter allí??”

- “¿Y todavía lo preguntas?” – rió Ramial sacándose la franela.

- “¡Pero  tú no aguantas dos pedidas! Todos van a pegar un brinco  cuando te vean”.

- “No lo harán.  Todos están  drogados, o borrachos. Y existen  trucos que tú no te has aprendido y que puedo enseñarte”.

Tritón pestañeó. Ramial había desaparecido. Miró  por la ventana. Su amigo   ya estaba  en el medio de la habitación, tendiéndose  junto a un cuerpo tenso y lampiño.  Con el poder de sus ojos vampíricos, lo estaba  embrujando, por decirlo de alguna manera.  El   hombre comenzó a acariciar a Ramial sin percatarse de que era un extraño. Otro hombre al lado hizo lo mismo. El vampiro  vio  divertido como las manos de ambos carajos  agarraban su pene y sus bolas.  Miró  a Tritón muerto de risa: 

-  “¡Vente, marico!”.

-“¿Y mi venganza?”

- “Déjala pa más tarde. Ven. Solo ordena a sus  mentes flojas que se sometan a tu voluntad. Diles que ya te conocen. Que no hay peo.  Confúndelos”

Tritón  comenzó a desnudarse atropelladamente. 

Se metió por la ventana y se  acostó entre dos cuerpos se resbalaban sinuosos entre muchos otros. Una mano solicita agarró su verga,  que instantes después ya estaba en total erección  y muy dura. Una boca vino a atrapar la suya. Otra agarró su culo.  Se dejó besar, meter la lengua,  mamar, deleitado y  haciendo verdaderos esfuerzos para no   morder aquellas carnes vivas,  repletas de sangre. La tentación era horrible, avasallante. Un  pie pasó por encima de su cabeza. Era un hombre  ancho y velludo que  se estaba posicionando sobre él. Agarrando a Tritón por las caderas, comenzó a voltearlo y a levantarle las nalgas. Tritón se dejó hacer, exponiéndose tan abierto como el desconocido deseaba. Pensó que le iba a doler, porque el hombre exhibía sin pudor un trozo de proporciones considerables, pero no opuso resistencia cuando aquel empezó a penetrarlo. Apretó los dientes.   El dolor  efectivamente  lo traspasó de cabo a rabo. Tritón abrió la boca y mordió el hombro del sujeto que estaba debajo  de él, chupándole una tetilla. No pudo aguantar más. Hundió más los colmillos  en aquel hombro anhelante. El tipo gimió de dolor y de placer, totalmente confundido. Tritón lamió la herida, deleitado. Una nube de luces de colores lo envolvió.  Estaba en el paraíso,  en todo su esplendor. Apretó los dientes.  Aspiró con delicia el olor a sudor que lo envolvía, a culo,  a pene. A hombre. A sangre. Comenzó a chuparle la sangre mientras el otro carajo por detrás lo embestía.  

De improviso llegó otro individuo  y se apoderó  del pene de Tritón. Empezó a   chupar rítmicamente. Tan rítmicamente como Ramial cuando se lo mamaba, o cuando chupaba la sangre de sus víctimas. Era el mismo succionar duro, frontal,  sobrehumano. Y Tritón  comprendió de golpe: no le estaba chupando el pene  un ser humano, sino un vampiro. Y no era Ramial, como creyó por un breve  instante. Era Creta. 

El vampiro Creta  estaba allí, en persona, recién llegado de la montaña. Ya no una imagen mental. Tritón lo tomó por la barbilla.  Creta tenía los ojos verdes, fulgurantes  como diamantes. Y el cabello largo y lacio hasta la espalda, enmarcando las delicadas facciones de su rostro. Seguía sonriendo,  aún con un guevo tan grande en la boca, que casi le ahogaba.  Tritón le correspondió con su varonil  sonrisa.

 Creta  parecía tener escasos dieciocho años. Sin ser del todo masculino, lograba seducir precisamente por el elemento andrógino que le confería un encanto especial, sobre todo así desnudo como se presentaba,  delgado, hermoso,   movedizo. Tritón maniobró para ponerse encima de él, sin dejar nunca de ser embestido deliciosamente por el carajo que se lo estaba cogiendo. El hombre al que le mordiera el hombro, exhausto,  quedó muy quieto en su sitio.  Tritón comenzó a  meter su pene en  Creta, primero con cuidado, pero al comprobar que ya estaba muy dilatado,  lo penetró   hasta el fondo, hasta apoyar sus bolas completamente  contra sus  nalgas. Creta soltó un quejido  que opacó por un instante el concierto que había a su alrededor. 

- ¡Epa! Por acá están haciendo un trencito.   -  bromeó un carajo, que a su vez se cogía a otro, que mamaba a otro, que succionaba el culo a otro.

En medio del aturdidor  vaivén  y luego de unos minutos,  Tritón volvió a fijar su atención en  Sebastián, que fornicaba un poco más allá. Y  la sed de sangre  pudo más.  Le chuparía  toda la sangre al que tuviera más cerca, y luego iría por él.  Arqueándose hacia atrás, sin dejar de penetrar  a Creta, pegó su espalda al pecho del hombresote que lo estaba penetrando y logró alcanzar su cuello. Le hundió  los dientes  con tanta fuerza que el hombre  quedó privado.  Aún con la verga de aquel muy dura en su interior, Tritón comenzó a matarlo. Ramial desde un poco más allá  observaba la escena, apartando la boca un instante del cuelo que ya llevaba rato chupando, mientras otros dos carajos le mamaban el guevo sin tener la menor sospecha de lo que estaba ocurriendo. 

Creta, completamente sudado y colmado, pilló la maniobra de Tritón, le gustó  y a su vez atravesó con sus pequeños colmillos  el tobillo del  sujeto que tenía más cerca.  Y  aquel  como por arte de magia quedó muy  quieto, soltando el pene que se estaba chupando.

En medio de esta  matanza, una imagen llegó para  turbar la curiosidad de Tritón: 

 - “Vaya… veo un árbol en llamas…” – pensó.




Un silencio de muerte reinaba en la habitación. 

Encima de la cama, en los colchones del suelo, por todas partes solo había cadáveres desparramados.  Tritón, Ramial y Creta, desnudos y de pie en medio de aquella desolación, contemplaban no a los muertos, sino al vacío, esculcando con sus poderes.   Paralizados en una expectativa que no había hecho más que crecer en el último cuarto de hora,  trataban de interpretar  las señales que les llegaban de todas partes, cada vez más claras. Y de aquel   rompecabezas de imágenes fugaces e impresiones repetidas desde una gran distancia   por otros vampiros,  completaban  un claro significado que les hacía poner los pelos de punta. 

Junto a ellos,  Sebastián era  el único de los mortales que aun permanecía con vida. Dormía  despatarrado sobre un colchón, boca arriba y con los testículos colgantes, totalmente ausente en medio de su intoxicación etílica.   

Tritón fue el primero en romper el silencio que ya llevaba diez minutos:

- Es Ananda… - murmuró.  
  
- Si marico. – dijo Ramial: - Tu Ananda lo  volvió a hacer. Volvió a matar en Caracas  y no ocultó los cadáveres.  ¿Pero qué coño es lo que le  pasa?

-  ¡Cállate y mira! ¡Los vampiros de la  montaña  vienen para acá! 

Creta ya se estaba vistiendo a  velocidad sobrenatural:

- ¡Están arrechos! – dijo: -  ¡Cojan sus peroles! ¡Salgamos de aquí!  Yo les diré por dónde meterse.
Pero sabía, como los otros dos,  que ya no tenían tiempo de hacer nada.  

- ¿Pero  Sebastián?   Aún no me he vengado…

- ¡Sebastián mis bolas! ¡Qué corras! 

Abandonaron  la habitación como  una  ventisca.   Parecieron  multiplicarse en ocho  iguales a ellos,  buscando  sus prendas de vestir. Afuera la noche reinaba pesada y  densa, como cargada de malos presagios.  Era una noche de muerte. Cruzaron el patio, saltaron el muro con simiesca agilidad,  ganaron la calle.  Tritón quiso invocar su poder de volar, pero Ramial lo sujetó por un hombro:  

-“¡No marico! ¡Estarías más expuesto!”. 

-  “¡Síganme!” gritó Creta en sus mentes. 

Se metieron por una cerca medio caída, atravesaron una porqueriza que hacía las veces de patio, bajaron por una pendiente de rocas y barro, saltaron una angosta quebrada. Ganaron un puente para vehículos. Corrieron  una calle ancha que ascendía recta por el cerro.  Les envolvió la oscuridad de un sector donde se había ido la luz, como era frecuente en toda Venezuela. Los  vampiros de la montaña, momentáneamente confundidos, les perdieron de vista, pero pronto les siguieron   desplazándose a la misma velocidad y con la misma destreza. Llegaban de todas partes: cayendo  sobre  las copas de los arboles,  golpeando los  techos de zinc, los cables  eléctricos;  emergiendo del monte, o por encima de muros, de las  cercas.   Eran cuatro,  cinco, siete carajos  que se  desplazaban  con la misma demoníaca  habilidad, absolutamente antinaturales. 

 Viéndose ya  acorralado, fue esta vez Ramial quien  quiso tomar  la mano a Tritón y en un último y desesperado intento, lanzarse a cielo abierto. Pero Creta le disuadió con determinación: 

- “Quédate, enfréntalos”. 

Restallaron alrededor de ellos los vampiros, llegando de golpe,  formando   un círculo que durante unos instantes quedó inmerso en una nube de polvo que remolineaba en el vacío.  

Eran ocho en total. Todos hombres, todos con apariencia de jóvenes  y  todos hermosos, con sus  manos en garras y la mirada terrible.  Con sus pálidas caras de rasgos regulares y ojos extraños, examinaban lo mismo con  curiosidad que disgusto a los dos  caraqueños, estudiando cada detalle de sus fisonomías, y de los pensamientos que dejaban entrever. Miraban aún con más disgusto a Creta, por haber tratado de ayudarlos a escapar. ¿En qué diablos estaba pensando?

Creta por su parte los contaba. Faltaban dos de sus panas. 

- “Sinohué y Riró… - pensó: - Están en casa de Sebastián”.

- Así es. ¿Acaso te dejaste seducir por este catire y por este chico descalzo? 

Le incordiaba  uno que de común acuerdo con los demás  asumía  el papel  de vocero. Se trataba de un sujeto  delgado de piel blanca y revueltos cabellos negros, cortos en la nuca y más largos sobre la frente, de nombre Octavio. Sus ojos relucían como diamantes debajo de unas cejas negras bien dibujadas, y su boca carnosa que invitaba al  beso estaba fruncida por una mueca de desprecio: - ¿Tanto cambias por  una cogida? ¿Tanto así para traicionarnos?

- Oh que traición ni que nada. – contestó Creta con disgusto: -  Deja el drama. No tienes derecho a decirme nada de esto. Yo no estoy traicionando a nadie. Ellos solo me caen bien y no quiero que le hagamos daño por algo de lo que no son culpables.  Si acaso culpable es ese  tal Ananda, allá en Caracas. El del árbol.
- ¡Ananda no es culpable de nada! – saltó Tritón.

- Tú cállate, moreno. Los patiquines  de Caracas se creen  con derecho a hacer lo que les da la gana.  Y tú Creta te crees  con derecho de ayudarlos. Tú eres de aquí. Eras, porque hoy te largas de Maracay… 

- No tienes derecho a botarme. – dijo Creta, pero no insistió  porque los demás vampiros, sus amigos de largos años, estaban asintiendo todos con la cabeza,  dándose la razón a Octavio. 

- Este moreno es novio de ese tal  Ananda.   – dijo otro,   de hombros anchos  y cabello liso negro peinado de lado, la nariz aguileña y muy apuesto; iba  vestido como los demás con predominio de prendas negras: - Deberíamos  prenderlo  en candela pa que Ananda  escarmiente  y se ponga  serio.

Tritón lo  miraba fijamente con los puños cerrados, sin dejarse amilanar. 

Le encantaba, sin embargo, que todos creyeran que era el novio de Ananda…

 - ¿Por qué nos amenazan? – intervino  entonces Ramial, cagado, pero haciendo de tripas corazones para buscarles la vuelta: - Nosotros no  tenemos nada que ver con lo que hace Ananda. 

- ¿No? – preguntó Octavio: - Te refrescaré la memoria, bonito: Tritón se quitó los zapatos para ser igual a Ananda, porque lo ama. Y ustedes vinieron a Maracay a  matar a Sebastián, y solo porque Ananda se la tenía jurada a Sebastián.  ¿Entonces,  cuál es el jueguito que se traen?...  Deberíamos… matarlos ahora mismo…  para darle una lección a  ese vampiro imbécil que nos expone a  ser descubierto… por los mortales…

Vacilaba ahora al hablar, un tanto confundido. Acababa de percibir - de nuevo -  la imagen de un árbol en llamas. 

- ¿Quién te da el derecho de ser  juez? – preguntó  Ramial.  El también estaba viendo  el árbol: - ¿Quién se lo da a cualquiera de ustedes?

- Pues Ananda…  Yo quiero proteger a mi gente. Tritón podría servirle de escarmiento.

- Vente pues.- dijo Tritón, mirándolo con rabia y alzando los puños: - Ven pa cá y atrévete a tocarme un solo pelo, guebón…  

Pero nadie se movió de su lugar. No porque la actitud valiente de Tritón los amilanara (aunque algunos  se sintieron interiormente encantados por  su coraje) sino porque  sus mentes como radares  seguían fluctuando  y conectándose con el infinito poblado de mensajes. Les inmovilizaba la comprensión de lo que aquel árbol en llamas significaba,  espejeando ante sus ojos como un sueño difuso.  Y cerca  de aquel árbol,   un vampiro negro  llamado  Babilonia era el que estaba proyectando la imagen con su mente vieja y poderosa. 

- “A la verga, - pensó uno de los vampiros maracayeros: - ese  árbol lo prendió en candela Ananda, sin siquiera darse cuenta. Es muy poderoso  el coño é madre… “

 Todos se miraban ahora de hito en hito, indecisos,  sin querer ninguno dar el primer paso. Y de pronto vieron  a otro vampiro, llamado  Mefisto, mostrando sus colmillos. Un espejismo hermoso, andrógino   e  iridiscente. Mefisto coqueteaba, mirándolos de reojo, lanzándole besos. Les  confirmaba en su burla y en su descaro   que Ananda efectivamente había incendiado ese   árbol,  con el solo poder de su mirada… 

La voz de Mefisto resonó en todas las cabezas. Babilonia entrecerró los ojos. Ananda apareció de pronto, acuclillado. Una imagen  ausente, hermosa. Parecía una gárgola de venas marcadas. 

De súbito todas estas  imágenes se desvanecieron.

Ramial  agarró  la oportunidad al vuelo:

 - ¿Por qué no te enfrentas al propio Ananda?  – le dijo a Octavio: -  Si lo haces arderás tú y todos  igualito que ese  árbol allá en Caracas. Y todo  gracias al enorme poder de Ananda.

- Ya basta, te puedes callar. –  Octavio alzó una mano: -   Sabemos lo que tratas de hacer.  No  sobreactúes.

Los demás vampiros maracayeros observaban ahora inexpresivos como máscaras, poniéndose de acuerdo.  No atacarían.  Ramial lo comprendió y sintió que las piernas se le aflojaban.  Octavio  se adelanto un paso  y  Tritón volvió a mostrar  sus  puños. 

- Tu gesto infantil me conmueve. -  le dijo: - Eres solo un carajito con las bolas bien grandes.  Se ve que naciste al mundo de los vampiros hace poco.  Debes saber que nada podrías hacer contra el ataque de todos nosotros. Te salvas,  porque estas  apadrinado por ese  vampiro viejo como  el mundo. Debe serlo, si tiene tales poderes.  Ahora vete de aquí. Váyanse: tú  también,  Creta. Vete pa Caracas, porque eres  de los que salta la talanquera por un pene.  Váyanse y díganle  a ese Ananda  que tarde o temprano lo van a joder.  Y cuando lo jodan, yo mismo iré a Caracas para mear sobre sus cenizas… 

- ¡Díselo tú mismo, cabrón! – gritó Tritón fuera de sí: - ¡A Ananda no le va a pasar nada!

- Coño Tritón, marico,   cállate…  – murmuró  Ramial exasperado.

- Salgan de  Maracay. – repitió Octavio: - Pero antes ocúpense de todos sus muertos. No quiero que quede rastro.  A ver cómo le hacen, porque ya no tarda el amanecer… 

- “Sebastián…”  - pensó Tritón, recordando que aún no había completado su venganza. 

- Tu Sebastián ya está muerto. – se burló Octavio: Nosotros te robamos tu venganza….

Y  tras hacer una seña a los demás,  el vampiro virtualmente desapareció a través de la cercana enramada,   seguido por todo su grupo.  

En la lejanía unos perros seguían ladrando…


Regresaron  a la casa de Sebastián, con el mismo sigilo de antes porque ahora los vecinos del barrio, que habían escuchado el alboroto y sus voces, estaban despiertos y algunos merodeaban en las afueras de sus casas. 

Sebastián, el ex policía, en efecto ya estaba muerto. Lo habían colgado por los pies de la viga del techo y lo habían desangrado por el cuello como si fuera una res. El cadáver, completamente desecado, cristalizaba en su última expresión todo el horror que experimentó al morir. 

A su alrededor reinaba la desolación donde antes lo hiciera la animada orgía. 

- Me quitaron mi venganza. Dijo Tritón: - Pero al menos el fulano este ya no existe.

- Lo mataron Riró y Sinohué, – dijo Creta: - unos panas. Bueno, ex panas… Ya no nos da tiempo de enterrarlos a todos. Ni sí siquiera de botarlos en el cerro. Lo único que podemos hacer es prenderle fuego a la casa. Amanecerá en menos de una hora. 

- ¿Cómo haremos eso? – preguntó Tritón.

- Algo habrá que sirva. Con el fuego de la cocina. Con kerosén. En estas casas nunca falta el kerosén…

- ¿Te irás de Maracay como te dijo Octavio? – quiso saber Ramial.

-  Es mejor que le obedezca. Al menos, de momento.   Ahorita todos andan arrechos conmigo y podría irme mal.

- Lo siento mucho. - dijo Tritón: - Es mi culpa.

- ¡Tú culpa, mis bolas!   Yo fui el que decidió venir a tirar rico y luego a ayudarlos.  Nadie me obligó y todo salió bien.  ¡Vamos! Deja el drama. Empiecen a agarrar sus muertos. Este día  duermen en mi casa y mañana nos vamos pal coño.

Quince minutos después toda la casa era una gigantesca pira. Un huracán de llamaradas destrozaba literalmente todo lo que entraba en su dominio.  Afuera, extramuros,  se escuchaban las voces de alarma de los vecinos, su agitación. Se estaba armando una poblada. Los perros de la casa salieron para  unirse a su estrépito, poniéndose a salvo.

Luego de contemplar  desde  el patio el dantesco espectáculo de la casa en llamas,  Ramial abrazó protectoramente a Tritón y a Creta. Las facciones puras de los tres chicos se transfiguraron de  placer  cuando comenzaron a ascender hacia  el firmamento negro  tachonado de focos titilantes…   

jueves, 24 de noviembre de 2011

Novela Vampírica Venezolana - Primera Ova

I

La persecución ya llevaba cuatro horas y media, pero  sumaban  siete los días que los malandros llevaban  cazando  al Plinio y  a Enrique-PerroMuerto para matarlos. 

Por fin los  habían encajonado  en el lugar que querían,  a la  salida del barrio, un callejón que a juro  tenían que  atravesar  si querían llegar a  la avenida. Por el otro lado era imposible que se escaparan: arriba había un coñazo de gente  armada que los estaba esperando. También abajo.  Estaban jodidos y ellos lo sabían.  
Ya estaba anocheciendo. Johnny se sacó el arma de las bolas y soltó un tiro al aire. Una andanada de disparos le respondió escaleras arriba, por parte de sus cómplices. El tiroteo provocó la alarma entre los habitantes del barrio. Unas viejas gritaron asustadas desde algún sitio trancado. Gente corría  aquí y allá: madres cagadas tapando a sus muchachitos;  zagaletones que nada tenían que ver con ese peo y querían esconderse. Hombres y viejos asustados.  Como tres puertas se cerraron de golpe.  La gente estaba asustada. Los malandros habían tomado la zona para ajustar sus cuentas y matarse entre ellos.

Plinio y Enrique-PerroMuerto  salieron corriendo del rancho donde estaban escondidos. Parecían dos piltrafas  desmadejadas  y sucias. Casi se espalillan escaleras abajo, tratando de llegar a la salida. Estaban agotados y apuntaban para todos lados.  Plinio soltó tres pepazos a la nada.   Se oyó una mentada de madre. Una mujer lanzó un grito horrible. Alguien gritó: mataron a una niña.  Plinio lo oyó pero su mente no lo registró: esa vaina no le importaba. Solo quería salir de allí, huir, perderse. Volvió a disparar,  como un maldito energúmeno.  Le respondieron con mas balas.  Volaron pedazos de friso, de techo, y salieron chispas de las aceras rotas.  Una bala le pasó rozando.  En su carrera el barrio se desvaneció en una secuencia de imágenes borrosas. Miró hacia atrás.  Maikel  corría detrás de él como un mismo demonio. Trató de apuntar, jaló del gatillo. Ya no tenía balas. Buscó desesperado alguna  grieta donde meterse, cualquier hueco. Enrique-PerroMuerto apareció a su lado,  lo rebasó  y  saltó por encima del capó de un carro, pero solo para resbalarse y caer de platanazo en el suelo  como un mismo imbécil.  Empezó a quejarse agarrándose un tobillo. Plinio le  grito corre guebón,  pero no oyó sus propias palabras. Lo dejó atrás, sin querer ayudarlo. Que se joda. Enrique brincó como pudo y empezó a pegar saltos  hacia un kiosco pintado de rojo, donde el viejo Remigio vendía  periódicos, chucherías y revisticas obscenas. Plinio oyó a  Remigio protestando, pero de pronto sonó un pepazo y ya no se oyó más a Remigio. Verga que bolas, se dijo Plinio en medio del torbellino que era su mente en ese momento: Perro Muerto quebró  a Remigio. Y  recordó que Remigio le vendía chucherías a los dos cuando eran chamitos y aún no estaban malditos. 

En ese momento sintió un coñazo y una quemazón en el cuello. ¡Coño me dieron!

 Sintió clarito  como le entraba la  bala en el pellejo. Perdió  pie y cayó, dándose un coñazo horrible en la rodilla contra el inmundo pavimento. Rodó  sobre  adoquines  y charcos de agua negra.  Quedó aturdido, pero quiso incorporarse. Era inútil. El cuerpo ya no quería obedecerle. Se le iba.  No sentía las  piernas. No sentía nada más debajo de la cintura.  Y entonces Plinio vio el  sangrero, su propia sangre.  Se dejó caer, vencido. Sus oídos captaron el estrepito que hacían sus enemigos   cayéndole a plomo limpio  al quiosco rojo,  donde se metió  Enrique-PerroMuerto.  Verga, pensó ahora como entre sueños, mataron también a Perro Muerto.  Su cuerpo se puso helado. Ladeó la cabeza y apoyó  la mejilla en el suelo mojado. Vió los zapatos de Maikel, junto a su cara…

Quiso voltearse y mirar la negrura de la noche. No quería que su última visión en este mundo fueran las patas de Maikel. Sabía que ya estaba muerto, que no tenía salvación.  Maikel lo estaba mirando como un mismo diablo lleno de odio.  Le estaba apuntando.  Vio el hoyo de su pistola, que le apuntó como indeciso primero a  la cara y luego al  pecho.  

Plinio sintió  el primer pepazo: una explosión horrible que  hizo volar en pedazos su corazón.  Luego  ya no sintió los otros dos coñazos.  

Maikel le metió otro  en la cara.

- ¡Ya está muelto, marico! – gritó  Luis su  cómplice, detrás de él: - ¡Pa qué vas a gastá más bala!  ¡Corre!
- ¿Y PerroMuerto? – preguntó. 

- ¡Ta muelto mamaguevo!  ¡Juye de esta mielda! 

Maikel todavía  disparó una vez más en la cabeza de Plinio, volviéndola pulpa.   Luego  echo a correr.  El callejón estaba desierto. Luis también corría.  Tomaron por una  bifurcación, desde la cual  una escalera empinaba cerro arriba. Ambos, por acto reflejo,  miraron a la vez hacia el ángulo de una casita, donde daba la luz mortecina de un viejo poste, sofocado por millares de cables retorcidos. Y ambos  vieron al mismo tiempo al   hombre. 

Un  tipo alto y fornido  de  cabello plateado,  cuya piel del rostro – un rostro hermoso, duro,  casi perfecto en la regularidad de sus  facciones  – parecía absorber la luminosidad de la lámpara y devolver su brillo con sobrenatural intensidad. El hombre les estaba mirando fijamente, sin expresión.  Sus ojos eran negros como pozos. Maikel y Luis se fijaron al mismo tiempo que no tenía  zapatos. Sus pies enormes estaban desnudos y perfectamente limpios, pese a la inmundicia de su entorno. Más de pronto aquel hombre, aquella visión hermosa y plena se desvaneció en el aire. Había  durado lo que un parpadeo,   una fracción de segundo. En su desatinada carrera, ambos malandros miraron las caras, con la misma expresión de sorpresa. De miedo.  

Siguieron corriendo hasta perderse de vista en la negrura absoluta del callejón. Dejaron  atrás  los cadáveres de sus odiados rivales, y la horripilante certeza  de haber visto un espanto.










II

A mis costados se desparramaba un montón de edificios, todos   idénticos en su vejez  y  en su deterioro;  en sus ventanas cubiertas con trapos de colores; en los olores a casa vieja y guisado pobre que dejaban escapar. Era tarde en la noche:   la noche siguiente a la muerte de Plinio, y de Enrique- PerroMuerto. También de la muerte del pobre señor Remigio, el viejo que atendía el quiosco rojo. 

Vi como manos blancas o morenas  emergían   de entre los trapos coloridos  para cerrar sus ventanas,   cuando cayeron  las primeras gotas de lluvia.

Observaba la vaina en silencio, perdido en mi contemplación, como quien observa la llama de una vela. En una de las ventanas,  vi a una  adolescente, una niña casi, de piel muy   negra y cabellos grasientos,  untados con aceite. Asomó su carita para otear  calle de abajo, curiosa, porque había oído voces. Y yo, me puse a curiosear también  dentro su  mente. Para mi sorpresa, ella conocía a Maikel.  Lo vio abajo,  en la calle donde él charlaba con sus panas y lo   reconoció en el acto. Ella estaba… deleitada. Sentí   en mi mente el repunte de su deseo.  Que bolas, pensé: a esa tonta  le gustaba Maikel. Quiere que Maikel se la coja, y apretarlo bien duro para sentirlo muy adentro… 

Pobre niña  tonta… Caramba, es muy cierto eso de que todos, absolutamente todos, tenemos nuestro público.  ¿Cómo podía gustarle un carajo así? No era más que otra descerebrada, con un ardor juvenil que no se avenía a  ninguna razón. Era la misma historia de siempre, con esas chamitas sin seso. Parecían no tener otro destino que salir preñadas  a tan  corta edad, y luego repetir la gracia una y otra vez, acortando sus sueños y sus  ilusiones.  Y todo por un trozo de pene erecto, por una calentura, por una mala vaina.

- Mañana te veré llorando porque él estará muerto. -  le dije, en un murmullo.

- Eres rudo para decir las verdades. – dijo una voz a mi lado,  haciendo que casi me cayera de la cornisa donde estaba acuclillado como una gárgola.  

- ¡Mefisto! – le reclamé, en un susurró.  

- ¿Te asusté? Eso es  lo malo de perderse en los pensamientos, en los odios.  – estiró una de sus blancas y delicadas manos (demasiado suaves para ser las de un hombre) y  me acarició la mejilla.

En realidad, no solo era su mano: todo en él  era así de delicado, de fino,  de muy suave. Mefisto era el ejemplo prototipo perfecto  de un vampiro  del este de Caracas. Un sifrino, un patiquín,  hermosísimo, de  nariz perfilada, blanco, con una sonrisa roja y plena,  largas las pestañas en unos ojos que miraban coquetonamente. Era un ser ambiguo. Y  siempre vestía trajes impecables.

 A su lado, yo parecía un cavernario, un mendigo.

- Pero tienes un público cautivo.- me dijo, con una sonrisa. 

Chasqueé mentalmente la lengua. Seguía pensando en voz alta, y él lo estaba oyendo todo.

- No te preocupes, Ananda. – dijo, sin apartar su mano de uñas largas de mi mejilla: - Sé que yo no te gusto…   No es nada nuevo para mí.   A ti te gustan los hombres más varoniles, más  machitos. Así como tú.  Y por eso es que me encantas.  Pero tú nunca me has querido parar bolas. Ni ahora, ni antes de tu largo sueño…  

Nada respondí a esto. Aparté su mano con suavidad, y cerré mi mente por completo a su visión vampírica. 

- Nunca me paraste bola – repitió con una media sonrisa, en absoluto ofendido: - pero sí te enamoraste de aquel chico, José, el que se murió… 

- Sí… Yo, estaba enamorado de él. 

- Ya no me dejas ver dentro de tu mente, pero yo se que quieres matar a Maikel   porque él tuvo que ver con la muerte  de José.   – lanzó una  desdeñosa mirada hacia abajo, hacia donde el malandro seguía hablando con Mono Ramón, uno de sus compinches: - Me alegra que lo vayas a matar.  Demasiado había durado ya, el tal Maikel…  ¿Supiste que mataron anoche al pobre Remigio?  

- Yo estaba en el lugar. Remigio es una víctima   más de estos irrecuperables…
  
- Creo que yo conocía a Remigio desde que era una niño, aquí mismo en san Martin. Nunca vivió en otro lugar. Iba a cumplir  setenta años. La noticia me causó tristeza.  Dolor. Bueno, al menos su vida fue larga… 

Hizo un gesto como si apartara una larga melena de mujer, como para despejar el dolor que ciertamente transfigurar sus facciones por escasos segundos. Me dio un apretón en el pie y se  levantó. 
- No dejes de matar a  Maikel, por favor. Y hazlo también por ese Remigio. ¿Necesitarás ayuda? Quisiera ayudarte.

- No, papá. 

Se limpió la suciedad que se había adherido a su costoso pantalón. Antes de despegar, me arropó con su lánguida mirada. No se sentía en modo alguno fastidiado, ni rechazado. Era un hombre admirablemente seguro de sí mismo. Pensé que debía tener al menos dos siglos.

- Tengo más… - respondió con una sonrisa burlona. 

Cerró los ojos y al influjo de sus pensamientos comenzó a elevarse.  

Creo que todos los vampiros nos entregamos al vuelo con la misma cara de placer, así como de éxtasis  casi sensual.  Mefisto no  se detuvo en su ascenso hasta que lo perdí de vista en la inmensa bóveda nocturna. Era un tipo elegante, no cabía duda. 



III

- Allí estas…  - dije, apenas en un susurro, cuando volví  a verlo. 

Y fue como si estas palabras,  un  murmullo apenas   en medio de la noche,  fueran una prolongación de mis ganas. Una proyección  hecha aliento de mis horribles   intenciones.

Sentí un golpe de  sed que casi me hace perder la cabeza. Sentí que ya no tendría paciencia para esperar más. Pero me contuve y enfoque nuevamente  mi visión sobre él.

 Maikel estaba allí, dos noches después  de su último  crimen. Había salido por fin de su guarida de rata. El no lo sabía, pero había salido para no regresar.   

Maikel era   un hombre  feo. Un  chico en realidad, porque  era muy joven. No tenía más que veinte años, pero   su torva expresión  callejera  lo  envejecía. Se había convertido prematuramente en un ser curtido, desengañado,  despiadado. Horrible. Un asesino, dedicada su vida  a matar y a drogarse.    

 Hasta donde mi mente podía leer,  era un carajo  increíblemente básico: sus sentimientos,  sus acciones, todo  su ser era primitivo, inmediato, sin profundidad ni  educación. No tenía   añoranzas, nada. Era   incapaz de sentir remordimiento.  Sus días eran idénticos: comer, defecar, dormir.   Buscar donde meter el pene cuando tenía ganas. Si hubiera sabido de la carajita que lo miraba por la ventana, se la habría cogido sin sentimiento, para luego desecharla de igual forma, preñada o no. Igual habría podido matarla. Porque como muchos de su gremio gozaba matando.  

Su piel era muy blanca,  como la de un muñeco andino,  de mejillas rosadas. Su  vestimenta era así como una versión del matón del norte: franelas de colores chillones,  pantalones holgados y absurdas joyas falsas de corriente rapera. No era más que un naco  que seguía y exacerbaba esa  moda atroz, llevándola al extremo. Su cabello era una masa de  tiesas y retorcidas trenzas que mezclaba con cintas y cuentas de colores.  Se teñía el bigotito de amarillo, casi blanco. El efecto general era espantoso.

Lo contemplé,  y sentí   odio por él, por todo su aspecto, pero sobre todo por su maldad.  El sentimiento de odio,  en todos los seres que son como yo,   siempre está  mezclado  con un  extraño pujo de ansias sensual, casi exacerbante.  Yo quería matar a Maikel, pero también amarlo mientras lo hacía mío. Me gustaría poseerlo  mientras bebiera de él. Quería sentirlo  a plenitud, amarlo mientras  agonizaba entre mis brazos,  entre mis  dientes…
 
Cerré los ojos, estremecido por el deseo. Mi pene  comenzaba a congestionarse en una  poderosa erección. Apreté el bulto del  pantalón entre mis dedos. Cerré los ojos. Sentí la brisa de la noche. Mis poderes telepáticos se encendieron como un faro en una noche sin nubes…

Ahora veía a Maikel de frente, a través de los  ojos de Mono Ramón, el   sujeto  con el que estaba  conversando.  Vi de frente los ojos de Maikel. Eran azules. La   mirada fría  de un asesino.  No estaba pensando en el hombre que asesinó.  No tenía ni una sombra de remordimiento. Él estaba pensando en mí,  y sentía temor… 

Me puse a escucharlo: 

- … marico, me estaba mirando fijo el carajo, - decía: - verga y cagao y todo como yo andaba, de pana que  me provocó cojéemelo al coñoemadre, no sé de pana guewón, así pata en el suelo y todo como estaba, sentí miedo  pero también molbo, y también  ganas de matalo pa que no me eche paja con nadien. Si lo vuelvo a ve a   ese mardito me lo cojo y me lo quiebro  nojoda… 

Enarqué las cejas. Le estaba echando el cuento de que me había visto a la luz de un poste de luz eléctrica.  Mono Ramón  reía de la vaina:

- Verga guebón ¿te lo quieres cogé así  boleta? – dijo: -  ¡Yo sabía que tú eras rolo e  marico jajaja!
- Nojoda debe se que tú no coges marico,  guebón.  Yo soy un varón serio, pero tú sabes como es.  Yo se que tú  en cana lo que hacías era cogé  maricos. Bueno yo también. Yo un culo no lo pelo convive,  mira como se me está parando ese guevo nada mas recordá la vaina…

Se agarraba el paquete, mostrando el enorme  contorno de su pene. Gesticulaba en forma horrible. Entorné los ojos, sintiendo efervecer mi deseo. Era un ser asqueroso. Un proscrito de la sociedad. Una mierda. El otro reía, sin dejar de observarle el guevo a hurtadillas.

En  forma silenciosa,  di un paso al vacio y me alejé  de la orilla del techo desde donde los acechaba.  Muy por encima de su cabeza, me llegué hasta la cornisa del edifico contiguo. Cuando  me dejaba  llevar así por el poder de la ingravidez, sentía al aire mismo como  un  líquido elemento  lo  suficientemente denso para  soportar mi peso.  Así fue como pude llegar  al otro lado,  sin que se percibiera el menor ruido de mis pies  al posarse sobre el  friso desconchado.  Me  agazapé en la sombra,  como una gárgola cruzada de venas, en la que había llegado a ser mi pose habitual.   Sobre mi cabeza pasaban nubes negras impulsadas por un aire  levantisco que anunciaban  tormenta. 

Me moría de sed, pero mis facultades estaban al máximo de su plenitud. No tuve necesidad de observar   a mí alrededor. Sabía que nadie me había visto.  Lo podía sentir.

III

Maikel por fin  se despidió.   Comenzó a  caminar a paso rápido.   Buscaba  un sitio donde refugiarse,  pues la garúa que caía  en un principio se esfumó  de pronto bajo  una llovizna pertinaz.

 El aspecto lamentable y sórdido de la calle  se acentuó  todavía   más.  Las luces de los escasos  faros  parecieron titilar al impulso del caprichoso  ulular del viento. Todo el entorno se volvió triste; más aún, se tornó siniestro.  Un par de perros famélicos que hurgaban en un basurero  alzaron sus cabezas sucias.  Yo los observé  con una compasión que no podía  sentir por Maikel.   Los  perros  eran mejores que los humanos.  Eran, claro está, mejores que los vampiros.   Alguna vez jugué con la idea de tener un perro eterno.   Sé que sí, yo tuve ese deseo.  Pero  nunca le echaría esta vaina a un pobre animal.  
 
Estaba divagando. Me incorporé y comencé a caminar por la cornisa, en la misma dirección que llevaba Maikel.   La  soledad del entorno era una cosa viva, casi  opresiva.  

El malandro,   definitivamente  imprudente,  tiró  la colilla mojada de su cigarro y se sumergió  en la boca de lobo de una  oscura transversal. Era la ruta más corta para llegar a su casa,  o mejor dicho,  su  pocilga, porque la cueva  hedionda donde vivía no era más salubre que  la basura que desparramaban  aquellos  perros.  El propio nido de un drogadicto. El  tenía  que atravesar varias calles  y subir hasta  la mitad  del  cerro  para llegar hasta allá. Recordé que a la entrada de su barrio  siempre había un grupito de malandros a esas horas. . Decidí  que lo atajaría antes de que pudiera llegar hasta  ellos.  No quería que nadie me estorbara en mi propósito de muerte.  

Avancé  cortando gotas de lluvia.  Me separé de la superficie carrasposa. Y crucé  los  brazos sobre mi  pecho desnudo para protegerme del frio. No llevaba camisa  ni franela debajo de la   chaqueta larga y negra   que había robado semanas atrás. Los bordes de mis jeans estaban muy raidos.  Los había  comprado, como cualquier mortal, muchos pero muchos   años atrás.   Mi fisonomía era la de un desposeído. No podía recordar  la última vez  que vestí  con la  coquetería de cualquier persona.  La indiferencia hacia  mi aspecto era  tan inmutable como mi propia piel  a través de las décadas. Yo era un muerto. No tenía que  pensar en esas cosas. No quería.  Ya estaba harto.  

Me adelanté en la noche.  Pase de nuevo sobre él, me dejé llevar y bajé  justo  una cuadra adelante. El asesino se detuvo  un instante para amarrar las trenzas de uno de sus zapatos. 

  –“Ven a mí…  -  pensé,   ya muy metido  en mi rol: -  “Voy  a  matarte   como  tú has matado a otros. Y a José. Pero  yo  lo  voy a disfrutar  aún más que tú.” 

No bien había terminado de formular este pensamiento, sentí algo. Miré hacia el otro lado, alerta, justo  cuando mis pies entraban en contacto con un charco de agua  helada.  La sensación fría, lejos de molestarme,  me transmitió un repunte de energía.  Alguien  más había entrado en el campo visual de mi mente.  

“- Soy el chino.  – pensó  el recién llegado,   cuando le hice creer que él mismo se había  formulado la pregunta en su mente. Y  siguió luego pensando,  casi molesto consigo mismo: 

“- Bien bueno pué. Ahora y que hablando  solo. Esa piedra lo que estaba era  buena ¿oyó?. 

Se   echó a reír  silenciosamente. Estaba drogado hasta las patas, habría dicho Maricarmen.  

Indagué en su interior,  sin perder de vista a Maikel,   que se acercaba por el otro lado. Ambos estaban hasta el culo.  Aquel detalle no me podía sorprender  a nadie: raro hubiera sido que cualquiera de los dos estuviera sobrio. Era algo  muy común   en el horrible inframundo que  habitaban.
 
Esa era también  la causa por la cual cometían sus crímenes con tanto ensañamiento.

El Chino no era mejor persona que Maikel.  Era más hermoso, eso sí, un hombre perfilado y  fornido, de brazos gruesos y pelo rapado. Pero lo que tenía de  bello lo tenía de desalmado. Era un azote de  la zona. Me alegró toparme con él. Tenía tanta  sed…  nunca  podría haberme conformado con la piltrafa flaca de  Maikel.  Mataría, pues, a ese también.    Pasé la lengua por mis labios, húmedos por las gotas gordas.  Pero no tragué el agua. No podía. No quería. Mi sed era otra, muy distinta. Toqué  con mi lengua   mis colmillos afilados, tan duros en mi boca. Me hice un pequeño corte en la lengua y me estremecí, anticipando el sensual placer de alimentarme. Mi pene se estremeció como por impulso del placer sexual, y creí que me iba a dar otra  erección. Tenía tanta hambre de sangre,  de  justicia mal entendida, tanta  gula de rencor infinito. Quería satisfacerme hasta la saciedad. Siempre era así.  Es el hambre del vampiro.

Me volví todo sentidos.  Una antena sensorial que emanaba ondas y las recibía. Otros vampiros me sintieron, allá en los cerros, hacia el centro, y más allá de Chacaíto. Sentí su excitación. Oí en mi mente como más de uno  murmuraba mi nombre. Era una  cacofonía sensual, que hermanaba por instantes a todos los vampiros de Caracas.  Mefisto se sonrió,  en algún sitio en lla distancia. 

El chino sintió un repunte de intima alarma. Acababa  de ver a los lejos a Maikel. Estaban  separados  por unas decenas  de metros. Eran enemigos naturales. Maikel aún no lo había visto aún. Todos mis músculos se tensaron.  Un perro ladró a lo lejos.  Había llegado el momento.

Me desplacé a la velocidad del pensamiento. Maikel empezó a murmurar algo pero  yo estaba a su lado.  Lo agarré fuertemente por la nuca y lo hice hacia atrás, tapando su boca con mi mano velluda. Lo inmovilicé y arrastré  hasta la sombra de una   callejuela cercana. Nos metimos detrás de  unos  viejísimos  contenedores repletos de basura, de cucarachas  movedizas. Unas ratas salieron despavoridas, tratando de huir. Una  fue alcanzada por las patadas desesperadas de  Maikel y murió en el acto.  Observé un instante el cuerpo sin vida del pobre animalito.  

- ¿Viste lo que hiciste? – murmuré en el oído de Maikel  pegando mi nariz a su cabeza, llenándome con la mezcla de todos sus aromas,   de su terror. Pasé la lengua por el interior de su oreja masculina. No lo podía ver por la oscuridad, pero sabía que sus ojos estaban casi brotados por el pánico: - Mataste otra vez. Mataste a una rata. Hasta en el momento de morir vuelves a matar. Pero esa  rata   es  tu última víctima…  

Una lluvia maldiciones brotó  de su mente, saturándome.  Aquella criatura vulgar, aquel chico primario, supo por instinto que yo podía oír sus pensamientos.  Eso me sorprendió, pero no mucho. Ya  antes había visto fenómenos parecidos a aquel,   en personas a punto de morir.  Era como si recuperasen su ser elemental. Volvían a ser, por decirlo de alguna manera, como los ángeles, como los espíritus. Comprendían que no solo eran grosera carne, sino mucho más. Pero lo comprendían tarde, muy tarde,  transportados por su miedo.
 
Pero pasó algo más, un añadido a todo lo que sucedía en ese momento extremo: ambos, Maikel y yo, victima y victimario, pudimos ver  en nuestra conexión la luz de alarma que se encendía  en la mente drogada del chino, el cual  unos metros  más allá arrugaba  los ojos tratando de otear en la oscuridad. Y ambos sentimos,   gracias a  la conexión de mi poder,  como al  chino se le ponían los pelos de punta  ante el rumor de nuestro forcejeo, y como agarraba  la cacha de la pistola que llevaba escondida detrás su cinturón, apuntando por debajo del pantalón hacia  sus  bolas arrugadas.

Maikel  quiso  entonces hacer algo absurdo,  desesperado: quiso pedirle ayuda.
“-¡No seas estúpido!  - murmuré en su oído,  y mi voz volvió a tener ese dejo de sensual  suficiencia: - El Chino  nunca va a ayudarte.  Tu muerte le deja libre  toda la zona para traficar droga. Si yo se lo pidiera, él me ayudaría a matarte ahora mismo,  para librarse de ti”.

No le di tiempo a responder nada. La sed hacía estragos en mi organismo. Desgarré el cuello de su franela absurda.  Maikel  estaba echado de espalda sobre mi torso, con todo el peso de su cuerpo sobre el mío, debatiéndose como un demente. Lo palpaba, lo sentía. Tenía un cuerpo delgado, fibroso. Olía a sudor,  a axila húmeda,  su pene olía a orine, todo él a vitalidad. Eso me excitó aún más. Posicionándolo, acerqué mis labios a su cuello con deliberada lentitud.   Cerré  mi boca sobre su  garganta y hundí  profunda y deliciosamente  mis colmillos  en su carne mojada.  Se oyó un chasquido sabroso,  gorgoteante. Saboreé  el momento de penetrarlo  al máximo, y luego  succione con todas mis fuerzas. Casi me desmayo de placer cuando sentí entrar el chorro de sangre que me lleno la boca e infló mis cachetes. Sangre viva,  incontenible, caliente.    Pegué aún más mis  labios a la herida, moviéndolos como ventosas, como si fuera un beso de boca a boca, un latazo lleno de deleite, pero en su cuello, adherido   como una enorme sanguijuela.  O mejor dicho como lo que  soy:  un vampiro. 

 Maikel, vencido, comenzó a  perder fuerzas.  Cerré mi mente a todo lo que proyectaba la suya,  no por respeto a su muerte –  se lo hice saber – sino porque me aburrían  sus remembranzas,  su estúpida despedida de este mundo.  No quise saber nada más de su miseria, ni de su maldad, ni  del maltrato que le dio su padre, o su  padrastro, no lo  sé.  No me importaba. No quería  verlo como a un ser llevado por las circunstancias de una vida mala. Ya no tenía la oportunidad de redimirse.

- “Tú pudiste estudiar”   – le dije aún,  machaconamente, haciendo que mi voz resonara en su cerebro cada vez más hueco: -  “Tú pudiste hacer otra vaina con tu vida”. 

 – “Tengo miedooooooo”, - fue la  respuesta,  que me apartaba, que ignoraba mi sermón.
- “Vete al diablo”  contesté,  y me dediqué a  sorber rítmicamente su sangre, una y otra vez, muchas veces, buscando vaciarlo por completo.  Y por fin su mente se apagó  como un faro sucio de moscas. Sencillamente,  se esfumó.  Maikel estaba muerto.  

Sin embargo  lo agarré más fuerte y le  exprimí  todavía el cuello, buscando las últimas gotas. Ya  no quedaba nada. Ni sangre, ni vida. Lo dejé  caer al suelo como un saco de huesos rotos. Me quedé allí, estremecido, mientras  llenaba mis pulmones de aire frio y de humedad. Estaba lloviendo. Su cuerpo y el mío estaban empapados.
Así  como alucinado, bajé la vista y observé mis pantalones.  Vacilé, casi como un hombre mareado,  engarrotando mis manos, los dedos de mis pies.  Y entonces me eché a reír.  Estaba increíblemente excitado, e insatisfecho…   Quería más. 

Permanecí  un rato  tranquilizándome, recuperando mi ritmo cardíaco, respirando profundamente, rodeado por el fragor que hacía el  agua al caer,  y el que producía la sangre de Maikel dentro de mi cuerpo,  Yo era  un animal nocturno, grande. Puro. Rejuvenecido. Aspirando con delicia los olores   que se mezclaban con la lluvia limpia. Sobre mi pecho resbalaba  un torrente continuo que limpiaba la sangre.
Abrí los ojos en la oscuridad.  El chino…

El hombre ahora caminaba apresuradamente, casi  a dos cuadras de distancia. Casi estaba corriendo.   Había  escuchado sin duda el rumor del asesinato. A propósito, lancé mi risa sobrenatural, más potente que la de los seres humanos, y esta se perdió en ecos  espantosos. Llegó hasta él,  cagándolo aún más y despertando a muchas personas a nuestro alrededor.  Divertido  por esta pequeña maldad, aparté el cuerpo desmadejado de Maikel  y lo dejé caer en un charco sucio. Me levanté y  comencé  a caminar, y de súbito  eché a correr tras  él. Mi  chaqueta húmeda se elevó  como una capa   a  punto de ser desgarrada por un viento huracanado. Imprimí aún más velocidad a mis piernas.  



IV


El chino ahora corría  presa de un pánico tan irracional como la cantidad de droga que corría por su torrente sanguíneo. En su mente llena de piedra,  ya no solo era el mero presentimiento de un  peligro el que lo hacía correr como un loco:  el  mismo demonio  lo estaba persiguiendo  para matarlo. 

Trataba él desesperadamente de no caerse y mantener el ritmo de sus pisadas, pero solo lograba ver sus zapatos en una suerte de secuencia  que parecía estar muy por encima del suelo. En dos ocasiones perdió el paso y dio rudamente con las rodillas en tierra,  rompiendo su pantalón y despellejando su piel. En ambas oportunidades se volvió a levantar  como impulsado como por un resorte. Desembocó en la avenida San Martin, cuya  vasta perspectiva  a esas horas lucía  tan sórdida como peligrosa, en agudo contraste con la  animación que mostraba durante el día,  cuando  una cacofonía de gentes que trajinaban en colorido hormigueo la llenaban de vida.  De noche  por el contrario solía  plagarse de seres horribles,  de malvivientes infectados por las drogas y  el alcohol,  agazapados  contra las paredes  orinadas  de los comercios cerrados.  Esa noche, sin embargo, debían de estar en otros tramos de la larga avenida,   porque no se veía a nadie hasta donde alcanzaba la vista.  

El  chino  comenzó  a buscar  un taxi, desesperado. Cualquier vehículo,  en realidad, que tuviera la mala suerte de pasar por allí. Si el chofer no quería sacarlo de San Martin, lo mataría y robaría el carro, listo.  Miraba nerviosamente hacia atrás. Me presentía, me olía con ese inefable instinto que asemeja  a los humanos y a otros  animales en los momentos de tensión.  Y al  no poder verme todavía, me agigantaba en su mente. Yo era un peligro sin rostro que se le venía encima. Presa de una angustia convulsa, quería ahora alejarse de allí a como diera lugar. 

 Cuando finalmente me vio aparecer en la esquina,    no pudo contenerse  y  lanzó un  grito de terror.  
Sentí que el aire mismo  se conmovía   por el sobresalto   de   todos los seres vivos que  escucharon aquel grito. Algunos saltaron en sus camas, o pararon en sus raptos amorosos, todos alzaron los cuellos  miraron hacia sus ventanas.   Cerré mi mente a todos  ellos.  Pareció que volví a pisar el asfalto  cuando aminoré la velocidad.  Clavé los ojos en el chino,   deleitándome con su terror.  Escuché en su mente que  se hacia un llamado   a la cordura, al  valor.  Se dijo que él era un macho, que él tenía bolas, que debía enfrentarme.  Y  una sarta parecida de idioteces. Buscó su pistola en el cinturón.  Muy bien, me dije.  Con una risa de loco me proyecté sobre él y me le eché encima. 

Él  me perdió de vista. Apuntó  erráticamente y soltó  un disparo.  Aparecí detrás de él y lancé  una risotada  nerviosa. Lo  empujé, derribándolo con todo mi peso.  Al caer, pegó la cara  contra el suelo y se rasgó el mentón y la nariz.   Olí sus heridas, su sangre.   Me puse encima de él, forcejeamos  mientras  gritaba pidiendo auxilio. Por instinto abrí mi mente: la gente  comenzaba a agolparse   en las ventanas de los edificios, en las puertas. 

Él  aun tenía la pistola,  pero no podía usarla porque yo aplastaba su mano.  Me le senté encima, buscando instintivamente  el bulto que hacían sus genitales en el pantalón. Me apoyé completamente  sobre  su cuerpo de toro caliente y movedizo.  Otra detonación pareció estallar literalmente en mi oreja. El arma se había vuelto a disparar. Se oyeron  gritos de alarma, de hombres y mujeres.  Un hombre dijo  a lo lejos: “¡Allá están!” Y otro:”¡Ese carajo lo va a matar!!”,  refiriéndose a mí.  - “Claro que lo voy a matar, imbécil”, pensé. Una vieja   gritó varias veces que llamaran a la policía.  Hubo un curioso   efervecer de  angustia colectiva. Nunca la había sentido, porque yo siempre mataba furtivamente. Hasta esa noche. Por mi culpa la a noche en San Martin se había convertido en un espectáculo de terror. 

Pero ya estaba bueno del show.   Ese no era mi propósito.  Me incorporé de un salto  y arrastré por el suelo   a este  asesino que el azar me había proporcionado  como  postre. A los vampiros nuestro don especial nos da una fuerza sobrenatural, que ningún ser humano puede igualar. Lo llevé  sin dificultad  como si fuera  enorme y liviano muñeco de trapo, hasta  una calleja próxima y oscura. Ninguna  ventana de los edificios circundantes daba hacia ella. 

Los  gritos  de muchas personas anunciaban ahora que habíamos desaparecido,  que debían buscarnos. Querían salvar al que consideraban el agredido,  pero solo porque NO sabían que se trataba del Chino, un asesino. El venezolano es así. Es capaz de cometer  en masa  las peores  atrocidades: yo había visto en los barrios como inmolaban a los violadores, rociándoles con gasolina y prendiéndoles fuego como movedizos muñecos de Judas. Pero su primer impulso siempre era compasivo. Los que ahora  salían  de sus casas  para tratar de ayudar a un desconocido,  me pedirían que lo linchara si se enteraban que era un asesino. Pero de momento quien corría peligro de ser linchado era yo mismo. La gente no tardaría en colmar el perímetro. 

Con una habilidad que yo presentía vieja como el mundo, me incliné  y   besé al chino en la cara, en sus mejillas ásperas, en sus labios  grandes, sabrosos, gesticulantes. El pugnaba por rechazarme.  Su sangre manchó la piel blanca de mi rostro. Me volvió loco. Finalmente,  lo tomé del cuello y clavé con furia los  dientes en su yugular,  desgarrando en mi impulso la piel y los  músculos, casi  hasta llegar  hasta sus  vertebras.   Quedé deslumbrado por el orgasmo mental  y físico que supuso este  gesto de posesión.  Y también por la visión  de toda su maldad, de su naturaleza  despiadada, que lleno mi mente.  Reaccionó él con aún  más violencia, pero todos sus esfuerzos resultaron inútiles.  Todavía no conozco ningún elemento vivo que sea más fuerte que un vampiro. 

Seguí  chupando como un poseso.   Abrí  mis ojos  demoníacos  a todo lo que daban, pero solo podía ver en enloquecida secuencia a toda la gente  que aquel mounstro había asesinado,  en el curso de incontables peleas, robos, secuestros y violaciones. Lo solté y me arqueé hacia atrás, mostrando en pleno mis colmillos ensangrentados.  Mi mente giraba en un enloquecido torbellino de imágenes. En  su revelación había aun más:   familiares, primos, un cuñado, muriendo  a  tiros o a puñaladas por su ira desmedida de alcohólico o drogado;  vecinos y conocidos  muriendo en  su venganza por motivos pueriles.  Casi  todo bajo el efecto de la cocaína, de la piedra, de la marihuana…

Todo esto lo vi en el curso de los segundos eternos que duró nuestra comunión.  

Me derrumbé hacia atrás, entre sus piernas.   Mi cabeza tocó el suelo sucio. Trataba de recuperar el aliento, pero me costaba.  Tardé todavía unos segundos en tranquilizarme. 

- Coño Chino, - dije incorporándome sobre un codo, mirando su cara agonizante: -  tú eras de verdad un coño de madre…. 

 El l solo atinó a emitir un murmullo  ronco.  Casi poético. Se estaba muriendo. Contemplé el bulto impresionante que hacían su pene y sus testículos en su pantalón. Observé   su rostro  que se iba  apagando, hasta que por fin murió y  se convirtió en una máscara  sin expresión. 

 Miré mis manos, la piel de mis brazos.  Mi cuerpo había adquirido una tonalidad rojiza extraordinaria. Estaba repleto de sangre.
  
Me levante  y alcé en vilo su cuerpo  para arrojarlo  contra un contenedor  de basura, lo que provocó   un estallido de peroles y vidrios rotos. El cadáver  cayó y se deslizó hasta quedar en una posición anormal.  Me di vuelta. Los vecinos ya estaban allí, increíblemente cerca.  Instintivamente, sin pensarlo, hice que mi mente emitiera calor. Sabía cómo hacerlo.  Y los mortales sintieron ese calor en las minúsculas gotas de agua que saturaban el aire que los rodeaban, que respiraban.  Se echaron hacia atrás, alarmados, con la impresión de haber sido alejados por el aletear de una llama invisible.  Hubo un coro de exclamaciones. Aproveché el momento para hacerme  invisible a sus ojos: pasé entre ellos sin que pudieran  apenas percibirme. Quizás sí  el soplido que producía mi cuerpo al moverse,  o acaso  un ángulo de mi rostro que apareció bajo un hilo de luz para luego inmediatamente desaparecer,  o tal vez  la blancura  de mis pies  que de pronto ya no estaban donde creyeron  verlos. El ojo humano no es capaz de seguir la velocidad que los vampiros podemos imprimir a nuestros movimientos.  Y  eché  a correr, llevado por un impulso de mi propio goce de sentirme tan vivo a pesar de estar muerto.  Tan inalcanzable. Me alejé  como una exhalación,  dejando atrás su  asombro,  su  estúpido frenesí. 

 Todo  cambió en cuestión de segundos a mí alrededor.  Corrí aún más rápido, hasta que mi cuerpo ansió el cielo  y se elevó  insonoro a través de la noche, muy por  encima de aquel  colosal  pesebre iluminado...  




Mefisto  alzó su rostro regular  y muy hermoso. Cerró  los ojos, sintiendo como arriba, en el cielo negro y tachonado de estrellas,  se aproximaba algo a gran velocidad. Desde su boca bajaba un reguero de sangre, que goteaba sobre el cuerpo desfallecido del Mono Ramón, a quien se estaba bebiendo desde hacía rato, bajo los siniestros arcos de uno de los edificios  del Silencio.

La presencia poderosa pasó por encima  a una velocidad pasmosa,   y siguió luego de largo   hacia el luminoso cielo  este de la gran ciudad.

- Ah, ese es Ananda… - murmuró Mefisto con su  elegante sonrisa. Y luego, dirigiéndose al Mono Ramón: - ¿Sabes, lindura? Tú amiguito Maikel ya  está bien muerto, querido. Y ahora te toca a ti. 

Y volvió a hundir los colmillos en el cuello del malandro.  




Félix Pravskaia