I.
Estando en medio del tráfico – típico y odiado tráfico de Caracas - dudaba mucho en responder al mensaje de texto que acababa de recibir de Cagua, a casi un centenar de kilómetros de distancia:
- “¿Hay algo que quieras decirme?” – insistía el mensajito.
Yo no quería responder. Sujetaba el volante con una mano y dejaba descansar el otro brazo en el marco de la ventana. Se me había olvidado lo del tráfico.
- “Sabes que puedes decirme cualquier cosa” – volvió a decir Alicia, a través de la ventanita luminosa del celular: - Siempre te querré mucho, porque para mí eres una persona muy especial”.
- Si, especial: un tarado. – pensé: - Y un cobarde también.
Me sentía tan nervioso. Nunca había dado un paso semejante, al menos no de esa manera. Sabía sin embargo que acababa de llegar a una encrucijada, y que debía decidirme por el camino correcto.
- “Puedes decirme lo que sea. – anunció el pitido de mi teléfono celular: - ¿Es que acaso tienes a alguien? ¿Estas enamorado de otra?”
De otra… que bolas…
Estando en medio del tráfico – típico y odiado tráfico de Caracas - dudaba mucho en responder al mensaje de texto que acababa de recibir de Cagua, a casi un centenar de kilómetros de distancia:
- “¿Hay algo que quieras decirme?” – insistía el mensajito.
Yo no quería responder. Sujetaba el volante con una mano y dejaba descansar el otro brazo en el marco de la ventana. Se me había olvidado lo del tráfico.
- “Sabes que puedes decirme cualquier cosa” – volvió a decir Alicia, a través de la ventanita luminosa del celular: - Siempre te querré mucho, porque para mí eres una persona muy especial”.
- Si, especial: un tarado. – pensé: - Y un cobarde también.
Me sentía tan nervioso. Nunca había dado un paso semejante, al menos no de esa manera. Sabía sin embargo que acababa de llegar a una encrucijada, y que debía decidirme por el camino correcto.
- “Puedes decirme lo que sea. – anunció el pitido de mi teléfono celular: - ¿Es que acaso tienes a alguien? ¿Estas enamorado de otra?”
De otra… que bolas…
Dejé correr mis dedos sobre las teclas. El tráfico estaba completamente detenido, y una sinfonía de cornetas hacía un marco sonoro al cuadro de mi angustia.
- Fernando – le escribí a mi novio: - Alicia me está preguntando si tengo a otra mujer… Creo que es el momento de decirle todo.
Dejé el celular sobre el asiento, esperando respuesta.
Con Alicia, mi amiga de Cagua, llevaba varios años de una amistad hasta ese momento incondicional, y casi por completo virtual. Una vez me había visitado a mi casa, dos años después de conocernos por la internet, y una vez le había correspondido yo yendo hasta su pueblo. Pero la mayor parte de nuestras conversaciones y confidencias habían tenido lugar exclusivamente a través de la línea telefónica.
Yo estuve con ella, sin estarlo, cuando falleció su querida abuela.
Ella me acompañó en mi angustia, desde su casa, cuando mi tía materna falleció en mis brazos.
Y más recientemente, cuando la devastadora pérdida de mi perrito – un hijo para mí, quien ame a los animales me entiende - nos sumió a ambos en una dolorosa depresión: ella también lo quería mucho.
La cola avanzó, pero yo ya había perdido interés en seguirla. Detuve el carro junto a una acera y apagué el motor, bajo un árbol frondoso que no alcanzaba a darme cobijo.
También habíamos pelado algunas veces. Por sus celos, señal inequívoca del sentimiento hacia mí que había nacido en ella. En algún momento de nuestra relación Alicia se había enamorado de mí.
- “Solo somos amigos y nada más. – le había dicho yo ya varias veces, cuando me molestaba con sus absurdas quejas, con mal velada sospecha de que mis sentimientos pudieran estar depositados en “otra”: - Conmigo no debes guardar ninguna esperanza, porque siempre te veré como una amiga”.
- Fernando – le escribí a mi novio: - Alicia me está preguntando si tengo a otra mujer… Creo que es el momento de decirle todo.
Dejé el celular sobre el asiento, esperando respuesta.
Con Alicia, mi amiga de Cagua, llevaba varios años de una amistad hasta ese momento incondicional, y casi por completo virtual. Una vez me había visitado a mi casa, dos años después de conocernos por la internet, y una vez le había correspondido yo yendo hasta su pueblo. Pero la mayor parte de nuestras conversaciones y confidencias habían tenido lugar exclusivamente a través de la línea telefónica.
Yo estuve con ella, sin estarlo, cuando falleció su querida abuela.
Ella me acompañó en mi angustia, desde su casa, cuando mi tía materna falleció en mis brazos.
Y más recientemente, cuando la devastadora pérdida de mi perrito – un hijo para mí, quien ame a los animales me entiende - nos sumió a ambos en una dolorosa depresión: ella también lo quería mucho.
La cola avanzó, pero yo ya había perdido interés en seguirla. Detuve el carro junto a una acera y apagué el motor, bajo un árbol frondoso que no alcanzaba a darme cobijo.
También habíamos pelado algunas veces. Por sus celos, señal inequívoca del sentimiento hacia mí que había nacido en ella. En algún momento de nuestra relación Alicia se había enamorado de mí.
- “Solo somos amigos y nada más. – le había dicho yo ya varias veces, cuando me molestaba con sus absurdas quejas, con mal velada sospecha de que mis sentimientos pudieran estar depositados en “otra”: - Conmigo no debes guardar ninguna esperanza, porque siempre te veré como una amiga”.
- “¿Es que acaso no te gustan las mujeres? – me preguntó de golpe, estando yo todavía aparcado debajo del árbol frondoso.
Me quedé mirando como se extinguía la luz azul de mi pantallita.
¿Por qué se demoraba tanto Fernando en responder? En vano esperaba yo su respuesta, aunque en el fondo ya sabía lo que me iba a responder: “Es tu decisión”. El no quería ejercer presión alguna en ese tema, y tampoco me servía de apoyo.
Estaba, pues, solo. Se trataba exclusivamente de mi decisión.
Escribí lentamente en el celular, casi aguantando la respiración:
- “Aunque me he comportado todos estos años como un hombre bisexual, la verdad es que yo soy gay. Fernando es mi pareja desde hace cinco meses. Lamento no habértelo dicho antes…
II
Alicia tardó mucho en responder.
Para cuando por fin se decidió, yo había avanzado ya unas cuantas cuadras, en esa avenida y también en mi preocupación.
Su reacción no dejó de mostrarme el verdadero alcance de sus sentimientos:
- “¿Lo amas?” – me preguntó.
Me quedé… tan sorprendido. ¿Eso era lo que le interesaba? Me di cuenta de que mi orientación sexual no era lo más importante, sino mis sentimientos. La sentí tan… sola. ¡Que necios podemos llegar a ser los hombres!
Pero ya no me podía echar hacia atrás. Mucho menos, por una lastima que ella no merecía.
- “Si, yo lo amo”.
Fue a las cinco de la mañana siguiente que volví a saber de ella:
- “¿Ahora qué me hago yo con esto que siento por ti?”- fue su pregunta.
- “¿Lo amas?” – me preguntó.
Me quedé… tan sorprendido. ¿Eso era lo que le interesaba? Me di cuenta de que mi orientación sexual no era lo más importante, sino mis sentimientos. La sentí tan… sola. ¡Que necios podemos llegar a ser los hombres!
Pero ya no me podía echar hacia atrás. Mucho menos, por una lastima que ella no merecía.
- “Si, yo lo amo”.
Fue a las cinco de la mañana siguiente que volví a saber de ella:
- “¿Ahora qué me hago yo con esto que siento por ti?”- fue su pregunta.
Y también su confesión.
Félix Pravskaia.
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