I
La persecución ya llevaba cuatro horas y media, pero sumaban siete los días que los malandros llevaban cazando al Plinio y a Enrique-PerroMuerto para matarlos.
Por fin los habían encajonado en el lugar que querían, a la salida del barrio, un callejón que a juro tenían que atravesar si querían llegar a la avenida. Por el otro lado era imposible que se escaparan: arriba había un coñazo de gente armada que los estaba esperando. También abajo. Estaban jodidos y ellos lo sabían.
Ya estaba anocheciendo. Johnny se sacó el arma de las bolas y soltó un tiro al aire. Una andanada de disparos le respondió escaleras arriba, por parte de sus cómplices. El tiroteo provocó la alarma entre los habitantes del barrio. Unas viejas gritaron asustadas desde algún sitio trancado. Gente corría aquí y allá: madres cagadas tapando a sus muchachitos; zagaletones que nada tenían que ver con ese peo y querían esconderse. Hombres y viejos asustados. Como tres puertas se cerraron de golpe. La gente estaba asustada. Los malandros habían tomado la zona para ajustar sus cuentas y matarse entre ellos.
Plinio y Enrique-PerroMuerto salieron corriendo del rancho donde estaban escondidos. Parecían dos piltrafas desmadejadas y sucias. Casi se espalillan escaleras abajo, tratando de llegar a la salida. Estaban agotados y apuntaban para todos lados. Plinio soltó tres pepazos a la nada. Se oyó una mentada de madre. Una mujer lanzó un grito horrible. Alguien gritó: mataron a una niña. Plinio lo oyó pero su mente no lo registró: esa vaina no le importaba. Solo quería salir de allí, huir, perderse. Volvió a disparar, como un maldito energúmeno. Le respondieron con mas balas. Volaron pedazos de friso, de techo, y salieron chispas de las aceras rotas. Una bala le pasó rozando. En su carrera el barrio se desvaneció en una secuencia de imágenes borrosas. Miró hacia atrás. Maikel corría detrás de él como un mismo demonio. Trató de apuntar, jaló del gatillo. Ya no tenía balas. Buscó desesperado alguna grieta donde meterse, cualquier hueco. Enrique-PerroMuerto apareció a su lado, lo rebasó y saltó por encima del capó de un carro, pero solo para resbalarse y caer de platanazo en el suelo como un mismo imbécil. Empezó a quejarse agarrándose un tobillo. Plinio le grito corre guebón, pero no oyó sus propias palabras. Lo dejó atrás, sin querer ayudarlo. Que se joda. Enrique brincó como pudo y empezó a pegar saltos hacia un kiosco pintado de rojo, donde el viejo Remigio vendía periódicos, chucherías y revisticas obscenas. Plinio oyó a Remigio protestando, pero de pronto sonó un pepazo y ya no se oyó más a Remigio. Verga que bolas, se dijo Plinio en medio del torbellino que era su mente en ese momento: Perro Muerto quebró a Remigio. Y recordó que Remigio le vendía chucherías a los dos cuando eran chamitos y aún no estaban malditos.
En ese momento sintió un coñazo y una quemazón en el cuello. ¡Coño me dieron!
Sintió clarito como le entraba la bala en el pellejo. Perdió pie y cayó, dándose un coñazo horrible en la rodilla contra el inmundo pavimento. Rodó sobre adoquines y charcos de agua negra. Quedó aturdido, pero quiso incorporarse. Era inútil. El cuerpo ya no quería obedecerle. Se le iba. No sentía las piernas. No sentía nada más debajo de la cintura. Y entonces Plinio vio el sangrero, su propia sangre. Se dejó caer, vencido. Sus oídos captaron el estrepito que hacían sus enemigos cayéndole a plomo limpio al quiosco rojo, donde se metió Enrique-PerroMuerto. Verga, pensó ahora como entre sueños, mataron también a Perro Muerto. Su cuerpo se puso helado. Ladeó la cabeza y apoyó la mejilla en el suelo mojado. Vió los zapatos de Maikel, junto a su cara…
Quiso voltearse y mirar la negrura de la noche. No quería que su última visión en este mundo fueran las patas de Maikel. Sabía que ya estaba muerto, que no tenía salvación. Maikel lo estaba mirando como un mismo diablo lleno de odio. Le estaba apuntando. Vio el hoyo de su pistola, que le apuntó como indeciso primero a la cara y luego al pecho.
Plinio sintió el primer pepazo: una explosión horrible que hizo volar en pedazos su corazón. Luego ya no sintió los otros dos coñazos.
Maikel le metió otro en la cara.
- ¡Ya está muelto, marico! – gritó Luis su cómplice, detrás de él: - ¡Pa qué vas a gastá más bala! ¡Corre!
- ¿Y PerroMuerto? – preguntó.
- ¡Ta muelto mamaguevo! ¡Juye de esta mielda!
Maikel todavía disparó una vez más en la cabeza de Plinio, volviéndola pulpa. Luego echo a correr. El callejón estaba desierto. Luis también corría. Tomaron por una bifurcación, desde la cual una escalera empinaba cerro arriba. Ambos, por acto reflejo, miraron a la vez hacia el ángulo de una casita, donde daba la luz mortecina de un viejo poste, sofocado por millares de cables retorcidos. Y ambos vieron al mismo tiempo al hombre.
Un tipo alto y fornido de cabello plateado, cuya piel del rostro – un rostro hermoso, duro, casi perfecto en la regularidad de sus facciones – parecía absorber la luminosidad de la lámpara y devolver su brillo con sobrenatural intensidad. El hombre les estaba mirando fijamente, sin expresión. Sus ojos eran negros como pozos. Maikel y Luis se fijaron al mismo tiempo que no tenía zapatos. Sus pies enormes estaban desnudos y perfectamente limpios, pese a la inmundicia de su entorno. Más de pronto aquel hombre, aquella visión hermosa y plena se desvaneció en el aire. Había durado lo que un parpadeo, una fracción de segundo. En su desatinada carrera, ambos malandros miraron las caras, con la misma expresión de sorpresa. De miedo.
Siguieron corriendo hasta perderse de vista en la negrura absoluta del callejón. Dejaron atrás los cadáveres de sus odiados rivales, y la horripilante certeza de haber visto un espanto.
II
A mis costados se desparramaba un montón de edificios, todos idénticos en su vejez y en su deterioro; en sus ventanas cubiertas con trapos de colores; en los olores a casa vieja y guisado pobre que dejaban escapar. Era tarde en la noche: la noche siguiente a la muerte de Plinio, y de Enrique- PerroMuerto. También de la muerte del pobre señor Remigio, el viejo que atendía el quiosco rojo.
Vi como manos blancas o morenas emergían de entre los trapos coloridos para cerrar sus ventanas, cuando cayeron las primeras gotas de lluvia.
Observaba la vaina en silencio, perdido en mi contemplación, como quien observa la llama de una vela. En una de las ventanas, vi a una adolescente, una niña casi, de piel muy negra y cabellos grasientos, untados con aceite. Asomó su carita para otear calle de abajo, curiosa, porque había oído voces. Y yo, me puse a curiosear también dentro su mente. Para mi sorpresa, ella conocía a Maikel. Lo vio abajo, en la calle donde él charlaba con sus panas y lo reconoció en el acto. Ella estaba… deleitada. Sentí en mi mente el repunte de su deseo. Que bolas, pensé: a esa tonta le gustaba Maikel. Quiere que Maikel se la coja, y apretarlo bien duro para sentirlo muy adentro…
Pobre niña tonta… Caramba, es muy cierto eso de que todos, absolutamente todos, tenemos nuestro público. ¿Cómo podía gustarle un carajo así? No era más que otra descerebrada, con un ardor juvenil que no se avenía a ninguna razón. Era la misma historia de siempre, con esas chamitas sin seso. Parecían no tener otro destino que salir preñadas a tan corta edad, y luego repetir la gracia una y otra vez, acortando sus sueños y sus ilusiones. Y todo por un trozo de pene erecto, por una calentura, por una mala vaina.
- Mañana te veré llorando porque él estará muerto. - le dije, en un murmullo.
- Eres rudo para decir las verdades. – dijo una voz a mi lado, haciendo que casi me cayera de la cornisa donde estaba acuclillado como una gárgola.
- ¡Mefisto! – le reclamé, en un susurró.
- ¿Te asusté? Eso es lo malo de perderse en los pensamientos, en los odios. – estiró una de sus blancas y delicadas manos (demasiado suaves para ser las de un hombre) y me acarició la mejilla.
En realidad, no solo era su mano: todo en él era así de delicado, de fino, de muy suave. Mefisto era el ejemplo prototipo perfecto de un vampiro del este de Caracas. Un sifrino, un patiquín, hermosísimo, de nariz perfilada, blanco, con una sonrisa roja y plena, largas las pestañas en unos ojos que miraban coquetonamente. Era un ser ambiguo. Y siempre vestía trajes impecables.
A su lado, yo parecía un cavernario, un mendigo.
- Pero tienes un público cautivo.- me dijo, con una sonrisa.
Chasqueé mentalmente la lengua. Seguía pensando en voz alta, y él lo estaba oyendo todo.
- No te preocupes, Ananda. – dijo, sin apartar su mano de uñas largas de mi mejilla: - Sé que yo no te gusto… No es nada nuevo para mí. A ti te gustan los hombres más varoniles, más machitos. Así como tú. Y por eso es que me encantas. Pero tú nunca me has querido parar bolas. Ni ahora, ni antes de tu largo sueño…
Nada respondí a esto. Aparté su mano con suavidad, y cerré mi mente por completo a su visión vampírica.
- Nunca me paraste bola – repitió con una media sonrisa, en absoluto ofendido: - pero sí te enamoraste de aquel chico, José, el que se murió…
- Sí… Yo, estaba enamorado de él.
- Ya no me dejas ver dentro de tu mente, pero yo se que quieres matar a Maikel porque él tuvo que ver con la muerte de José. – lanzó una desdeñosa mirada hacia abajo, hacia donde el malandro seguía hablando con Mono Ramón, uno de sus compinches: - Me alegra que lo vayas a matar. Demasiado había durado ya, el tal Maikel… ¿Supiste que mataron anoche al pobre Remigio?
- Yo estaba en el lugar. Remigio es una víctima más de estos irrecuperables…
- Creo que yo conocía a Remigio desde que era una niño, aquí mismo en san Martin. Nunca vivió en otro lugar. Iba a cumplir setenta años. La noticia me causó tristeza. Dolor. Bueno, al menos su vida fue larga…
Hizo un gesto como si apartara una larga melena de mujer, como para despejar el dolor que ciertamente transfigurar sus facciones por escasos segundos. Me dio un apretón en el pie y se levantó.
- No dejes de matar a Maikel, por favor. Y hazlo también por ese Remigio. ¿Necesitarás ayuda? Quisiera ayudarte.
- No, papá.
Se limpió la suciedad que se había adherido a su costoso pantalón. Antes de despegar, me arropó con su lánguida mirada. No se sentía en modo alguno fastidiado, ni rechazado. Era un hombre admirablemente seguro de sí mismo. Pensé que debía tener al menos dos siglos.
- Tengo más… - respondió con una sonrisa burlona.
Cerró los ojos y al influjo de sus pensamientos comenzó a elevarse.
Creo que todos los vampiros nos entregamos al vuelo con la misma cara de placer, así como de éxtasis casi sensual. Mefisto no se detuvo en su ascenso hasta que lo perdí de vista en la inmensa bóveda nocturna. Era un tipo elegante, no cabía duda.
III
- Allí estas… - dije, apenas en un susurro, cuando volví a verlo.
Y fue como si estas palabras, un murmullo apenas en medio de la noche, fueran una prolongación de mis ganas. Una proyección hecha aliento de mis horribles intenciones.
Sentí un golpe de sed que casi me hace perder la cabeza. Sentí que ya no tendría paciencia para esperar más. Pero me contuve y enfoque nuevamente mi visión sobre él.
Maikel estaba allí, dos noches después de su último crimen. Había salido por fin de su guarida de rata. El no lo sabía, pero había salido para no regresar.
Maikel era un hombre feo. Un chico en realidad, porque era muy joven. No tenía más que veinte años, pero su torva expresión callejera lo envejecía. Se había convertido prematuramente en un ser curtido, desengañado, despiadado. Horrible. Un asesino, dedicada su vida a matar y a drogarse.
Hasta donde mi mente podía leer, era un carajo increíblemente básico: sus sentimientos, sus acciones, todo su ser era primitivo, inmediato, sin profundidad ni educación. No tenía añoranzas, nada. Era incapaz de sentir remordimiento. Sus días eran idénticos: comer, defecar, dormir. Buscar donde meter el pene cuando tenía ganas. Si hubiera sabido de la carajita que lo miraba por la ventana, se la habría cogido sin sentimiento, para luego desecharla de igual forma, preñada o no. Igual habría podido matarla. Porque como muchos de su gremio gozaba matando.
Su piel era muy blanca, como la de un muñeco andino, de mejillas rosadas. Su vestimenta era así como una versión del matón del norte: franelas de colores chillones, pantalones holgados y absurdas joyas falsas de corriente rapera. No era más que un naco que seguía y exacerbaba esa moda atroz, llevándola al extremo. Su cabello era una masa de tiesas y retorcidas trenzas que mezclaba con cintas y cuentas de colores. Se teñía el bigotito de amarillo, casi blanco. El efecto general era espantoso.
Lo contemplé, y sentí odio por él, por todo su aspecto, pero sobre todo por su maldad. El sentimiento de odio, en todos los seres que son como yo, siempre está mezclado con un extraño pujo de ansias sensual, casi exacerbante. Yo quería matar a Maikel, pero también amarlo mientras lo hacía mío. Me gustaría poseerlo mientras bebiera de él. Quería sentirlo a plenitud, amarlo mientras agonizaba entre mis brazos, entre mis dientes…
Cerré los ojos, estremecido por el deseo. Mi pene comenzaba a congestionarse en una poderosa erección. Apreté el bulto del pantalón entre mis dedos. Cerré los ojos. Sentí la brisa de la noche. Mis poderes telepáticos se encendieron como un faro en una noche sin nubes…
Ahora veía a Maikel de frente, a través de los ojos de Mono Ramón, el sujeto con el que estaba conversando. Vi de frente los ojos de Maikel. Eran azules. La mirada fría de un asesino. No estaba pensando en el hombre que asesinó. No tenía ni una sombra de remordimiento. Él estaba pensando en mí, y sentía temor…
Me puse a escucharlo:
- … marico, me estaba mirando fijo el carajo, - decía: - verga y cagao y todo como yo andaba, de pana que me provocó cojéemelo al coñoemadre, no sé de pana guewón, así pata en el suelo y todo como estaba, sentí miedo pero también molbo, y también ganas de matalo pa que no me eche paja con nadien. Si lo vuelvo a ve a ese mardito me lo cojo y me lo quiebro nojoda…
Enarqué las cejas. Le estaba echando el cuento de que me había visto a la luz de un poste de luz eléctrica. Mono Ramón reía de la vaina:
- Verga guebón ¿te lo quieres cogé así boleta? – dijo: - ¡Yo sabía que tú eras rolo e marico jajaja!
- Nojoda debe se que tú no coges marico, guebón. Yo soy un varón serio, pero tú sabes como es. Yo se que tú en cana lo que hacías era cogé maricos. Bueno yo también. Yo un culo no lo pelo convive, mira como se me está parando ese guevo nada mas recordá la vaina…
Se agarraba el paquete, mostrando el enorme contorno de su pene. Gesticulaba en forma horrible. Entorné los ojos, sintiendo efervecer mi deseo. Era un ser asqueroso. Un proscrito de la sociedad. Una mierda. El otro reía, sin dejar de observarle el guevo a hurtadillas.
En forma silenciosa, di un paso al vacio y me alejé de la orilla del techo desde donde los acechaba. Muy por encima de su cabeza, me llegué hasta la cornisa del edifico contiguo. Cuando me dejaba llevar así por el poder de la ingravidez, sentía al aire mismo como un líquido elemento lo suficientemente denso para soportar mi peso. Así fue como pude llegar al otro lado, sin que se percibiera el menor ruido de mis pies al posarse sobre el friso desconchado. Me agazapé en la sombra, como una gárgola cruzada de venas, en la que había llegado a ser mi pose habitual. Sobre mi cabeza pasaban nubes negras impulsadas por un aire levantisco que anunciaban tormenta.
Me moría de sed, pero mis facultades estaban al máximo de su plenitud. No tuve necesidad de observar a mí alrededor. Sabía que nadie me había visto. Lo podía sentir.
III
Maikel por fin se despidió. Comenzó a caminar a paso rápido. Buscaba un sitio donde refugiarse, pues la garúa que caía en un principio se esfumó de pronto bajo una llovizna pertinaz.
El aspecto lamentable y sórdido de la calle se acentuó todavía más. Las luces de los escasos faros parecieron titilar al impulso del caprichoso ulular del viento. Todo el entorno se volvió triste; más aún, se tornó siniestro. Un par de perros famélicos que hurgaban en un basurero alzaron sus cabezas sucias. Yo los observé con una compasión que no podía sentir por Maikel. Los perros eran mejores que los humanos. Eran, claro está, mejores que los vampiros. Alguna vez jugué con la idea de tener un perro eterno. Sé que sí, yo tuve ese deseo. Pero nunca le echaría esta vaina a un pobre animal.
Estaba divagando. Me incorporé y comencé a caminar por la cornisa, en la misma dirección que llevaba Maikel. La soledad del entorno era una cosa viva, casi opresiva.
El malandro, definitivamente imprudente, tiró la colilla mojada de su cigarro y se sumergió en la boca de lobo de una oscura transversal. Era la ruta más corta para llegar a su casa, o mejor dicho, su pocilga, porque la cueva hedionda donde vivía no era más salubre que la basura que desparramaban aquellos perros. El propio nido de un drogadicto. El tenía que atravesar varias calles y subir hasta la mitad del cerro para llegar hasta allá. Recordé que a la entrada de su barrio siempre había un grupito de malandros a esas horas. . Decidí que lo atajaría antes de que pudiera llegar hasta ellos. No quería que nadie me estorbara en mi propósito de muerte.
Avancé cortando gotas de lluvia. Me separé de la superficie carrasposa. Y crucé los brazos sobre mi pecho desnudo para protegerme del frio. No llevaba camisa ni franela debajo de la chaqueta larga y negra que había robado semanas atrás. Los bordes de mis jeans estaban muy raidos. Los había comprado, como cualquier mortal, muchos pero muchos años atrás. Mi fisonomía era la de un desposeído. No podía recordar la última vez que vestí con la coquetería de cualquier persona. La indiferencia hacia mi aspecto era tan inmutable como mi propia piel a través de las décadas. Yo era un muerto. No tenía que pensar en esas cosas. No quería. Ya estaba harto.
Me adelanté en la noche. Pase de nuevo sobre él, me dejé llevar y bajé justo una cuadra adelante. El asesino se detuvo un instante para amarrar las trenzas de uno de sus zapatos.
–“Ven a mí… - pensé, ya muy metido en mi rol: - “Voy a matarte como tú has matado a otros. Y a José. Pero yo lo voy a disfrutar aún más que tú.”
No bien había terminado de formular este pensamiento, sentí algo. Miré hacia el otro lado, alerta, justo cuando mis pies entraban en contacto con un charco de agua helada. La sensación fría, lejos de molestarme, me transmitió un repunte de energía. Alguien más había entrado en el campo visual de mi mente.
“- Soy el chino. – pensó el recién llegado, cuando le hice creer que él mismo se había formulado la pregunta en su mente. Y siguió luego pensando, casi molesto consigo mismo:
“- Bien bueno pué. Ahora y que hablando solo. Esa piedra lo que estaba era buena ¿oyó?.
Se echó a reír silenciosamente. Estaba drogado hasta las patas, habría dicho Maricarmen.
Indagué en su interior, sin perder de vista a Maikel, que se acercaba por el otro lado. Ambos estaban hasta el culo. Aquel detalle no me podía sorprender a nadie: raro hubiera sido que cualquiera de los dos estuviera sobrio. Era algo muy común en el horrible inframundo que habitaban.
Esa era también la causa por la cual cometían sus crímenes con tanto ensañamiento.
El Chino no era mejor persona que Maikel. Era más hermoso, eso sí, un hombre perfilado y fornido, de brazos gruesos y pelo rapado. Pero lo que tenía de bello lo tenía de desalmado. Era un azote de la zona. Me alegró toparme con él. Tenía tanta sed… nunca podría haberme conformado con la piltrafa flaca de Maikel. Mataría, pues, a ese también. Pasé la lengua por mis labios, húmedos por las gotas gordas. Pero no tragué el agua. No podía. No quería. Mi sed era otra, muy distinta. Toqué con mi lengua mis colmillos afilados, tan duros en mi boca. Me hice un pequeño corte en la lengua y me estremecí, anticipando el sensual placer de alimentarme. Mi pene se estremeció como por impulso del placer sexual, y creí que me iba a dar otra erección. Tenía tanta hambre de sangre, de justicia mal entendida, tanta gula de rencor infinito. Quería satisfacerme hasta la saciedad. Siempre era así. Es el hambre del vampiro.
Me volví todo sentidos. Una antena sensorial que emanaba ondas y las recibía. Otros vampiros me sintieron, allá en los cerros, hacia el centro, y más allá de Chacaíto. Sentí su excitación. Oí en mi mente como más de uno murmuraba mi nombre. Era una cacofonía sensual, que hermanaba por instantes a todos los vampiros de Caracas. Mefisto se sonrió, en algún sitio en lla distancia.
El chino sintió un repunte de intima alarma. Acababa de ver a los lejos a Maikel. Estaban separados por unas decenas de metros. Eran enemigos naturales. Maikel aún no lo había visto aún. Todos mis músculos se tensaron. Un perro ladró a lo lejos. Había llegado el momento.
Me desplacé a la velocidad del pensamiento. Maikel empezó a murmurar algo pero yo estaba a su lado. Lo agarré fuertemente por la nuca y lo hice hacia atrás, tapando su boca con mi mano velluda. Lo inmovilicé y arrastré hasta la sombra de una callejuela cercana. Nos metimos detrás de unos viejísimos contenedores repletos de basura, de cucarachas movedizas. Unas ratas salieron despavoridas, tratando de huir. Una fue alcanzada por las patadas desesperadas de Maikel y murió en el acto. Observé un instante el cuerpo sin vida del pobre animalito.
- ¿Viste lo que hiciste? – murmuré en el oído de Maikel pegando mi nariz a su cabeza, llenándome con la mezcla de todos sus aromas, de su terror. Pasé la lengua por el interior de su oreja masculina. No lo podía ver por la oscuridad, pero sabía que sus ojos estaban casi brotados por el pánico: - Mataste otra vez. Mataste a una rata. Hasta en el momento de morir vuelves a matar. Pero esa rata es tu última víctima…
Una lluvia maldiciones brotó de su mente, saturándome. Aquella criatura vulgar, aquel chico primario, supo por instinto que yo podía oír sus pensamientos. Eso me sorprendió, pero no mucho. Ya antes había visto fenómenos parecidos a aquel, en personas a punto de morir. Era como si recuperasen su ser elemental. Volvían a ser, por decirlo de alguna manera, como los ángeles, como los espíritus. Comprendían que no solo eran grosera carne, sino mucho más. Pero lo comprendían tarde, muy tarde, transportados por su miedo.
Pero pasó algo más, un añadido a todo lo que sucedía en ese momento extremo: ambos, Maikel y yo, victima y victimario, pudimos ver en nuestra conexión la luz de alarma que se encendía en la mente drogada del chino, el cual unos metros más allá arrugaba los ojos tratando de otear en la oscuridad. Y ambos sentimos, gracias a la conexión de mi poder, como al chino se le ponían los pelos de punta ante el rumor de nuestro forcejeo, y como agarraba la cacha de la pistola que llevaba escondida detrás su cinturón, apuntando por debajo del pantalón hacia sus bolas arrugadas.
Maikel quiso entonces hacer algo absurdo, desesperado: quiso pedirle ayuda.
“-¡No seas estúpido! - murmuré en su oído, y mi voz volvió a tener ese dejo de sensual suficiencia: - El Chino nunca va a ayudarte. Tu muerte le deja libre toda la zona para traficar droga. Si yo se lo pidiera, él me ayudaría a matarte ahora mismo, para librarse de ti”.
No le di tiempo a responder nada. La sed hacía estragos en mi organismo. Desgarré el cuello de su franela absurda. Maikel estaba echado de espalda sobre mi torso, con todo el peso de su cuerpo sobre el mío, debatiéndose como un demente. Lo palpaba, lo sentía. Tenía un cuerpo delgado, fibroso. Olía a sudor, a axila húmeda, su pene olía a orine, todo él a vitalidad. Eso me excitó aún más. Posicionándolo, acerqué mis labios a su cuello con deliberada lentitud. Cerré mi boca sobre su garganta y hundí profunda y deliciosamente mis colmillos en su carne mojada. Se oyó un chasquido sabroso, gorgoteante. Saboreé el momento de penetrarlo al máximo, y luego succione con todas mis fuerzas. Casi me desmayo de placer cuando sentí entrar el chorro de sangre que me lleno la boca e infló mis cachetes. Sangre viva, incontenible, caliente. Pegué aún más mis labios a la herida, moviéndolos como ventosas, como si fuera un beso de boca a boca, un latazo lleno de deleite, pero en su cuello, adherido como una enorme sanguijuela. O mejor dicho como lo que soy: un vampiro.
Maikel, vencido, comenzó a perder fuerzas. Cerré mi mente a todo lo que proyectaba la suya, no por respeto a su muerte – se lo hice saber – sino porque me aburrían sus remembranzas, su estúpida despedida de este mundo. No quise saber nada más de su miseria, ni de su maldad, ni del maltrato que le dio su padre, o su padrastro, no lo sé. No me importaba. No quería verlo como a un ser llevado por las circunstancias de una vida mala. Ya no tenía la oportunidad de redimirse.
- “Tú pudiste estudiar” – le dije aún, machaconamente, haciendo que mi voz resonara en su cerebro cada vez más hueco: - “Tú pudiste hacer otra vaina con tu vida”.
– “Tengo miedooooooo”, - fue la respuesta, que me apartaba, que ignoraba mi sermón.
- “Vete al diablo” contesté, y me dediqué a sorber rítmicamente su sangre, una y otra vez, muchas veces, buscando vaciarlo por completo. Y por fin su mente se apagó como un faro sucio de moscas. Sencillamente, se esfumó. Maikel estaba muerto.
Sin embargo lo agarré más fuerte y le exprimí todavía el cuello, buscando las últimas gotas. Ya no quedaba nada. Ni sangre, ni vida. Lo dejé caer al suelo como un saco de huesos rotos. Me quedé allí, estremecido, mientras llenaba mis pulmones de aire frio y de humedad. Estaba lloviendo. Su cuerpo y el mío estaban empapados.
Así como alucinado, bajé la vista y observé mis pantalones. Vacilé, casi como un hombre mareado, engarrotando mis manos, los dedos de mis pies. Y entonces me eché a reír. Estaba increíblemente excitado, e insatisfecho… Quería más.
Permanecí un rato tranquilizándome, recuperando mi ritmo cardíaco, respirando profundamente, rodeado por el fragor que hacía el agua al caer, y el que producía la sangre de Maikel dentro de mi cuerpo, Yo era un animal nocturno, grande. Puro. Rejuvenecido. Aspirando con delicia los olores que se mezclaban con la lluvia limpia. Sobre mi pecho resbalaba un torrente continuo que limpiaba la sangre.
Abrí los ojos en la oscuridad. El chino…
El hombre ahora caminaba apresuradamente, casi a dos cuadras de distancia. Casi estaba corriendo. Había escuchado sin duda el rumor del asesinato. A propósito, lancé mi risa sobrenatural, más potente que la de los seres humanos, y esta se perdió en ecos espantosos. Llegó hasta él, cagándolo aún más y despertando a muchas personas a nuestro alrededor. Divertido por esta pequeña maldad, aparté el cuerpo desmadejado de Maikel y lo dejé caer en un charco sucio. Me levanté y comencé a caminar, y de súbito eché a correr tras él. Mi chaqueta húmeda se elevó como una capa a punto de ser desgarrada por un viento huracanado. Imprimí aún más velocidad a mis piernas.
IV
El chino ahora corría presa de un pánico tan irracional como la cantidad de droga que corría por su torrente sanguíneo. En su mente llena de piedra, ya no solo era el mero presentimiento de un peligro el que lo hacía correr como un loco: el mismo demonio lo estaba persiguiendo para matarlo.
Trataba él desesperadamente de no caerse y mantener el ritmo de sus pisadas, pero solo lograba ver sus zapatos en una suerte de secuencia que parecía estar muy por encima del suelo. En dos ocasiones perdió el paso y dio rudamente con las rodillas en tierra, rompiendo su pantalón y despellejando su piel. En ambas oportunidades se volvió a levantar como impulsado como por un resorte. Desembocó en la avenida San Martin, cuya vasta perspectiva a esas horas lucía tan sórdida como peligrosa, en agudo contraste con la animación que mostraba durante el día, cuando una cacofonía de gentes que trajinaban en colorido hormigueo la llenaban de vida. De noche por el contrario solía plagarse de seres horribles, de malvivientes infectados por las drogas y el alcohol, agazapados contra las paredes orinadas de los comercios cerrados. Esa noche, sin embargo, debían de estar en otros tramos de la larga avenida, porque no se veía a nadie hasta donde alcanzaba la vista.
El chino comenzó a buscar un taxi, desesperado. Cualquier vehículo, en realidad, que tuviera la mala suerte de pasar por allí. Si el chofer no quería sacarlo de San Martin, lo mataría y robaría el carro, listo. Miraba nerviosamente hacia atrás. Me presentía, me olía con ese inefable instinto que asemeja a los humanos y a otros animales en los momentos de tensión. Y al no poder verme todavía, me agigantaba en su mente. Yo era un peligro sin rostro que se le venía encima. Presa de una angustia convulsa, quería ahora alejarse de allí a como diera lugar.
Cuando finalmente me vio aparecer en la esquina, no pudo contenerse y lanzó un grito de terror.
Sentí que el aire mismo se conmovía por el sobresalto de todos los seres vivos que escucharon aquel grito. Algunos saltaron en sus camas, o pararon en sus raptos amorosos, todos alzaron los cuellos miraron hacia sus ventanas. Cerré mi mente a todos ellos. Pareció que volví a pisar el asfalto cuando aminoré la velocidad. Clavé los ojos en el chino, deleitándome con su terror. Escuché en su mente que se hacia un llamado a la cordura, al valor. Se dijo que él era un macho, que él tenía bolas, que debía enfrentarme. Y una sarta parecida de idioteces. Buscó su pistola en el cinturón. Muy bien, me dije. Con una risa de loco me proyecté sobre él y me le eché encima.
Él me perdió de vista. Apuntó erráticamente y soltó un disparo. Aparecí detrás de él y lancé una risotada nerviosa. Lo empujé, derribándolo con todo mi peso. Al caer, pegó la cara contra el suelo y se rasgó el mentón y la nariz. Olí sus heridas, su sangre. Me puse encima de él, forcejeamos mientras gritaba pidiendo auxilio. Por instinto abrí mi mente: la gente comenzaba a agolparse en las ventanas de los edificios, en las puertas.
Él aun tenía la pistola, pero no podía usarla porque yo aplastaba su mano. Me le senté encima, buscando instintivamente el bulto que hacían sus genitales en el pantalón. Me apoyé completamente sobre su cuerpo de toro caliente y movedizo. Otra detonación pareció estallar literalmente en mi oreja. El arma se había vuelto a disparar. Se oyeron gritos de alarma, de hombres y mujeres. Un hombre dijo a lo lejos: “¡Allá están!” Y otro:”¡Ese carajo lo va a matar!!”, refiriéndose a mí. - “Claro que lo voy a matar, imbécil”, pensé. Una vieja gritó varias veces que llamaran a la policía. Hubo un curioso efervecer de angustia colectiva. Nunca la había sentido, porque yo siempre mataba furtivamente. Hasta esa noche. Por mi culpa la a noche en San Martin se había convertido en un espectáculo de terror.
Pero ya estaba bueno del show. Ese no era mi propósito. Me incorporé de un salto y arrastré por el suelo a este asesino que el azar me había proporcionado como postre. A los vampiros nuestro don especial nos da una fuerza sobrenatural, que ningún ser humano puede igualar. Lo llevé sin dificultad como si fuera enorme y liviano muñeco de trapo, hasta una calleja próxima y oscura. Ninguna ventana de los edificios circundantes daba hacia ella.
Los gritos de muchas personas anunciaban ahora que habíamos desaparecido, que debían buscarnos. Querían salvar al que consideraban el agredido, pero solo porque NO sabían que se trataba del Chino, un asesino. El venezolano es así. Es capaz de cometer en masa las peores atrocidades: yo había visto en los barrios como inmolaban a los violadores, rociándoles con gasolina y prendiéndoles fuego como movedizos muñecos de Judas. Pero su primer impulso siempre era compasivo. Los que ahora salían de sus casas para tratar de ayudar a un desconocido, me pedirían que lo linchara si se enteraban que era un asesino. Pero de momento quien corría peligro de ser linchado era yo mismo. La gente no tardaría en colmar el perímetro.
Con una habilidad que yo presentía vieja como el mundo, me incliné y besé al chino en la cara, en sus mejillas ásperas, en sus labios grandes, sabrosos, gesticulantes. El pugnaba por rechazarme. Su sangre manchó la piel blanca de mi rostro. Me volvió loco. Finalmente, lo tomé del cuello y clavé con furia los dientes en su yugular, desgarrando en mi impulso la piel y los músculos, casi hasta llegar hasta sus vertebras. Quedé deslumbrado por el orgasmo mental y físico que supuso este gesto de posesión. Y también por la visión de toda su maldad, de su naturaleza despiadada, que lleno mi mente. Reaccionó él con aún más violencia, pero todos sus esfuerzos resultaron inútiles. Todavía no conozco ningún elemento vivo que sea más fuerte que un vampiro.
Seguí chupando como un poseso. Abrí mis ojos demoníacos a todo lo que daban, pero solo podía ver en enloquecida secuencia a toda la gente que aquel mounstro había asesinado, en el curso de incontables peleas, robos, secuestros y violaciones. Lo solté y me arqueé hacia atrás, mostrando en pleno mis colmillos ensangrentados. Mi mente giraba en un enloquecido torbellino de imágenes. En su revelación había aun más: familiares, primos, un cuñado, muriendo a tiros o a puñaladas por su ira desmedida de alcohólico o drogado; vecinos y conocidos muriendo en su venganza por motivos pueriles. Casi todo bajo el efecto de la cocaína, de la piedra, de la marihuana…
Todo esto lo vi en el curso de los segundos eternos que duró nuestra comunión.
Me derrumbé hacia atrás, entre sus piernas. Mi cabeza tocó el suelo sucio. Trataba de recuperar el aliento, pero me costaba. Tardé todavía unos segundos en tranquilizarme.
- Coño Chino, - dije incorporándome sobre un codo, mirando su cara agonizante: - tú eras de verdad un coño de madre….
El l solo atinó a emitir un murmullo ronco. Casi poético. Se estaba muriendo. Contemplé el bulto impresionante que hacían su pene y sus testículos en su pantalón. Observé su rostro que se iba apagando, hasta que por fin murió y se convirtió en una máscara sin expresión.
Miré mis manos, la piel de mis brazos. Mi cuerpo había adquirido una tonalidad rojiza extraordinaria. Estaba repleto de sangre.
Me levante y alcé en vilo su cuerpo para arrojarlo contra un contenedor de basura, lo que provocó un estallido de peroles y vidrios rotos. El cadáver cayó y se deslizó hasta quedar en una posición anormal. Me di vuelta. Los vecinos ya estaban allí, increíblemente cerca. Instintivamente, sin pensarlo, hice que mi mente emitiera calor. Sabía cómo hacerlo. Y los mortales sintieron ese calor en las minúsculas gotas de agua que saturaban el aire que los rodeaban, que respiraban. Se echaron hacia atrás, alarmados, con la impresión de haber sido alejados por el aletear de una llama invisible. Hubo un coro de exclamaciones. Aproveché el momento para hacerme invisible a sus ojos: pasé entre ellos sin que pudieran apenas percibirme. Quizás sí el soplido que producía mi cuerpo al moverse, o acaso un ángulo de mi rostro que apareció bajo un hilo de luz para luego inmediatamente desaparecer, o tal vez la blancura de mis pies que de pronto ya no estaban donde creyeron verlos. El ojo humano no es capaz de seguir la velocidad que los vampiros podemos imprimir a nuestros movimientos. Y eché a correr, llevado por un impulso de mi propio goce de sentirme tan vivo a pesar de estar muerto. Tan inalcanzable. Me alejé como una exhalación, dejando atrás su asombro, su estúpido frenesí.
Todo cambió en cuestión de segundos a mí alrededor. Corrí aún más rápido, hasta que mi cuerpo ansió el cielo y se elevó insonoro a través de la noche, muy por encima de aquel colosal pesebre iluminado...
Mefisto alzó su rostro regular y muy hermoso. Cerró los ojos, sintiendo como arriba, en el cielo negro y tachonado de estrellas, se aproximaba algo a gran velocidad. Desde su boca bajaba un reguero de sangre, que goteaba sobre el cuerpo desfallecido del Mono Ramón, a quien se estaba bebiendo desde hacía rato, bajo los siniestros arcos de uno de los edificios del Silencio.
La presencia poderosa pasó por encima a una velocidad pasmosa, y siguió luego de largo hacia el luminoso cielo este de la gran ciudad.
- Ah, ese es Ananda… - murmuró Mefisto con su elegante sonrisa. Y luego, dirigiéndose al Mono Ramón: - ¿Sabes, lindura? Tú amiguito Maikel ya está bien muerto, querido. Y ahora te toca a ti.
Y volvió a hundir los colmillos en el cuello del malandro.
Félix Pravskaia