I
- Ananda, tú acabas de matar… - me dijo Babilonia cuando me tuvo en su campo visual. Me veía con la mente, como me había visto Mefisto un rato antes allá en el Silencio, como podía percibirme cualquier vampiro que estuviera en mi camino y atento.
Aminoré la velocidad en medio del viento. Mi cabello se revolvió cubriéndome los ojos con sus ondas plateadas. Colocando los pies por delante, comencé a descender. La orilla empedrada del rio apareció en un cuadro de luz. Percibí el rumor de sus aguas negras. Me envolvió su hálito húmedo y su hedor cuando toqué el suelo con los dedos de mis pies. Me acuclillé cabizbajo.
- Tú siempre como un mendigo. – me dijo Babilonia, esta vez usando su boca para hablar: - Tú, siempre tan triste…
Babilonia (ignoro por qué se hacía llamar así, y desde hacia cuanto tiempo) era un hombre de raza negra, que al morir debía rondar por los treinta y cinco años. Un negro hermoso, de facciones africanas harto armoniosas – no hay vampiro feo – que poseía ojos de escleróticas algo amarillentas, mismas que se tornaban rojas cuando se hartaba de sangre. Las palmas de las manos estaban teñidas de un rosa suave. Siempre que me veía, Babilonia hacía alusión a mi soledad, a mi tristeza actual. Pero él mismo siempre estaba siempre solo y era él quien parecía siempre triste. No tenía moral para decirme nada, pero su preocupación por mí era auténtica. Sus sarcasmos acerca de mi forma de vestir solo resaltaban sus propios harapos incoloros, que no se quitaba hacía más de treinta años. Su locura parecía estar en una escala más profunda que la mía. Siempre estaba silencioso, siempre taciturno.
Yo me identificaba con él. Me gustaba ir a visitarle de tanto en tanto, allí en las siniestras veredas del rio Guaire, en donde ningún hombre decente se atrevía a ir de día y ningún malandro de noche.
Babilonia estaba allí desde antes de mi último gran sueño. Sólo salía para alimentarse y luego regresaba a contemplar las fétidas aguas. No hacía más nada.
- Nosotros no tenemos que preocuparnos ni por el tiempo, ni por superarnos. – dijo, respondiendo a mis pensamientos: - ¿Cuántas veces nos podemos superar en la eternidad?
- Hasta que te aburres, creo… – alcé la cabeza: - Yo viví en un palacio. Y sé que ese palacio me pertenecía…
- Ahora Caracas toda es tu palacio.
Reí.
-Pero vas a perderlo todo. – sentenció.
No respondí a esa salida. Me negaba caprichosamente a pensar.
- Mataste en San Martin y volviste a dejar los cuerpos en la calle, a la vista de todos. Y no es la primera vez.
- Ya no me provoca estar en ninguna otra parte. – respondí.
- Yo no soy más viejo que tú, pero sumo siglos. Podría entenderte. ¿Ya te quieres morir? ¿Estás haciendo esto para que venga alguno y te mate?
- Yo puedo quemar con mi mente. – dije, ignorando su pregunta: - No lo recordaba. Pero puedo hacerlo. Tú también puedes, pero no lo haces.
Babilonia sonrió. Sin inmutarse, me siguió el juego.
- Yo puedo hacer más que eso. – contestó.
Un caucho viejo que estaba allí cerca de súbito comenzó a flotar en el aire como una sucia pompa de jabón. Una lluvia de detritus se desprendió de sus bordes mientras se alzaba y divagaba por encima de las aguas turbulentas del canal. Babilonia no había movido ni un músculo, ni siquiera estaba mirando en esa dirección, pero él era quien estaba moviendo el caucho con su poder anciano.
- Ahora agarra tú el caucho.
Yo te iba a preguntar “¿qué?” pese a haberlo escuchado claramente, pero me dio vergüenza. No me iba a poner con temores, con dudas. Miré el caucho, y al enfocar mi deseo supe de que alguna manera lo había tomado. Le ordené al caucho que descendiera en la otra orilla. Pero en lugar de hacerlo suavemente, el caucho salió disparado con gran fuerza y se estrelló contra el empedrado. Se perdió en la espesura del monte alto, luego de rebotar muchas veces.
- ¿Lo hiciste a propósito como pa impresionarme?
- No.
- Entonces es cuestión de que te acostumbres. – dijo Babilonia muy serio, mirándome con sus bellos ojos asesinos: - Has olvidado cosas. Habías olvidado que puedes quemar. Mira ese árbol que está allá. Quémalo.
Y señaló uno que estaba cerca.
El árbol empezó a humear. Mis poderes eran inefables, pero de alguna manera parecía que yo no tenía el control total. ¿A qué se debía?
- Si lo tienes. – respondió él: - Sencillamente lo has olvidado. Concéntrate en aquello que haya en el árbol que pueda crear fuego. Por ejemplo, la sequedad de la madera. Al agua solo la harás hervir. Pero si lo que la contiene termina seco y es propicio, podrá arder. No puedes quemar el metal. Tampoco la piedra, pero puedes hacer que estallen en mil pedazos…
- Ya entiendo lo que estás haciendo. . Me estas aconsejando, para que pueda defenderme si algún vampiro quiere matarme.
- ¿Y cuál es el peo? – regañó: - ¿No me puedes complacer? De todos modos, creo que no te hace falta. Mira el árbol…
Ambos lo miramos. Todas sus ramas estaban ardiendo como una enorme fogata, cual una gran pira funeraria, de furiosas llamas alimentadas con gasolina. Su resplandor de pronto hizo restallar todos los contornos del rio, de los empedrados, de los viejos faroles, y proyectar en dantescas sombras movedizas el alto monte sobre las laderas en pendiente. El crepitar de la candela rugía en el aire, opacando el lejano fragor de los carros que pasaban por la autopista. Los bomberos seguramente acudirían al lugar, pero no esa noche, sino acaso después de muchas horas de haber amanecido. O al otro día. Aquello era Caracas.
Mefisto desde el Silencio contemplaba el resplandor con los ojos cerrados y un aire soñador.
Maricarmen, al otro lado de la ciudad, también. Le hizo un guiño a su novia. Le acarició un seno.
Y como ellos, otros vampiros nos observaban, pasivos, estáticos. Sus mentes activas como pequeños soles recibían y catapultaban imágenes. Yo había cautivado su atención.
- Demasiados observan ahora, cierra tu mente. – ordenó Babilonia perentoriamente: - Tú debes tener cuidado. Estas matando con imprudencia y por eso te van a matar. Hoy vuelves a descubrir el poder del fuego. ¿Lo usaras en tu venganza, y sobre los vampiros que te quieran joder?
- De bola que sí. – me puse de pie: - Usaré todo lo que esté a mi alcance. Y lo haré por José.
- También deberías hacerlo por Tritón… - murmuró.
Le iba a responder, pero babilonia volvió a ensimismarse en su contemplación de las aguas del rio.
II
- Allá está. – dijo Ramial, guiñando los ojos a causa del viento: - Esa es Maracay.
Tritón no respondió. Se limitó a mirar el mapa de luces a través de las nubes borrascosas, guiñando los ojos. Se sentía incomodo a causa del viento helado. Y tenía sed.
Ramial, más a sus anchas, ordenó a su cuerpo que comenzara el descenso, pues ya habían llegado a destino. Y su cuerpo ingrávido de vampiro le obedeció, al tiempo que un estremecimiento de placer lo recorría de punta a punta. El instante de éxtasis le hizo aferrar aún con más fuerza la mano de Tritón.
A este le agradó el varonil gesto. Ramial tenía las manos grandes, ásperas, manos fuertes de hombre. Tritón sentía debilidad por las manos masculinas, cuando lo eran realmente. Correspondió al apretón con otro igual de fuerte.
Las nubes grises ascendían ahora en torno a sus cuerpos jóvenes. Al atravesarlas, se desmentía la aparente densidad de las mismas, pues se desgajaban como harapos grises y sin materia.
Cuando dejaron arriba el techo de nubes, se hizo manifiesta la aterradora altura a la que se encontraban. Se entregaron a una suerte de caída libre, aunque siempre controlada. Tritón observaba ahora atención la ciudad cuajada de luces amarillentas, después de haberse aburrido un poco en el trayecto desde Caracas. Se aferró más a la mano de su pana. Podía permitirse este gesto infantil, porque todos sabían que era un novato. Además aquel era su primer viaje tan lejos de la capital. Lejos, al menos para él. Demasiado joven en el mundo de los que ya estaban muertos, Tritón no tenía aun pleno dominio de sus poderes, aunque aprendía a pasos agigantados. Ramial, en cambio, a sus setenta y siete años con apariencia de veinte, era todo un experto.
Tritón le observó un instante, mientras caían abiertos como un par de paracaidistas. Sentía un dejo de ternura por Ramial, y desde luego también admiración, porque aparte de ser muy bello era diestro en aquello de volar a sus anchas como un espíritu de la noche. Con sus cabellos largos y rubios agitados por el viento, se dejaba llevar, a veces con los ojos cerrados, totalmente confiado al influjo del poder vampírico que habitaba en su sangre.
Ramial rió al notar su la mirada halagadora:
- ¿Qué? – le preguntó con sarcasmo, gritando a causa del rugir del viento: - ¿Me quieres mamar el guevo otra vez?
Tritón se enfurruñó y apartó la vista:
- ¡Si eres pendejo! – gruñó.
Ramial correspondió a sus risas, pero pronto se puso serio. La fuerza mágica que les impulsaba pareció de pronto tomar el control. Ya no estaban cayendo: descendían gradualmente en dirección al norte. Pronto las puntas de los edificios más altos empezaron a pasar peligrosamente cerca de ellos.
- Marico, - protestó Tritón: - abre los ojos y mira por dónde vas. Nos vamos a dar un coñazo.
- Deja que el papi aquí maneje. Hago esto desde mucho antes que tú pensaras en nacer en esta vida. O en la anterior.
- Todos los vampiros viejos son echones con esa vaina de la edad.
- Ya te tocará también ser echón, carajito.
Y como queriendo hacer gala de su experiencia, con una leve torsión de su cuerpo Ramial dio comienzo a una amplísima curva en el espacio abierto. El aire en torno a ellos rugió en una ráfaga fría. Tritón le dejó hacer, tratando de mantener su propio centro de gravedad.
Miró hacia abajo: estaban ahora sobre una avenida extensa y bien iluminada.
- Esta es la avenida de las Delicias. – explicó Ramial, mostrando en sus facciones hermosísimas la cualidad lechosa y luminosa de la luna: - Nos llevará derechito al barrio que deseas visitar. Muy pronto podrás darle a Ananda el regalo que deseas.
- Ya era hora. Te veo lento…
La ciudad repleta de luces pronto quedó atrás. Después de pasar por encima de un horrendo zoológico, volaron como papagayos en la aparente irrealidad de una urbe que se transformaba en pueblo, en monte. A su alrededor, las montañas azules y distantes enmarcaban el recinto inmenso de aquel sector de los valles de Aragua.
De pronto, ambos fijaron su atención en un punto distante de esas montañas azules, justo donde a duras penas se distinguía un puntito luminoso. Y ambos guiñaron los ojos con entendimiento:
- “¡Allá hay otros vampiros!” - pensó Tritón:- “Hicieron una fogata”.
- “¡No, mejor ponte a gritar! Si me hablas con la mente más fácil podrán oírte, gafo. Tapa tus pensamientos.”
- “Qué tanto. – se encogió de hombros: - Mejor les pregunto de una vez si saben donde vive el carajo que estoy buscando”.
Y antes de que Ramial pudiera hacer alguna objeción, Tritón radió la pregunta en dirección a los vampiros que medraban en la lejana floresta. Según el atisbo de las primeras imágenes que le llegaron, se trataba de un grupito de chupadores de sangre acampados como modernos hippies. Todos eran varones y todos tenían hermosos rostros que la luz de las llamas se tornaban lo mismo amuchachados que siniestros, según el característico juego de expresiones que caracterizan a los vampiros.
- No debiste preguntarles nada. – dijo Ramial: - No hay seres más impredecibles en este mundo que nosotros…
- Lo único seguro es que somos como las cloacas de las casas.
- Eso es lo que dicen de las cachifas…
- Seguramente el que inventó esa frase no sabía que existen los vampiros.
Y en efecto, el chisme no tardó en llegar.
Contestaba un chamo que se hacía llamar Creta. Con una voz de profundo y relajado barítono, les informó telepáticamente que ese Sebastián al que buscaban, ese ex policía, vivía hacia la mitad del callejón hacia el cual se dirigían.
-“¿Vas a matarlo? – preguntó Creta con sosegada curiosidad, desprovista de juicio: - Sebastián era un policía corrupto: ahora solo es un malandro que se dedica a beber y a fornicar”.
- “Lo voy a matar. – respondió Tritón con la voz de su pensamiento: - Es un asunto de venganza. ¿Hay algún pero por parte de ustedes? No somos de Maracay sino de Caracas.
Un coro de risas telepáticas resonó en su cerebro.
- Ya lo sabemos. – contestó otro vampiro junto a Creta: - Échale bola. Si no lo matas tú hoy, cualquier otro día lo hacía yo”.
Los demás vampiros se regodeaban en sus puestos alrededor del fuego sonrientes, algunos hasta burlones.
- Ok, entendido. Gracias...
- “Yo te haré saber cuando lleguen a su casa. - dijo Creta, que se quedó mirando las llamas en aparente sosiego casi animal, con el cabello largo y lacio a ambos lados de su rostro femenil. Tritón se le quedó observando con los ojos de su mente, durante unos instantes, fascinado por su absoluta hermosura.
- Es que no hay vampiro feo. – sonrió Ramial.
- ¿Y por qué no? Es increíble, todos son hermosos. Como ángeles.
- Tú también eres muy bello, lo que pasa es que no le paras bola a eso. Y no se por qué sucede, pero es así. Quizás sea una ley antigua. Pregúntale a tu amado Ananda, - añadió burlonamente: - Él debe saber…
Tritón le soltó la mano. Ya se encontraban a menor altura. Se sintió un tanto avergonzado de que Creta y los demás vampiros hippies lo hubieran visto agarradito como un niño.
- De regreso quiero ir por mí mismo - manifestó.
Pero en ese momento uno de sus zapatos golpeó contra la inesperada copa de un árbol muy alto. Ramial le miró alzando una ceja, pero tuvo la decencia de no reírse.
Avistaron la abrupta entrada del callejón. Maniobrando con una elegancia que los distinguía como caraqueños, aterrizaron en medio de la solitaria calle de entrada. Allí permanecieron inmóviles unos segundos, sintiendo como sus cuerpos efervecían por dentro con idéntico e intenso placer. Se reencontraban con su gravidez, con el peso de sus respectivos cuerpos, con la insólita sensación de estar pegados a la tierra, de ser parte de ella.
- ¿Te sucede lo mismo? - Tritón hecho un vistazo a su amigo. - ¿No te excita hacer esto? Mira.
Y mostró el paquete que la erección marcaba en sus jeans. Se lo agarró, para que Ramial pudiera detallar el contorno de su pene, que iba en todo lo largo y grueso hacia la derecha. Ramial sonrió ante la manifiesta picardía, que por demás era natural en Tritón, y echó su pelvis hacia adelante para que mostrar su propia erección, aunque esta menos potente.
- Es normal, - dijo: - sobre todo después de un viaje largo. Vamos ya. La noche no dura para siempre…
VII
Tritón avanzó unos pasos en pos de su amigo, pero de pronto se detuvo y se sentó en la acera para desanudar sus zapatos de goma. Tras quitárselos, los arrojó hacia un terreno baldío colmado de monte alto, detrás de un muro. Lo mismo hizo con sus calcetines. Sintiéndose libre, se puso de pie para sentir la textura y dureza del asfalto.
- ¿Estas imitando a tu piazo é loco? – pregunto Ramial con sorna: -¿Ahora siempre vas a estar descalzo?
- Quiero que Ananda sepa que lo amo. Que soy como él. Y que estoy con él. Ahora y siempre.
- ¿Y por qué carrizo es que él no usa zapatos, si se puede saber?
- Ni idea. Creo que él mismo no lo sabe. Pero no me importa. A mí me gusta que sea así. Y me gusta estar así como él. Deberías probarlo. Quítate los zapatos. Se siente bien.
- ¿Y rasparme todo? ¡No si ta bien pues!
Reanudaron la marcha, avanzando como solo los vampiros pueden hacerlo. Al impulso de algunos de sus movimientos demasiados veloces para el ojo humano, lograban crear un efecto visual fragmentario, como si desaparecieran por fracciones de segundo para reaparecer más adelante. En Ramial, este efecto era muy acentuado y sin aparente mayor esfuerzo. Se desplazaba de esta manera fantasmal con las manos dentro de los bolsillos de su chaqueta. Su figura parecía desgajarse y reagruparse. Al mismo tiempo, su poderosa mente percibía todo lo que ocurría a su alrededor. El sitio donde se hallaban, llamado Callejón Ojo de Agua, era un humilde conglomerado de casitas viejas, algunas muy pobres y otras medio ruinosas que se mezclaban con otras más grandes y bien equipadas, en ese extraño contraste de clases que puede apreciarse en algunos lugares de Maracay. La tranquilidad básica y nocturna que le rodeaba era perturbada por toda clase de ruidos de animales, por el rumor de quebradas ocultas, de la vegetación, por la vida de la noche toda.
Ramial sumaba a todos estos sonidos las voces en los sueños de aquellos que dormían profundamente, o de los pensamientos atormentados de los desvelados. Percibió asimismo a dos malandros que estaban agazapados detrás de un muro ruinoso, más adelante, metiéndose piedra o alguna otra porquería. Ramial sintió sed al tomar conciencia de que eran jóvenes y vigorosos, pese a sus destructivos vicios. Esto le entusiasmo. Tenía la garganta seca por la sed. Viajar lo ponía aún más ansioso. Insaciable como pocos, Ramial tenía muy bien ganada su fama de glotón, en todos los sentidos…
- Acá en Maracay la gente mortal cree mucho en vainas sobrenaturales. – comentó, para que aquellos malandros pudieran oirlo mientras se acercaban: - El pueblo cree en aparecidos, en carrozas fantasmas arrastradas por caballos, en la sayona. Vainas así. Todo eso le encanta a los maracayeros. La ciudad se presta desde hace siglos para esos cuentos porque es muy siniestra de noche, como ves. Y antes era peor. Cuando era pueblito solo tenía faroles mortecinos. La gente de esa epoca no salía de sus casas de noche. Le temían a los espantos. Ahora le temen más al hampa. – rió: - Y con razón: no te imaginas la escoria humana que habita aquí. Yo los he visto. Los malandros, las putas, todos son asi como horribles, malvados. He matado a tantos. Son deliciosos. Menos mal que siempre vuelven a reproducirse como conejos. El caso es que todos, buenos y malos, todavía siguen creyendo en fantasmas y vainas del más allá. ¡Bah! Maracay no es más que es un pueblon. Nunca será como Caracas…
- ¿Y para qué querría ser como Caracas? Aquello es un infierno. Mira ¿y los maracayeros no creen en vampiros?
- Pues aquí vienen dos que estan a punto de creer…
Y señaló hacia adelante con los labios.
Los dos tipos de aspecto marginal que percibiera antes, caminaban ahora hacia ellos con caras de coños e madre. Ambos eran trigueños, de pelo malo y vestían idéntica camiseta blanca, aunque sucias, de esas que estaban de moda entre los de su gremio. Se diferenciaban porque uno llevaba short rojo y chancletas de goma, mientras que el otro vestía un jeans raido y zapatos deportivos sucios. Este último hurgaba en su bolsillo trasero en busca de un chuzo.
La maldad de sus expresiones hubiera cagado de miedo a cualquier mortal, pero en los vampiros solo suscitó sonrisas. El malandro más grueso, el de short rojo, de aspecto vulgar y corriente, los observaba no sin un dejo de admiración: jamás había visto a un par de chicos tan hermosos.
-“Na guevoná. – pensó: - Están bellos estos carajitos. Por lo menos a uno me lo cojo”..
Y este pensamiento distorsionado por su maldad, confirmó su destino.
Ramial le miró recto a los ojos echando hacia atrás la mata de sus cabellos dorados. El atracador, que un instante antes lo viera a sus buenos metros de distancia, lanzó una exclamación de asombro al verlo de pronto tan cerca, justo a su lado, con la boca fruncida como un perro cuando enseña sus dientes. Quiso huir pero no tuvo tiempo de hacer nada: Ramial lo abrazó como en un círculo de acero y sin más preámbulo le hundió los colmillos en el cuello profundamente, con un íntimo gozo.
Tritón alcanzó al otro y lo inmovilizó de la misma forma. Pero en lugar de clavarle los colmillos se puso a ver lo que hacía Ramial. Siempre le producía un dejo de morbo la despiadada forma de actuar de su mejor amigo.
Los movimientos de Ramial eran precisos, automáticos, sin adornos ni teatralidad. Anulaba todo intento de golpe o resistencia por parte de su víctima, mientras chupaba egoísta y rítmicamente de la herida, engullendo enormes y aterradores tragos de sangre. Nunca separaba los labios, bebiendo de continuo y de forma abundante. Por ello sólo despegó la boca del cuello del hombre un instante antes de que el corazón se detuviera por falta de sangre que bombear.
Un vampiro no podía beber sangre muerta porque a su vez podía morir. Esta es la razón por la cual un vampiro no se alimenta jamás de personas recién muertas, sino que recurre a las vivas.
Como si se tratase de un maniquí roto, Ramial colocó el cadáver en el suelo. No tuvo necesidad de limpiarse con la manga de su chaqueta: no había derramado ni una gota.
- Creí que ya te estabas zampando a ese. – dijo refiriéndose al tipo aterrado y gris que aferraba Tritón.
- No. No me quiero llenar. ¿Lo quieres tú?
-¿Muerto quieres misa? Dame acá.
Y lo agarró como si fuera a un pedazo de carne. El individuo se debatía, suplicando, llorando, orinado en sus pantalones. Salmodiaba que nunca más haría nada malo, que sería bueno de ahora en adelante. Pero Ramial sin el menor dejo de compasión pegó su boca abierta en el cuello del hombre y mordió, perforando la vena. Al tipo se le trancó la garganta y abrió los ojos a todo lo que daban. Permaneció tieso, mientras Ramial chupaba y hacía ruiditos golosos.
- “Los ruegos no sirven de nada, malandrito. – inoculó en la mente del hampón: - Esto te pasa por querer joder a la gente, en vez de ponerte trabajar pa ganarte tus reales como hacen los que tienen el cielo ganado…”
El tipo tardó un poco más en morir. Tritón observó todo el procedimiento en silencio. Lo mismo hacían los vampiros hippies de la montaña, allá lejos, en silencio, con sus mentes. Creta observaba la escena inexpresivo; solo cerró los ojos cuando el martirio del malandro cesó junto con los latidos de su corazón. Tritón sintió la sed de Creta. También la sed inextinguible de Ramial, que aún estaba insatisfecho.
Y desde luego, su propia sed, que ahora estaba exacerbada hasta un punto que la hacía poco menos que insoportable. Quería beber la sangre de su víctima, ya.
Ramial colocó el cuerpo del bandido junto al otro, con cuidado.
- Los enterraré en el monte ese de donde salieron. – declaró, y luego, estirándose: - Wow marico, que vaina mas buena. Verga que bien me siento. Y quiero más. ¿Ya agarré colorcito?
- Estas rojo como un tomate. Que lambucio eres, de pana. A ver si le bajas dos.
Ramial se echó a reír. A la luz de aquellos viejos postes de alumbrado, su cara era la del mismo demonio
III
Creta les hizo saber cual era la casa.
Se trataba de una construcción grande, vieja, de techos altos y extensos. En silencio, ambos treparon el viejo muro de ladrillos que la circundaba. Saltaron hacia el otro lado. Los cuatro perros callejeros que cuidaban la casa, al verlos se perdieron de vista instintivamente. Se refugiaron en un cobertizo que había al fondo.
Una vez en el patio, avanzaron furtivamente. Tritón experimentaba vivo placer al caminar descalzo. Le recordaba muchos momentos de su pobre infancia. No recordaba sin embargo haberlo hecho de adulto, cuando aún estaba vivo y se dedicaba a robar allá en San Martín.
Llegaron hasta el frente de la casa. Adentro se escuchaba una música horrible en sordina. Estaba toda a oscuras, pero la gente en su interior no estaba durmiendo. Ramial entrecerró los ojos. Todos eran hombres. Y todos estaban en una habitación, desnudos…
- Marico… esto es una orgía. – murmuró Ramial: - ¿Tú sabías que ese tal Sebastián es gay?
- No. ¿Qué vampiro se fija en esa vaina? – preguntó Tritón con la sabiduría de su juventud.
Se situaron en el extenso porche, como un par de sombras acechantes. Miraron hacia adentro por una ventana entreabierta. La cosa estaba buena. Alrededor de diez carajos estaban fornicando en una morbosa acción que no dejaba a nadie por fuera: era una gran masa movediza de bocas abiertas, penes en erección y piernas peludas. El ruido que producían era particularmente estimulante, mezcla se suspiros, gemidos, chupadas, golpes contra las nalgas y palabras obscenas. No había ni uno solo que en ese momento no estuviese mamando cualquier cosa o siendo mamado, penetrando o siendo penetrado. Y en medio de aquel desnalgue mayor, a Sebastián, el ex policía, se lo estaban cogiendo rítmicamente en posición de perrito, mientras a su vez chupaba un pene torcido y masturbaba otro con la mano; en medio de todo este ajetreo, todavía se daba chance de contemplar el culo peludo de otro carajo que estaba fornicando tendido a su lado.
- Esta vaina es LA orgia, chamo. - opinó Tritón, que contemplaba la escena experimentando una naciente excitación que le subía desde la ingle, a la vez de unas ganas enormes de reír. Miró a Ramial, queriendo ponerlo como testigo de sus impresiones: tuvo un sobresalto al verlo ya casi desnudo a su lado, con el pene ya erecto apuntando hacia el techo.
-“¿Te vas a meter allí??”
- “¿Y todavía lo preguntas?” – rió Ramial sacándose la franela.
- “¡Pero tú no aguantas dos pedidas! Todos van a pegar un brinco cuando te vean”.
- “No lo harán. Todos están drogados, o borrachos. Y existen trucos que tú no te has aprendido y que puedo enseñarte”.
Tritón pestañeó. Ramial había desaparecido. Miró por la ventana. Su amigo ya estaba en el medio de la habitación, tendiéndose junto a un cuerpo tenso y lampiño. Con el poder de sus ojos vampíricos, lo estaba embrujando, por decirlo de alguna manera. El hombre comenzó a acariciar a Ramial sin percatarse de que era un extraño. Otro hombre al lado hizo lo mismo. El vampiro vio divertido como las manos de ambos carajos agarraban su pene y sus bolas. Miró a Tritón muerto de risa:
- “¡Vente, marico!”.
-“¿Y mi venganza?”
- “Déjala pa más tarde. Ven. Solo ordena a sus mentes flojas que se sometan a tu voluntad. Diles que ya te conocen. Que no hay peo. Confúndelos”
Tritón comenzó a desnudarse atropelladamente.
Se metió por la ventana y se acostó entre dos cuerpos se resbalaban sinuosos entre muchos otros. Una mano solicita agarró su verga, que instantes después ya estaba en total erección y muy dura. Una boca vino a atrapar la suya. Otra agarró su culo. Se dejó besar, meter la lengua, mamar, deleitado y haciendo verdaderos esfuerzos para no morder aquellas carnes vivas, repletas de sangre. La tentación era horrible, avasallante. Un pie pasó por encima de su cabeza. Era un hombre ancho y velludo que se estaba posicionando sobre él. Agarrando a Tritón por las caderas, comenzó a voltearlo y a levantarle las nalgas. Tritón se dejó hacer, exponiéndose tan abierto como el desconocido deseaba. Pensó que le iba a doler, porque el hombre exhibía sin pudor un trozo de proporciones considerables, pero no opuso resistencia cuando aquel empezó a penetrarlo. Apretó los dientes. El dolor efectivamente lo traspasó de cabo a rabo. Tritón abrió la boca y mordió el hombro del sujeto que estaba debajo de él, chupándole una tetilla. No pudo aguantar más. Hundió más los colmillos en aquel hombro anhelante. El tipo gimió de dolor y de placer, totalmente confundido. Tritón lamió la herida, deleitado. Una nube de luces de colores lo envolvió. Estaba en el paraíso, en todo su esplendor. Apretó los dientes. Aspiró con delicia el olor a sudor que lo envolvía, a culo, a pene. A hombre. A sangre. Comenzó a chuparle la sangre mientras el otro carajo por detrás lo embestía.
De improviso llegó otro individuo y se apoderó del pene de Tritón. Empezó a chupar rítmicamente. Tan rítmicamente como Ramial cuando se lo mamaba, o cuando chupaba la sangre de sus víctimas. Era el mismo succionar duro, frontal, sobrehumano. Y Tritón comprendió de golpe: no le estaba chupando el pene un ser humano, sino un vampiro. Y no era Ramial, como creyó por un breve instante. Era Creta.
El vampiro Creta estaba allí, en persona, recién llegado de la montaña. Ya no una imagen mental. Tritón lo tomó por la barbilla. Creta tenía los ojos verdes, fulgurantes como diamantes. Y el cabello largo y lacio hasta la espalda, enmarcando las delicadas facciones de su rostro. Seguía sonriendo, aún con un guevo tan grande en la boca, que casi le ahogaba. Tritón le correspondió con su varonil sonrisa.
Creta parecía tener escasos dieciocho años. Sin ser del todo masculino, lograba seducir precisamente por el elemento andrógino que le confería un encanto especial, sobre todo así desnudo como se presentaba, delgado, hermoso, movedizo. Tritón maniobró para ponerse encima de él, sin dejar nunca de ser embestido deliciosamente por el carajo que se lo estaba cogiendo. El hombre al que le mordiera el hombro, exhausto, quedó muy quieto en su sitio. Tritón comenzó a meter su pene en Creta, primero con cuidado, pero al comprobar que ya estaba muy dilatado, lo penetró hasta el fondo, hasta apoyar sus bolas completamente contra sus nalgas. Creta soltó un quejido que opacó por un instante el concierto que había a su alrededor.
- ¡Epa! Por acá están haciendo un trencito. - bromeó un carajo, que a su vez se cogía a otro, que mamaba a otro, que succionaba el culo a otro.
En medio del aturdidor vaivén y luego de unos minutos, Tritón volvió a fijar su atención en Sebastián, que fornicaba un poco más allá. Y la sed de sangre pudo más. Le chuparía toda la sangre al que tuviera más cerca, y luego iría por él. Arqueándose hacia atrás, sin dejar de penetrar a Creta, pegó su espalda al pecho del hombresote que lo estaba penetrando y logró alcanzar su cuello. Le hundió los dientes con tanta fuerza que el hombre quedó privado. Aún con la verga de aquel muy dura en su interior, Tritón comenzó a matarlo. Ramial desde un poco más allá observaba la escena, apartando la boca un instante del cuelo que ya llevaba rato chupando, mientras otros dos carajos le mamaban el guevo sin tener la menor sospecha de lo que estaba ocurriendo.
Creta, completamente sudado y colmado, pilló la maniobra de Tritón, le gustó y a su vez atravesó con sus pequeños colmillos el tobillo del sujeto que tenía más cerca. Y aquel como por arte de magia quedó muy quieto, soltando el pene que se estaba chupando.
En medio de esta matanza, una imagen llegó para turbar la curiosidad de Tritón:
- “Vaya… veo un árbol en llamas…” – pensó.
Un silencio de muerte reinaba en la habitación.
Encima de la cama, en los colchones del suelo, por todas partes solo había cadáveres desparramados. Tritón, Ramial y Creta, desnudos y de pie en medio de aquella desolación, contemplaban no a los muertos, sino al vacío, esculcando con sus poderes. Paralizados en una expectativa que no había hecho más que crecer en el último cuarto de hora, trataban de interpretar las señales que les llegaban de todas partes, cada vez más claras. Y de aquel rompecabezas de imágenes fugaces e impresiones repetidas desde una gran distancia por otros vampiros, completaban un claro significado que les hacía poner los pelos de punta.
Junto a ellos, Sebastián era el único de los mortales que aun permanecía con vida. Dormía despatarrado sobre un colchón, boca arriba y con los testículos colgantes, totalmente ausente en medio de su intoxicación etílica.
Tritón fue el primero en romper el silencio que ya llevaba diez minutos:
- Es Ananda… - murmuró.
- Si marico. – dijo Ramial: - Tu Ananda lo volvió a hacer. Volvió a matar en Caracas y no ocultó los cadáveres. ¿Pero qué coño es lo que le pasa?
- ¡Cállate y mira! ¡Los vampiros de la montaña vienen para acá!
Creta ya se estaba vistiendo a velocidad sobrenatural:
- ¡Están arrechos! – dijo: - ¡Cojan sus peroles! ¡Salgamos de aquí! Yo les diré por dónde meterse.
Pero sabía, como los otros dos, que ya no tenían tiempo de hacer nada.
- ¿Pero Sebastián? Aún no me he vengado…
- ¡Sebastián mis bolas! ¡Qué corras!
Abandonaron la habitación como una ventisca. Parecieron multiplicarse en ocho iguales a ellos, buscando sus prendas de vestir. Afuera la noche reinaba pesada y densa, como cargada de malos presagios. Era una noche de muerte. Cruzaron el patio, saltaron el muro con simiesca agilidad, ganaron la calle. Tritón quiso invocar su poder de volar, pero Ramial lo sujetó por un hombro:
-“¡No marico! ¡Estarías más expuesto!”.
- “¡Síganme!” gritó Creta en sus mentes.
Se metieron por una cerca medio caída, atravesaron una porqueriza que hacía las veces de patio, bajaron por una pendiente de rocas y barro, saltaron una angosta quebrada. Ganaron un puente para vehículos. Corrieron una calle ancha que ascendía recta por el cerro. Les envolvió la oscuridad de un sector donde se había ido la luz, como era frecuente en toda Venezuela. Los vampiros de la montaña, momentáneamente confundidos, les perdieron de vista, pero pronto les siguieron desplazándose a la misma velocidad y con la misma destreza. Llegaban de todas partes: cayendo sobre las copas de los arboles, golpeando los techos de zinc, los cables eléctricos; emergiendo del monte, o por encima de muros, de las cercas. Eran cuatro, cinco, siete carajos que se desplazaban con la misma demoníaca habilidad, absolutamente antinaturales.
Viéndose ya acorralado, fue esta vez Ramial quien quiso tomar la mano a Tritón y en un último y desesperado intento, lanzarse a cielo abierto. Pero Creta le disuadió con determinación:
- “Quédate, enfréntalos”.
Restallaron alrededor de ellos los vampiros, llegando de golpe, formando un círculo que durante unos instantes quedó inmerso en una nube de polvo que remolineaba en el vacío.
Eran ocho en total. Todos hombres, todos con apariencia de jóvenes y todos hermosos, con sus manos en garras y la mirada terrible. Con sus pálidas caras de rasgos regulares y ojos extraños, examinaban lo mismo con curiosidad que disgusto a los dos caraqueños, estudiando cada detalle de sus fisonomías, y de los pensamientos que dejaban entrever. Miraban aún con más disgusto a Creta, por haber tratado de ayudarlos a escapar. ¿En qué diablos estaba pensando?
Creta por su parte los contaba. Faltaban dos de sus panas.
- “Sinohué y Riró… - pensó: - Están en casa de Sebastián”.
- Así es. ¿Acaso te dejaste seducir por este catire y por este chico descalzo?
Le incordiaba uno que de común acuerdo con los demás asumía el papel de vocero. Se trataba de un sujeto delgado de piel blanca y revueltos cabellos negros, cortos en la nuca y más largos sobre la frente, de nombre Octavio. Sus ojos relucían como diamantes debajo de unas cejas negras bien dibujadas, y su boca carnosa que invitaba al beso estaba fruncida por una mueca de desprecio: - ¿Tanto cambias por una cogida? ¿Tanto así para traicionarnos?
- Oh que traición ni que nada. – contestó Creta con disgusto: - Deja el drama. No tienes derecho a decirme nada de esto. Yo no estoy traicionando a nadie. Ellos solo me caen bien y no quiero que le hagamos daño por algo de lo que no son culpables. Si acaso culpable es ese tal Ananda, allá en Caracas. El del árbol.
- ¡Ananda no es culpable de nada! – saltó Tritón.
- Tú cállate, moreno. Los patiquines de Caracas se creen con derecho a hacer lo que les da la gana. Y tú Creta te crees con derecho de ayudarlos. Tú eres de aquí. Eras, porque hoy te largas de Maracay…
- No tienes derecho a botarme. – dijo Creta, pero no insistió porque los demás vampiros, sus amigos de largos años, estaban asintiendo todos con la cabeza, dándose la razón a Octavio.
- Este moreno es novio de ese tal Ananda. – dijo otro, de hombros anchos y cabello liso negro peinado de lado, la nariz aguileña y muy apuesto; iba vestido como los demás con predominio de prendas negras: - Deberíamos prenderlo en candela pa que Ananda escarmiente y se ponga serio.
Tritón lo miraba fijamente con los puños cerrados, sin dejarse amilanar.
Le encantaba, sin embargo, que todos creyeran que era el novio de Ananda…
- ¿Por qué nos amenazan? – intervino entonces Ramial, cagado, pero haciendo de tripas corazones para buscarles la vuelta: - Nosotros no tenemos nada que ver con lo que hace Ananda.
- ¿No? – preguntó Octavio: - Te refrescaré la memoria, bonito: Tritón se quitó los zapatos para ser igual a Ananda, porque lo ama. Y ustedes vinieron a Maracay a matar a Sebastián, y solo porque Ananda se la tenía jurada a Sebastián. ¿Entonces, cuál es el jueguito que se traen?... Deberíamos… matarlos ahora mismo… para darle una lección a ese vampiro imbécil que nos expone a ser descubierto… por los mortales…
Vacilaba ahora al hablar, un tanto confundido. Acababa de percibir - de nuevo - la imagen de un árbol en llamas.
- ¿Quién te da el derecho de ser juez? – preguntó Ramial. El también estaba viendo el árbol: - ¿Quién se lo da a cualquiera de ustedes?
- Pues Ananda… Yo quiero proteger a mi gente. Tritón podría servirle de escarmiento.
- Vente pues.- dijo Tritón, mirándolo con rabia y alzando los puños: - Ven pa cá y atrévete a tocarme un solo pelo, guebón…
Pero nadie se movió de su lugar. No porque la actitud valiente de Tritón los amilanara (aunque algunos se sintieron interiormente encantados por su coraje) sino porque sus mentes como radares seguían fluctuando y conectándose con el infinito poblado de mensajes. Les inmovilizaba la comprensión de lo que aquel árbol en llamas significaba, espejeando ante sus ojos como un sueño difuso. Y cerca de aquel árbol, un vampiro negro llamado Babilonia era el que estaba proyectando la imagen con su mente vieja y poderosa.
- “A la verga, - pensó uno de los vampiros maracayeros: - ese árbol lo prendió en candela Ananda, sin siquiera darse cuenta. Es muy poderoso el coño é madre… “
Todos se miraban ahora de hito en hito, indecisos, sin querer ninguno dar el primer paso. Y de pronto vieron a otro vampiro, llamado Mefisto, mostrando sus colmillos. Un espejismo hermoso, andrógino e iridiscente. Mefisto coqueteaba, mirándolos de reojo, lanzándole besos. Les confirmaba en su burla y en su descaro que Ananda efectivamente había incendiado ese árbol, con el solo poder de su mirada…
La voz de Mefisto resonó en todas las cabezas. Babilonia entrecerró los ojos. Ananda apareció de pronto, acuclillado. Una imagen ausente, hermosa. Parecía una gárgola de venas marcadas.
De súbito todas estas imágenes se desvanecieron.
Ramial agarró la oportunidad al vuelo:
- ¿Por qué no te enfrentas al propio Ananda? – le dijo a Octavio: - Si lo haces arderás tú y todos igualito que ese árbol allá en Caracas. Y todo gracias al enorme poder de Ananda.
- Ya basta, te puedes callar. – Octavio alzó una mano: - Sabemos lo que tratas de hacer. No sobreactúes.
Los demás vampiros maracayeros observaban ahora inexpresivos como máscaras, poniéndose de acuerdo. No atacarían. Ramial lo comprendió y sintió que las piernas se le aflojaban. Octavio se adelanto un paso y Tritón volvió a mostrar sus puños.
- Tu gesto infantil me conmueve. - le dijo: - Eres solo un carajito con las bolas bien grandes. Se ve que naciste al mundo de los vampiros hace poco. Debes saber que nada podrías hacer contra el ataque de todos nosotros. Te salvas, porque estas apadrinado por ese vampiro viejo como el mundo. Debe serlo, si tiene tales poderes. Ahora vete de aquí. Váyanse: tú también, Creta. Vete pa Caracas, porque eres de los que salta la talanquera por un pene. Váyanse y díganle a ese Ananda que tarde o temprano lo van a joder. Y cuando lo jodan, yo mismo iré a Caracas para mear sobre sus cenizas…
- ¡Díselo tú mismo, cabrón! – gritó Tritón fuera de sí: - ¡A Ananda no le va a pasar nada!
- Coño Tritón, marico, cállate… – murmuró Ramial exasperado.
- Salgan de Maracay. – repitió Octavio: - Pero antes ocúpense de todos sus muertos. No quiero que quede rastro. A ver cómo le hacen, porque ya no tarda el amanecer…
- “Sebastián…” - pensó Tritón, recordando que aún no había completado su venganza.
- Tu Sebastián ya está muerto. – se burló Octavio: Nosotros te robamos tu venganza….
Y tras hacer una seña a los demás, el vampiro virtualmente desapareció a través de la cercana enramada, seguido por todo su grupo.
En la lejanía unos perros seguían ladrando…
Regresaron a la casa de Sebastián, con el mismo sigilo de antes porque ahora los vecinos del barrio, que habían escuchado el alboroto y sus voces, estaban despiertos y algunos merodeaban en las afueras de sus casas.
Sebastián, el ex policía, en efecto ya estaba muerto. Lo habían colgado por los pies de la viga del techo y lo habían desangrado por el cuello como si fuera una res. El cadáver, completamente desecado, cristalizaba en su última expresión todo el horror que experimentó al morir.
A su alrededor reinaba la desolación donde antes lo hiciera la animada orgía.
- Me quitaron mi venganza. Dijo Tritón: - Pero al menos el fulano este ya no existe.
- Lo mataron Riró y Sinohué, – dijo Creta: - unos panas. Bueno, ex panas… Ya no nos da tiempo de enterrarlos a todos. Ni sí siquiera de botarlos en el cerro. Lo único que podemos hacer es prenderle fuego a la casa. Amanecerá en menos de una hora.
- ¿Cómo haremos eso? – preguntó Tritón.
- Algo habrá que sirva. Con el fuego de la cocina. Con kerosén. En estas casas nunca falta el kerosén…
- ¿Te irás de Maracay como te dijo Octavio? – quiso saber Ramial.
- Es mejor que le obedezca. Al menos, de momento. Ahorita todos andan arrechos conmigo y podría irme mal.
- Lo siento mucho. - dijo Tritón: - Es mi culpa.
- ¡Tú culpa, mis bolas! Yo fui el que decidió venir a tirar rico y luego a ayudarlos. Nadie me obligó y todo salió bien. ¡Vamos! Deja el drama. Empiecen a agarrar sus muertos. Este día duermen en mi casa y mañana nos vamos pal coño.
Quince minutos después toda la casa era una gigantesca pira. Un huracán de llamaradas destrozaba literalmente todo lo que entraba en su dominio. Afuera, extramuros, se escuchaban las voces de alarma de los vecinos, su agitación. Se estaba armando una poblada. Los perros de la casa salieron para unirse a su estrépito, poniéndose a salvo.
Luego de contemplar desde el patio el dantesco espectáculo de la casa en llamas, Ramial abrazó protectoramente a Tritón y a Creta. Las facciones puras de los tres chicos se transfiguraron de placer cuando comenzaron a ascender hacia el firmamento negro tachonado de focos titilantes…
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