jueves, 10 de noviembre de 2011

La mordida de Romano

- Mi papá me regañaba porque se me salían muchas mariconerías cuando estaba pequeño. – me dijo: - Y una vez, hasta dijo que me pagaría una puta si era necesario, porque debía aprender a comportarme como un hombrecito… Pero nunca lo hizo.

Esto me lo decía Romano,  con una sonrisa divertida. Yo lo miraba sorprendido, recordando cuanto me había dolido pasar por la misma situación.

- ¿Pero eso no te ponía de mal humor? –  pregunté.

- ¡Ay, no chico! - contestó, encogiéndose de hombros: - Yo nunca le pare bola  a mi papá.



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Recuerdo esa  escena de la película Entrevista con el Vampiro, cuando Brat Pit  sufre   convulsiones porque Lestat  le esta  inoculando su propia sangre, para darle  una  “nueva vida”. 

Creo que eso  mismo fue lo que ocurrió en mi  mente al escuchar las sencillas  confesiones que me hacía aquel chamo tan lindo, a quien conocí en el baño público de un  centro comercial de Caracas.  Claro,  yo no me me estaba revolcando en el piso con la cara desencajada: yo solo me quedé  muy quieto, observando y oyendo a aquel chico  que estaba cambiando el sentido de mi vida,  sin tener la más mínima idea de ello.  


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Para aquella época, yo caminaba muchísimo por todas partes.

Me  paseaba como un depredador,  pues para entonces ya era yo un vampiro-gay muy joven  y también muy inexperto, pero   seguro de mi  poder de captación. Lo hacía por instinto. Yo buscaba hombres. Nadie  tuvo que transformarme en gay, yo había nacido así, pero no lo llevaba con orgullo sino con mucho sentimiento de culpa.  TODA la vida me habían  dicho que ser maricón es  malo. Toda la vida había visto y oído  burlas y odio hacia los gays.   Y yo mismo había sido muy maltratado por ser “maricón” en el liceo, hasta el punto que tuve que cambiarme de ciudad. La experiencia, muy ruda,  me hizo más varonil, pero yo seguía siendo un gay que trataba de encontrarse a sí mismo. Y siempre estaba  en una instintiva búsqueda. Aunque mi mente estaba oscura por dentro, yo  jamás me había  sentado a esperar.

Un día cualquiera,  disfrazado de  profesor de inglés, estaba dando clase  a dos alumnos en la feria de ese centro comercial. En un momento determinado y según mi costumbre, ordené a mis  alumnos que realizaran sendos ejercicios escritos, lo que me daba tiempo de ir al baño a ver cómo andaba  el movimiento gay, el chanceo.  Esa mañana la movida había estado bastante floja,  porque  hasta ese hora lo que había ido era puro bicho feo.

Me dirigí pues  al baño, y   me transformé  de  profesor,  a aprendiz de vampiro gay, justo en el instante  antes de cruzar la  puerta del sanitario.

Mis ojos escanearon de lado a lado la amplia habitación. Sufrí un desencanto: estaba vacía. O casi vacía,  porque de pronto  sentí la presencia de alguien que estaba encerrado en uno de los cubículos, y en ese mismo momento se empezó a abrir esa puerta… y  tuvo lugar el  encuentro. Ante mí apareció un adolescente menudo, pálido como una niña, muy bello, rectos como púas los cabellos negrísimos peinados en punta, y debía tener unos  18 años. Su mirada de cazador era idéntica a la mía, y se cruzaron. Hubo  un chispazo de identificación, y una inmediata empatía.

Poco después, me decía  que se llamaba Romano…


3

Ese fue el comienzo de una especie de juego previo para un acto sexual que nunca realizamos.  Hubo,  eso sí,   importantes detalles: él me dio mi primer gran beso gay, por ejemplo. En la extraña complicidad que nos mantuvo cercanos en  los días siguientes, jamás se planteó entre los dos otra cosa que no fuera un juego erótico. Pero  lo que yo jamás me imaginé   fue el efecto que tendría  su conversación en mí. Aquel  parloteo tan suyo, que logró prender una lucecita en el interior de mi mente. 




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Romano hablaba. Y mucho, abundantemente, relatando todo acerca de su vida íntima,  con una gestualidad  entre infantil, machito y afeminado. Con su voz aflautada  - se le iban los gallos - pintaba  en mi mente poquito a poco  una realidad que era la suya, pero que yo no sentía ajena a mi vida:

- Cuando yo quiero, - me decía: -  llamo por celular a cualquiera de mis panas y nos ponemos de acuerdo para tirar. A tal hora y en tal lugar. Y casi siempre lo hacemos en mi cuarto, mientras que mis padres están en la sala viendo televisión.

- ¿En tu cuarto…?

- ¡Claro! Cuando llegan a mi casa, nos vamos derechito a mi cuarto, y listo. Me cogen. En mi casa nadie sospecha nada.

“Tiene sexo con otro hombre…” - me decía esa lucecita en  mi mente: -  “Y fíjate: él lo asume tan bien.”

- Un día, un chamo que me llamó para tirar, pero  llegó demasiado temprano a mi casa, y como yo no quería  en ese momento,  tuvo que aguantarse. Y se pasó toda la tarde con el guevo parao.  Cuando por fin le dije que me cogiera, ¡él ya no pudo hacerme nada!

Me quedé mirando a Romano,  parpadeando…


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- Yo tengo una rutina que hago  siempre. – me dijo Romano otro día: - Primero, yo le mamo el guevo un buen rato  al chico con quien voy a tirar, y después que se lo mamo bien,  dejo que me cojan. La saliva es muy buen lubricante. ¡Es tan rico que me cojan!

Y luego, al día siguiente, con la misma tranquilidad:

- Yo tengo un novio,  pero él está casado.  Y es mucho mayor que yo. Estoy loco por él. Lo amo muchísimo. La esposa ya se sospecha algo, pero todavía no le ha dicho nada. Pero la mamá de la esposa cada vez que me ve me tuerce los ojos, y la otra vez me dijo marico, pero en voz baja.  Ella creía que yo no la estaba escuchando.

-  Verga ¿y tú qué hiciste?

- Nada. – contestó riéndose: - Esa vieja  es una  ladilla.

“Él no se reprocha a sí mismo por ser marico. – me dijo mi voz interior: - Es la vieja quien es una "ladilla". No su propia condición sexual…”


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- ¿Y tu  novio qué dice? – le pregunté: - ¿Qué hace? ¿No es muy complicada esa situación, con la mujer y la mamá sospechando?

- ¡Ay, él no le hace caso a nada! – dijo con la misma tranquilidad: - Él sigue conmigo porque nos queremos mucho. Y a mí me encanta como me coge. Me lo clava riquísimo.  Siempre que podemos nos escapamos.  La otra vez nos metimos en un hotel y tiramos  sobre la mesita de noche.

- ¿Y no había una cama ??

- Siiiii, pero nos emocionamos y  terminamos tirando  sobre la  mesita, y la partimos. ¡Qué vergüenza! Después no hallábamos como disimular la vaina. Que  horrible.


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En otra ocasión, me dijo:

- Nos metimos a media noche en un callejón oscuro que vimos en la avenida principal de las Mercedes, y allí lo hicimos parados. Me cogió de  pie.

Y en otra:

- Fuimos a un hotel gay y me cogió  en una hamaca que es especial para eso.

- Ustedes sí que inventan vainas, Romano.

- ¡Ay es que el sexo es muy rico!

“Hombre con hombre. El se asume como gay. Se quiere. Se acepta… ¿Y por qué no habría de hacerlo?” – continuaba  diciendo la lucecita dentro de mi cabeza.


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Y así iban pasando uno, dos, tres días. Romano iba al centro comercial solo para vernos después de mis clases de inglés.

- Nadie es fiel. – se lamentó un día: -  La fidelidad es algo a lo que nadie hace caso. No conozco a nadie que sea fiel, y que respete a su pareja, a su novio, a su amante. ¡Y en este mundo de los gays, menos aún!

- ¿Y eso te molesta? – pregunté yo, casi que convertido en psiquiatra.

- ¡Claro que sí! A mí me gustaría que todos fuéramos fieles. Así todo sería mejor.

Me quedé callado. Quise decirle que él también era infiel. Que cazaba todos los días. Que me había besado en la boca aunque tenía un novio al que amaba mucho. O decía amar. Pero no dije nada. No se lo reproché. Mi lucecita tampoco dijo nada, pero seguía allí, siempre encendida…


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Al día siguiente de esta conversación, Romano se superó a sí mismo:

- Mi culo es muy tragón.  – dijo orgullosamente, haciéndome derramar el café: - Si. Yo soy un experto. En mi culo cabe de todo, de cualquier tamaño,  porque he practicado mucho.

- ¿Con tu novio?

- No… con un pepino.

Creí que era un sarcasmo, pero no. Se echó a reír al ver la cara que puse. Sus ojos claros rutilaban con más fiereza gay que nunca, y su sonrisa dejaba ver claramente sus colmillos largos, aunque menudos:

- ¡Te estoy diciendo la verdad chico! Yo  practico mucho con los pepinos. Los uso para dilatar mi culo, para acostumbrarlo.  Los saco de la nevera de mi casa y, como se ponen muy fríos  los pongo debajo de mi almohada hasta que se ponen tibios. Y luego me los meto. Ahora puedo meterme cualquier guevo…


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Esa insólita confesión fue, inesperadamente, la última.

Al día siguiente – un viernes – ya no fue  al centro comercial, ni tampoco la siguiente semana.

Yo lo esperé en vano.

Me deprimí un poco  por su inesperada  ausencia. Por más que yo sabía que no era una relación adecuada para mí, me había acostumbrado muchísimo a su presencia, a sus gestos, a sus gallos… y a su forma inocente de decir cualquier barbaridad, con esa sonrisa tan bella y su gran sencillez.

Con el correr de los días, la forzada meditación solitaria que me impuso su abandono me llevó a comprender por qué  Romano me había subyugado de tal manera: él era el primer homosexual que yo había conocido con la capacidad de hablar abierta y francamente acerca de su sexualidad, sin  tapujos, sin prejuicios… y sobre todo, sin  culpa alguna, ese horrendo sentimiento que me había inoculado la estúpida sociedad de mi generación.  .

De mil formas distintas me habían inculcado que era un pecado ser gay.

Romano, sin saberlo, me hizo comprender que yo podía vivir tan libre de culpa como él. Asumirme con la misma simplicidad que él,  sin rollos, sin necios trasfondos, sin que me jodiera lo que mi  familia esperaba de mí, o mis amigos heteros, ni el mundo  en general. Todos ellos no eran más que el  público – y nada más que eso – en mi  escenario personal.

El segundo beso que me dio Romano antes de desaparecer, lo recibí ya sin la culpa del primero, ni la de otros anteriores a él. Fue mi  primer gran beso gay. Y su  conversación fue para mí como una mordida bienhechora, y desde entonces supe como desplegar mis propias alas,  y como volar en libertad, por encima de los edificios de esta terrible Caracas, de sus prejuicios. Una ciudad donde ya nada ocurre a puertas cerradas.

Ahora disfruto mucho del hecho de ser homosexual, en beneficio propio y también de la pareja  que el destino me daría  tiempo después.

Dios, que también nos ama, tiene extrañas maneras de hacer las cosas.


11

Varios años después volví  a toparme con Romano, en la misma Caracas,  en Chacaíto,  y nos saludamos con mucho afecto. Intercambiamos números telefónicos y luego cada uno siguió su camino.

Esa misma tarde, me llegó un mensaje de texto de su parte que me causó muchísima gracia, porque era la prueba misma de que él seguía siempre fiel a sí mismo:

- Hola amiguito!  – decía el mensaje: -  Espero que nos veamos muy pronto para mamártelo y para que me cojas. ¡Chao!

1 comentario:

  1. Me enknta como escribes... ese drama tipo vampiresco q se une con la realidad es increible... me gusta mucho tu blog espero q sigas escribiendo.... Saludos!

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