jueves, 24 de noviembre de 2011

Novela Vampírica Venezolana - Primera Ova

I

La persecución ya llevaba cuatro horas y media, pero  sumaban  siete los días que los malandros llevaban  cazando  al Plinio y  a Enrique-PerroMuerto para matarlos. 

Por fin los  habían encajonado  en el lugar que querían,  a la  salida del barrio, un callejón que a juro  tenían que  atravesar  si querían llegar a  la avenida. Por el otro lado era imposible que se escaparan: arriba había un coñazo de gente  armada que los estaba esperando. También abajo.  Estaban jodidos y ellos lo sabían.  
Ya estaba anocheciendo. Johnny se sacó el arma de las bolas y soltó un tiro al aire. Una andanada de disparos le respondió escaleras arriba, por parte de sus cómplices. El tiroteo provocó la alarma entre los habitantes del barrio. Unas viejas gritaron asustadas desde algún sitio trancado. Gente corría  aquí y allá: madres cagadas tapando a sus muchachitos;  zagaletones que nada tenían que ver con ese peo y querían esconderse. Hombres y viejos asustados.  Como tres puertas se cerraron de golpe.  La gente estaba asustada. Los malandros habían tomado la zona para ajustar sus cuentas y matarse entre ellos.

Plinio y Enrique-PerroMuerto  salieron corriendo del rancho donde estaban escondidos. Parecían dos piltrafas  desmadejadas  y sucias. Casi se espalillan escaleras abajo, tratando de llegar a la salida. Estaban agotados y apuntaban para todos lados.  Plinio soltó tres pepazos a la nada.   Se oyó una mentada de madre. Una mujer lanzó un grito horrible. Alguien gritó: mataron a una niña.  Plinio lo oyó pero su mente no lo registró: esa vaina no le importaba. Solo quería salir de allí, huir, perderse. Volvió a disparar,  como un maldito energúmeno.  Le respondieron con mas balas.  Volaron pedazos de friso, de techo, y salieron chispas de las aceras rotas.  Una bala le pasó rozando.  En su carrera el barrio se desvaneció en una secuencia de imágenes borrosas. Miró hacia atrás.  Maikel  corría detrás de él como un mismo demonio. Trató de apuntar, jaló del gatillo. Ya no tenía balas. Buscó desesperado alguna  grieta donde meterse, cualquier hueco. Enrique-PerroMuerto apareció a su lado,  lo rebasó  y  saltó por encima del capó de un carro, pero solo para resbalarse y caer de platanazo en el suelo  como un mismo imbécil.  Empezó a quejarse agarrándose un tobillo. Plinio le  grito corre guebón,  pero no oyó sus propias palabras. Lo dejó atrás, sin querer ayudarlo. Que se joda. Enrique brincó como pudo y empezó a pegar saltos  hacia un kiosco pintado de rojo, donde el viejo Remigio vendía  periódicos, chucherías y revisticas obscenas. Plinio oyó a  Remigio protestando, pero de pronto sonó un pepazo y ya no se oyó más a Remigio. Verga que bolas, se dijo Plinio en medio del torbellino que era su mente en ese momento: Perro Muerto quebró  a Remigio. Y  recordó que Remigio le vendía chucherías a los dos cuando eran chamitos y aún no estaban malditos. 

En ese momento sintió un coñazo y una quemazón en el cuello. ¡Coño me dieron!

 Sintió clarito  como le entraba la  bala en el pellejo. Perdió  pie y cayó, dándose un coñazo horrible en la rodilla contra el inmundo pavimento. Rodó  sobre  adoquines  y charcos de agua negra.  Quedó aturdido, pero quiso incorporarse. Era inútil. El cuerpo ya no quería obedecerle. Se le iba.  No sentía las  piernas. No sentía nada más debajo de la cintura.  Y entonces Plinio vio el  sangrero, su propia sangre.  Se dejó caer, vencido. Sus oídos captaron el estrepito que hacían sus enemigos   cayéndole a plomo limpio  al quiosco rojo,  donde se metió  Enrique-PerroMuerto.  Verga, pensó ahora como entre sueños, mataron también a Perro Muerto.  Su cuerpo se puso helado. Ladeó la cabeza y apoyó  la mejilla en el suelo mojado. Vió los zapatos de Maikel, junto a su cara…

Quiso voltearse y mirar la negrura de la noche. No quería que su última visión en este mundo fueran las patas de Maikel. Sabía que ya estaba muerto, que no tenía salvación.  Maikel lo estaba mirando como un mismo diablo lleno de odio.  Le estaba apuntando.  Vio el hoyo de su pistola, que le apuntó como indeciso primero a  la cara y luego al  pecho.  

Plinio sintió  el primer pepazo: una explosión horrible que  hizo volar en pedazos su corazón.  Luego  ya no sintió los otros dos coñazos.  

Maikel le metió otro  en la cara.

- ¡Ya está muelto, marico! – gritó  Luis su  cómplice, detrás de él: - ¡Pa qué vas a gastá más bala!  ¡Corre!
- ¿Y PerroMuerto? – preguntó. 

- ¡Ta muelto mamaguevo!  ¡Juye de esta mielda! 

Maikel todavía  disparó una vez más en la cabeza de Plinio, volviéndola pulpa.   Luego  echo a correr.  El callejón estaba desierto. Luis también corría.  Tomaron por una  bifurcación, desde la cual  una escalera empinaba cerro arriba. Ambos, por acto reflejo,  miraron a la vez hacia el ángulo de una casita, donde daba la luz mortecina de un viejo poste, sofocado por millares de cables retorcidos. Y ambos  vieron al mismo tiempo al   hombre. 

Un  tipo alto y fornido  de  cabello plateado,  cuya piel del rostro – un rostro hermoso, duro,  casi perfecto en la regularidad de sus  facciones  – parecía absorber la luminosidad de la lámpara y devolver su brillo con sobrenatural intensidad. El hombre les estaba mirando fijamente, sin expresión.  Sus ojos eran negros como pozos. Maikel y Luis se fijaron al mismo tiempo que no tenía  zapatos. Sus pies enormes estaban desnudos y perfectamente limpios, pese a la inmundicia de su entorno. Más de pronto aquel hombre, aquella visión hermosa y plena se desvaneció en el aire. Había  durado lo que un parpadeo,   una fracción de segundo. En su desatinada carrera, ambos malandros miraron las caras, con la misma expresión de sorpresa. De miedo.  

Siguieron corriendo hasta perderse de vista en la negrura absoluta del callejón. Dejaron  atrás  los cadáveres de sus odiados rivales, y la horripilante certeza  de haber visto un espanto.










II

A mis costados se desparramaba un montón de edificios, todos   idénticos en su vejez  y  en su deterioro;  en sus ventanas cubiertas con trapos de colores; en los olores a casa vieja y guisado pobre que dejaban escapar. Era tarde en la noche:   la noche siguiente a la muerte de Plinio, y de Enrique- PerroMuerto. También de la muerte del pobre señor Remigio, el viejo que atendía el quiosco rojo. 

Vi como manos blancas o morenas  emergían   de entre los trapos coloridos  para cerrar sus ventanas,   cuando cayeron  las primeras gotas de lluvia.

Observaba la vaina en silencio, perdido en mi contemplación, como quien observa la llama de una vela. En una de las ventanas,  vi a una  adolescente, una niña casi, de piel muy   negra y cabellos grasientos,  untados con aceite. Asomó su carita para otear  calle de abajo, curiosa, porque había oído voces. Y yo, me puse a curiosear también  dentro su  mente. Para mi sorpresa, ella conocía a Maikel.  Lo vio abajo,  en la calle donde él charlaba con sus panas y lo   reconoció en el acto. Ella estaba… deleitada. Sentí   en mi mente el repunte de su deseo.  Que bolas, pensé: a esa tonta  le gustaba Maikel. Quiere que Maikel se la coja, y apretarlo bien duro para sentirlo muy adentro… 

Pobre niña  tonta… Caramba, es muy cierto eso de que todos, absolutamente todos, tenemos nuestro público.  ¿Cómo podía gustarle un carajo así? No era más que otra descerebrada, con un ardor juvenil que no se avenía a  ninguna razón. Era la misma historia de siempre, con esas chamitas sin seso. Parecían no tener otro destino que salir preñadas  a tan  corta edad, y luego repetir la gracia una y otra vez, acortando sus sueños y sus  ilusiones.  Y todo por un trozo de pene erecto, por una calentura, por una mala vaina.

- Mañana te veré llorando porque él estará muerto. -  le dije, en un murmullo.

- Eres rudo para decir las verdades. – dijo una voz a mi lado,  haciendo que casi me cayera de la cornisa donde estaba acuclillado como una gárgola.  

- ¡Mefisto! – le reclamé, en un susurró.  

- ¿Te asusté? Eso es  lo malo de perderse en los pensamientos, en los odios.  – estiró una de sus blancas y delicadas manos (demasiado suaves para ser las de un hombre) y  me acarició la mejilla.

En realidad, no solo era su mano: todo en él  era así de delicado, de fino,  de muy suave. Mefisto era el ejemplo prototipo perfecto  de un vampiro  del este de Caracas. Un sifrino, un patiquín,  hermosísimo, de  nariz perfilada, blanco, con una sonrisa roja y plena,  largas las pestañas en unos ojos que miraban coquetonamente. Era un ser ambiguo. Y  siempre vestía trajes impecables.

 A su lado, yo parecía un cavernario, un mendigo.

- Pero tienes un público cautivo.- me dijo, con una sonrisa. 

Chasqueé mentalmente la lengua. Seguía pensando en voz alta, y él lo estaba oyendo todo.

- No te preocupes, Ananda. – dijo, sin apartar su mano de uñas largas de mi mejilla: - Sé que yo no te gusto…   No es nada nuevo para mí.   A ti te gustan los hombres más varoniles, más  machitos. Así como tú.  Y por eso es que me encantas.  Pero tú nunca me has querido parar bolas. Ni ahora, ni antes de tu largo sueño…  

Nada respondí a esto. Aparté su mano con suavidad, y cerré mi mente por completo a su visión vampírica. 

- Nunca me paraste bola – repitió con una media sonrisa, en absoluto ofendido: - pero sí te enamoraste de aquel chico, José, el que se murió… 

- Sí… Yo, estaba enamorado de él. 

- Ya no me dejas ver dentro de tu mente, pero yo se que quieres matar a Maikel   porque él tuvo que ver con la muerte  de José.   – lanzó una  desdeñosa mirada hacia abajo, hacia donde el malandro seguía hablando con Mono Ramón, uno de sus compinches: - Me alegra que lo vayas a matar.  Demasiado había durado ya, el tal Maikel…  ¿Supiste que mataron anoche al pobre Remigio?  

- Yo estaba en el lugar. Remigio es una víctima   más de estos irrecuperables…
  
- Creo que yo conocía a Remigio desde que era una niño, aquí mismo en san Martin. Nunca vivió en otro lugar. Iba a cumplir  setenta años. La noticia me causó tristeza.  Dolor. Bueno, al menos su vida fue larga… 

Hizo un gesto como si apartara una larga melena de mujer, como para despejar el dolor que ciertamente transfigurar sus facciones por escasos segundos. Me dio un apretón en el pie y se  levantó. 
- No dejes de matar a  Maikel, por favor. Y hazlo también por ese Remigio. ¿Necesitarás ayuda? Quisiera ayudarte.

- No, papá. 

Se limpió la suciedad que se había adherido a su costoso pantalón. Antes de despegar, me arropó con su lánguida mirada. No se sentía en modo alguno fastidiado, ni rechazado. Era un hombre admirablemente seguro de sí mismo. Pensé que debía tener al menos dos siglos.

- Tengo más… - respondió con una sonrisa burlona. 

Cerró los ojos y al influjo de sus pensamientos comenzó a elevarse.  

Creo que todos los vampiros nos entregamos al vuelo con la misma cara de placer, así como de éxtasis  casi sensual.  Mefisto no  se detuvo en su ascenso hasta que lo perdí de vista en la inmensa bóveda nocturna. Era un tipo elegante, no cabía duda. 



III

- Allí estas…  - dije, apenas en un susurro, cuando volví  a verlo. 

Y fue como si estas palabras,  un  murmullo apenas   en medio de la noche,  fueran una prolongación de mis ganas. Una proyección  hecha aliento de mis horribles   intenciones.

Sentí un golpe de  sed que casi me hace perder la cabeza. Sentí que ya no tendría paciencia para esperar más. Pero me contuve y enfoque nuevamente  mi visión sobre él.

 Maikel estaba allí, dos noches después  de su último  crimen. Había salido por fin de su guarida de rata. El no lo sabía, pero había salido para no regresar.   

Maikel era   un hombre  feo. Un  chico en realidad, porque  era muy joven. No tenía más que veinte años, pero   su torva expresión  callejera  lo  envejecía. Se había convertido prematuramente en un ser curtido, desengañado,  despiadado. Horrible. Un asesino, dedicada su vida  a matar y a drogarse.    

 Hasta donde mi mente podía leer,  era un carajo  increíblemente básico: sus sentimientos,  sus acciones, todo  su ser era primitivo, inmediato, sin profundidad ni  educación. No tenía   añoranzas, nada. Era   incapaz de sentir remordimiento.  Sus días eran idénticos: comer, defecar, dormir.   Buscar donde meter el pene cuando tenía ganas. Si hubiera sabido de la carajita que lo miraba por la ventana, se la habría cogido sin sentimiento, para luego desecharla de igual forma, preñada o no. Igual habría podido matarla. Porque como muchos de su gremio gozaba matando.  

Su piel era muy blanca,  como la de un muñeco andino,  de mejillas rosadas. Su  vestimenta era así como una versión del matón del norte: franelas de colores chillones,  pantalones holgados y absurdas joyas falsas de corriente rapera. No era más que un naco  que seguía y exacerbaba esa  moda atroz, llevándola al extremo. Su cabello era una masa de  tiesas y retorcidas trenzas que mezclaba con cintas y cuentas de colores.  Se teñía el bigotito de amarillo, casi blanco. El efecto general era espantoso.

Lo contemplé,  y sentí   odio por él, por todo su aspecto, pero sobre todo por su maldad.  El sentimiento de odio,  en todos los seres que son como yo,   siempre está  mezclado  con un  extraño pujo de ansias sensual, casi exacerbante.  Yo quería matar a Maikel, pero también amarlo mientras lo hacía mío. Me gustaría poseerlo  mientras bebiera de él. Quería sentirlo  a plenitud, amarlo mientras  agonizaba entre mis brazos,  entre mis  dientes…
 
Cerré los ojos, estremecido por el deseo. Mi pene  comenzaba a congestionarse en una  poderosa erección. Apreté el bulto del  pantalón entre mis dedos. Cerré los ojos. Sentí la brisa de la noche. Mis poderes telepáticos se encendieron como un faro en una noche sin nubes…

Ahora veía a Maikel de frente, a través de los  ojos de Mono Ramón, el   sujeto  con el que estaba  conversando.  Vi de frente los ojos de Maikel. Eran azules. La   mirada fría  de un asesino.  No estaba pensando en el hombre que asesinó.  No tenía ni una sombra de remordimiento. Él estaba pensando en mí,  y sentía temor… 

Me puse a escucharlo: 

- … marico, me estaba mirando fijo el carajo, - decía: - verga y cagao y todo como yo andaba, de pana que  me provocó cojéemelo al coñoemadre, no sé de pana guewón, así pata en el suelo y todo como estaba, sentí miedo  pero también molbo, y también  ganas de matalo pa que no me eche paja con nadien. Si lo vuelvo a ve a   ese mardito me lo cojo y me lo quiebro  nojoda… 

Enarqué las cejas. Le estaba echando el cuento de que me había visto a la luz de un poste de luz eléctrica.  Mono Ramón  reía de la vaina:

- Verga guebón ¿te lo quieres cogé así  boleta? – dijo: -  ¡Yo sabía que tú eras rolo e  marico jajaja!
- Nojoda debe se que tú no coges marico,  guebón.  Yo soy un varón serio, pero tú sabes como es.  Yo se que tú  en cana lo que hacías era cogé  maricos. Bueno yo también. Yo un culo no lo pelo convive,  mira como se me está parando ese guevo nada mas recordá la vaina…

Se agarraba el paquete, mostrando el enorme  contorno de su pene. Gesticulaba en forma horrible. Entorné los ojos, sintiendo efervecer mi deseo. Era un ser asqueroso. Un proscrito de la sociedad. Una mierda. El otro reía, sin dejar de observarle el guevo a hurtadillas.

En  forma silenciosa,  di un paso al vacio y me alejé  de la orilla del techo desde donde los acechaba.  Muy por encima de su cabeza, me llegué hasta la cornisa del edifico contiguo. Cuando  me dejaba  llevar así por el poder de la ingravidez, sentía al aire mismo como  un  líquido elemento  lo  suficientemente denso para  soportar mi peso.  Así fue como pude llegar  al otro lado,  sin que se percibiera el menor ruido de mis pies  al posarse sobre el  friso desconchado.  Me  agazapé en la sombra,  como una gárgola cruzada de venas, en la que había llegado a ser mi pose habitual.   Sobre mi cabeza pasaban nubes negras impulsadas por un aire  levantisco que anunciaban  tormenta. 

Me moría de sed, pero mis facultades estaban al máximo de su plenitud. No tuve necesidad de observar   a mí alrededor. Sabía que nadie me había visto.  Lo podía sentir.

III

Maikel por fin  se despidió.   Comenzó a  caminar a paso rápido.   Buscaba  un sitio donde refugiarse,  pues la garúa que caía  en un principio se esfumó  de pronto bajo  una llovizna pertinaz.

 El aspecto lamentable y sórdido de la calle  se acentuó  todavía   más.  Las luces de los escasos  faros  parecieron titilar al impulso del caprichoso  ulular del viento. Todo el entorno se volvió triste; más aún, se tornó siniestro.  Un par de perros famélicos que hurgaban en un basurero  alzaron sus cabezas sucias.  Yo los observé  con una compasión que no podía  sentir por Maikel.   Los  perros  eran mejores que los humanos.  Eran, claro está, mejores que los vampiros.   Alguna vez jugué con la idea de tener un perro eterno.   Sé que sí, yo tuve ese deseo.  Pero  nunca le echaría esta vaina a un pobre animal.  
 
Estaba divagando. Me incorporé y comencé a caminar por la cornisa, en la misma dirección que llevaba Maikel.   La  soledad del entorno era una cosa viva, casi  opresiva.  

El malandro,   definitivamente  imprudente,  tiró  la colilla mojada de su cigarro y se sumergió  en la boca de lobo de una  oscura transversal. Era la ruta más corta para llegar a su casa,  o mejor dicho,  su  pocilga, porque la cueva  hedionda donde vivía no era más salubre que  la basura que desparramaban  aquellos  perros.  El propio nido de un drogadicto. El  tenía  que atravesar varias calles  y subir hasta  la mitad  del  cerro  para llegar hasta allá. Recordé que a la entrada de su barrio  siempre había un grupito de malandros a esas horas. . Decidí  que lo atajaría antes de que pudiera llegar hasta  ellos.  No quería que nadie me estorbara en mi propósito de muerte.  

Avancé  cortando gotas de lluvia.  Me separé de la superficie carrasposa. Y crucé  los  brazos sobre mi  pecho desnudo para protegerme del frio. No llevaba camisa  ni franela debajo de la   chaqueta larga y negra   que había robado semanas atrás. Los bordes de mis jeans estaban muy raidos.  Los había  comprado, como cualquier mortal, muchos pero muchos   años atrás.   Mi fisonomía era la de un desposeído. No podía recordar  la última vez  que vestí  con la  coquetería de cualquier persona.  La indiferencia hacia  mi aspecto era  tan inmutable como mi propia piel  a través de las décadas. Yo era un muerto. No tenía que  pensar en esas cosas. No quería.  Ya estaba harto.  

Me adelanté en la noche.  Pase de nuevo sobre él, me dejé llevar y bajé  justo  una cuadra adelante. El asesino se detuvo  un instante para amarrar las trenzas de uno de sus zapatos. 

  –“Ven a mí…  -  pensé,   ya muy metido  en mi rol: -  “Voy  a  matarte   como  tú has matado a otros. Y a José. Pero  yo  lo  voy a disfrutar  aún más que tú.” 

No bien había terminado de formular este pensamiento, sentí algo. Miré hacia el otro lado, alerta, justo  cuando mis pies entraban en contacto con un charco de agua  helada.  La sensación fría, lejos de molestarme,  me transmitió un repunte de energía.  Alguien  más había entrado en el campo visual de mi mente.  

“- Soy el chino.  – pensó  el recién llegado,   cuando le hice creer que él mismo se había  formulado la pregunta en su mente. Y  siguió luego pensando,  casi molesto consigo mismo: 

“- Bien bueno pué. Ahora y que hablando  solo. Esa piedra lo que estaba era  buena ¿oyó?. 

Se   echó a reír  silenciosamente. Estaba drogado hasta las patas, habría dicho Maricarmen.  

Indagué en su interior,  sin perder de vista a Maikel,   que se acercaba por el otro lado. Ambos estaban hasta el culo.  Aquel detalle no me podía sorprender  a nadie: raro hubiera sido que cualquiera de los dos estuviera sobrio. Era algo  muy común   en el horrible inframundo que  habitaban.
 
Esa era también  la causa por la cual cometían sus crímenes con tanto ensañamiento.

El Chino no era mejor persona que Maikel.  Era más hermoso, eso sí, un hombre perfilado y  fornido, de brazos gruesos y pelo rapado. Pero lo que tenía de  bello lo tenía de desalmado. Era un azote de  la zona. Me alegró toparme con él. Tenía tanta  sed…  nunca  podría haberme conformado con la piltrafa flaca de  Maikel.  Mataría, pues, a ese también.    Pasé la lengua por mis labios, húmedos por las gotas gordas.  Pero no tragué el agua. No podía. No quería. Mi sed era otra, muy distinta. Toqué  con mi lengua   mis colmillos afilados, tan duros en mi boca. Me hice un pequeño corte en la lengua y me estremecí, anticipando el sensual placer de alimentarme. Mi pene se estremeció como por impulso del placer sexual, y creí que me iba a dar otra  erección. Tenía tanta hambre de sangre,  de  justicia mal entendida, tanta  gula de rencor infinito. Quería satisfacerme hasta la saciedad. Siempre era así.  Es el hambre del vampiro.

Me volví todo sentidos.  Una antena sensorial que emanaba ondas y las recibía. Otros vampiros me sintieron, allá en los cerros, hacia el centro, y más allá de Chacaíto. Sentí su excitación. Oí en mi mente como más de uno  murmuraba mi nombre. Era una  cacofonía sensual, que hermanaba por instantes a todos los vampiros de Caracas.  Mefisto se sonrió,  en algún sitio en lla distancia. 

El chino sintió un repunte de intima alarma. Acababa  de ver a los lejos a Maikel. Estaban  separados  por unas decenas  de metros. Eran enemigos naturales. Maikel aún no lo había visto aún. Todos mis músculos se tensaron.  Un perro ladró a lo lejos.  Había llegado el momento.

Me desplacé a la velocidad del pensamiento. Maikel empezó a murmurar algo pero  yo estaba a su lado.  Lo agarré fuertemente por la nuca y lo hice hacia atrás, tapando su boca con mi mano velluda. Lo inmovilicé y arrastré  hasta la sombra de una   callejuela cercana. Nos metimos detrás de  unos  viejísimos  contenedores repletos de basura, de cucarachas  movedizas. Unas ratas salieron despavoridas, tratando de huir. Una  fue alcanzada por las patadas desesperadas de  Maikel y murió en el acto.  Observé un instante el cuerpo sin vida del pobre animalito.  

- ¿Viste lo que hiciste? – murmuré en el oído de Maikel  pegando mi nariz a su cabeza, llenándome con la mezcla de todos sus aromas,   de su terror. Pasé la lengua por el interior de su oreja masculina. No lo podía ver por la oscuridad, pero sabía que sus ojos estaban casi brotados por el pánico: - Mataste otra vez. Mataste a una rata. Hasta en el momento de morir vuelves a matar. Pero esa  rata   es  tu última víctima…  

Una lluvia maldiciones brotó  de su mente, saturándome.  Aquella criatura vulgar, aquel chico primario, supo por instinto que yo podía oír sus pensamientos.  Eso me sorprendió, pero no mucho. Ya  antes había visto fenómenos parecidos a aquel,   en personas a punto de morir.  Era como si recuperasen su ser elemental. Volvían a ser, por decirlo de alguna manera, como los ángeles, como los espíritus. Comprendían que no solo eran grosera carne, sino mucho más. Pero lo comprendían tarde, muy tarde,  transportados por su miedo.
 
Pero pasó algo más, un añadido a todo lo que sucedía en ese momento extremo: ambos, Maikel y yo, victima y victimario, pudimos ver  en nuestra conexión la luz de alarma que se encendía  en la mente drogada del chino, el cual  unos metros  más allá arrugaba  los ojos tratando de otear en la oscuridad. Y ambos sentimos,   gracias a  la conexión de mi poder,  como al  chino se le ponían los pelos de punta  ante el rumor de nuestro forcejeo, y como agarraba  la cacha de la pistola que llevaba escondida detrás su cinturón, apuntando por debajo del pantalón hacia  sus  bolas arrugadas.

Maikel  quiso  entonces hacer algo absurdo,  desesperado: quiso pedirle ayuda.
“-¡No seas estúpido!  - murmuré en su oído,  y mi voz volvió a tener ese dejo de sensual  suficiencia: - El Chino  nunca va a ayudarte.  Tu muerte le deja libre  toda la zona para traficar droga. Si yo se lo pidiera, él me ayudaría a matarte ahora mismo,  para librarse de ti”.

No le di tiempo a responder nada. La sed hacía estragos en mi organismo. Desgarré el cuello de su franela absurda.  Maikel  estaba echado de espalda sobre mi torso, con todo el peso de su cuerpo sobre el mío, debatiéndose como un demente. Lo palpaba, lo sentía. Tenía un cuerpo delgado, fibroso. Olía a sudor,  a axila húmeda,  su pene olía a orine, todo él a vitalidad. Eso me excitó aún más. Posicionándolo, acerqué mis labios a su cuello con deliberada lentitud.   Cerré  mi boca sobre su  garganta y hundí  profunda y deliciosamente  mis colmillos  en su carne mojada.  Se oyó un chasquido sabroso,  gorgoteante. Saboreé  el momento de penetrarlo  al máximo, y luego  succione con todas mis fuerzas. Casi me desmayo de placer cuando sentí entrar el chorro de sangre que me lleno la boca e infló mis cachetes. Sangre viva,  incontenible, caliente.    Pegué aún más mis  labios a la herida, moviéndolos como ventosas, como si fuera un beso de boca a boca, un latazo lleno de deleite, pero en su cuello, adherido   como una enorme sanguijuela.  O mejor dicho como lo que  soy:  un vampiro. 

 Maikel, vencido, comenzó a  perder fuerzas.  Cerré mi mente a todo lo que proyectaba la suya,  no por respeto a su muerte –  se lo hice saber – sino porque me aburrían  sus remembranzas,  su estúpida despedida de este mundo.  No quise saber nada más de su miseria, ni de su maldad, ni  del maltrato que le dio su padre, o su  padrastro, no lo  sé.  No me importaba. No quería  verlo como a un ser llevado por las circunstancias de una vida mala. Ya no tenía la oportunidad de redimirse.

- “Tú pudiste estudiar”   – le dije aún,  machaconamente, haciendo que mi voz resonara en su cerebro cada vez más hueco: -  “Tú pudiste hacer otra vaina con tu vida”. 

 – “Tengo miedooooooo”, - fue la  respuesta,  que me apartaba, que ignoraba mi sermón.
- “Vete al diablo”  contesté,  y me dediqué a  sorber rítmicamente su sangre, una y otra vez, muchas veces, buscando vaciarlo por completo.  Y por fin su mente se apagó  como un faro sucio de moscas. Sencillamente,  se esfumó.  Maikel estaba muerto.  

Sin embargo  lo agarré más fuerte y le  exprimí  todavía el cuello, buscando las últimas gotas. Ya  no quedaba nada. Ni sangre, ni vida. Lo dejé  caer al suelo como un saco de huesos rotos. Me quedé allí, estremecido, mientras  llenaba mis pulmones de aire frio y de humedad. Estaba lloviendo. Su cuerpo y el mío estaban empapados.
Así  como alucinado, bajé la vista y observé mis pantalones.  Vacilé, casi como un hombre mareado,  engarrotando mis manos, los dedos de mis pies.  Y entonces me eché a reír.  Estaba increíblemente excitado, e insatisfecho…   Quería más. 

Permanecí  un rato  tranquilizándome, recuperando mi ritmo cardíaco, respirando profundamente, rodeado por el fragor que hacía el  agua al caer,  y el que producía la sangre de Maikel dentro de mi cuerpo,  Yo era  un animal nocturno, grande. Puro. Rejuvenecido. Aspirando con delicia los olores   que se mezclaban con la lluvia limpia. Sobre mi pecho resbalaba  un torrente continuo que limpiaba la sangre.
Abrí los ojos en la oscuridad.  El chino…

El hombre ahora caminaba apresuradamente, casi  a dos cuadras de distancia. Casi estaba corriendo.   Había  escuchado sin duda el rumor del asesinato. A propósito, lancé mi risa sobrenatural, más potente que la de los seres humanos, y esta se perdió en ecos  espantosos. Llegó hasta él,  cagándolo aún más y despertando a muchas personas a nuestro alrededor.  Divertido  por esta pequeña maldad, aparté el cuerpo desmadejado de Maikel  y lo dejé caer en un charco sucio. Me levanté y  comencé  a caminar, y de súbito  eché a correr tras  él. Mi  chaqueta húmeda se elevó  como una capa   a  punto de ser desgarrada por un viento huracanado. Imprimí aún más velocidad a mis piernas.  



IV


El chino ahora corría  presa de un pánico tan irracional como la cantidad de droga que corría por su torrente sanguíneo. En su mente llena de piedra,  ya no solo era el mero presentimiento de un  peligro el que lo hacía correr como un loco:  el  mismo demonio  lo estaba persiguiendo  para matarlo. 

Trataba él desesperadamente de no caerse y mantener el ritmo de sus pisadas, pero solo lograba ver sus zapatos en una suerte de secuencia  que parecía estar muy por encima del suelo. En dos ocasiones perdió el paso y dio rudamente con las rodillas en tierra,  rompiendo su pantalón y despellejando su piel. En ambas oportunidades se volvió a levantar  como impulsado como por un resorte. Desembocó en la avenida San Martin, cuya  vasta perspectiva  a esas horas lucía  tan sórdida como peligrosa, en agudo contraste con la  animación que mostraba durante el día,  cuando  una cacofonía de gentes que trajinaban en colorido hormigueo la llenaban de vida.  De noche  por el contrario solía  plagarse de seres horribles,  de malvivientes infectados por las drogas y  el alcohol,  agazapados  contra las paredes  orinadas  de los comercios cerrados.  Esa noche, sin embargo, debían de estar en otros tramos de la larga avenida,   porque no se veía a nadie hasta donde alcanzaba la vista.  

El  chino  comenzó  a buscar  un taxi, desesperado. Cualquier vehículo,  en realidad, que tuviera la mala suerte de pasar por allí. Si el chofer no quería sacarlo de San Martin, lo mataría y robaría el carro, listo.  Miraba nerviosamente hacia atrás. Me presentía, me olía con ese inefable instinto que asemeja  a los humanos y a otros  animales en los momentos de tensión.  Y al  no poder verme todavía, me agigantaba en su mente. Yo era un peligro sin rostro que se le venía encima. Presa de una angustia convulsa, quería ahora alejarse de allí a como diera lugar. 

 Cuando finalmente me vio aparecer en la esquina,    no pudo contenerse  y  lanzó un  grito de terror.  
Sentí que el aire mismo  se conmovía   por el sobresalto   de   todos los seres vivos que  escucharon aquel grito. Algunos saltaron en sus camas, o pararon en sus raptos amorosos, todos alzaron los cuellos  miraron hacia sus ventanas.   Cerré mi mente a todos  ellos.  Pareció que volví a pisar el asfalto  cuando aminoré la velocidad.  Clavé los ojos en el chino,   deleitándome con su terror.  Escuché en su mente que  se hacia un llamado   a la cordura, al  valor.  Se dijo que él era un macho, que él tenía bolas, que debía enfrentarme.  Y  una sarta parecida de idioteces. Buscó su pistola en el cinturón.  Muy bien, me dije.  Con una risa de loco me proyecté sobre él y me le eché encima. 

Él  me perdió de vista. Apuntó  erráticamente y soltó  un disparo.  Aparecí detrás de él y lancé  una risotada  nerviosa. Lo  empujé, derribándolo con todo mi peso.  Al caer, pegó la cara  contra el suelo y se rasgó el mentón y la nariz.   Olí sus heridas, su sangre.   Me puse encima de él, forcejeamos  mientras  gritaba pidiendo auxilio. Por instinto abrí mi mente: la gente  comenzaba a agolparse   en las ventanas de los edificios, en las puertas. 

Él  aun tenía la pistola,  pero no podía usarla porque yo aplastaba su mano.  Me le senté encima, buscando instintivamente  el bulto que hacían sus genitales en el pantalón. Me apoyé completamente  sobre  su cuerpo de toro caliente y movedizo.  Otra detonación pareció estallar literalmente en mi oreja. El arma se había vuelto a disparar. Se oyeron  gritos de alarma, de hombres y mujeres.  Un hombre dijo  a lo lejos: “¡Allá están!” Y otro:”¡Ese carajo lo va a matar!!”,  refiriéndose a mí.  - “Claro que lo voy a matar, imbécil”, pensé. Una vieja   gritó varias veces que llamaran a la policía.  Hubo un curioso   efervecer de  angustia colectiva. Nunca la había sentido, porque yo siempre mataba furtivamente. Hasta esa noche. Por mi culpa la a noche en San Martin se había convertido en un espectáculo de terror. 

Pero ya estaba bueno del show.   Ese no era mi propósito.  Me incorporé de un salto  y arrastré por el suelo   a este  asesino que el azar me había proporcionado  como  postre. A los vampiros nuestro don especial nos da una fuerza sobrenatural, que ningún ser humano puede igualar. Lo llevé  sin dificultad  como si fuera  enorme y liviano muñeco de trapo, hasta  una calleja próxima y oscura. Ninguna  ventana de los edificios circundantes daba hacia ella. 

Los  gritos  de muchas personas anunciaban ahora que habíamos desaparecido,  que debían buscarnos. Querían salvar al que consideraban el agredido,  pero solo porque NO sabían que se trataba del Chino, un asesino. El venezolano es así. Es capaz de cometer  en masa  las peores  atrocidades: yo había visto en los barrios como inmolaban a los violadores, rociándoles con gasolina y prendiéndoles fuego como movedizos muñecos de Judas. Pero su primer impulso siempre era compasivo. Los que ahora  salían  de sus casas  para tratar de ayudar a un desconocido,  me pedirían que lo linchara si se enteraban que era un asesino. Pero de momento quien corría peligro de ser linchado era yo mismo. La gente no tardaría en colmar el perímetro. 

Con una habilidad que yo presentía vieja como el mundo, me incliné  y   besé al chino en la cara, en sus mejillas ásperas, en sus labios  grandes, sabrosos, gesticulantes. El pugnaba por rechazarme.  Su sangre manchó la piel blanca de mi rostro. Me volvió loco. Finalmente,  lo tomé del cuello y clavé con furia los  dientes en su yugular,  desgarrando en mi impulso la piel y los  músculos, casi  hasta llegar  hasta sus  vertebras.   Quedé deslumbrado por el orgasmo mental  y físico que supuso este  gesto de posesión.  Y también por la visión  de toda su maldad, de su naturaleza  despiadada, que lleno mi mente.  Reaccionó él con aún  más violencia, pero todos sus esfuerzos resultaron inútiles.  Todavía no conozco ningún elemento vivo que sea más fuerte que un vampiro. 

Seguí  chupando como un poseso.   Abrí  mis ojos  demoníacos  a todo lo que daban, pero solo podía ver en enloquecida secuencia a toda la gente  que aquel mounstro había asesinado,  en el curso de incontables peleas, robos, secuestros y violaciones. Lo solté y me arqueé hacia atrás, mostrando en pleno mis colmillos ensangrentados.  Mi mente giraba en un enloquecido torbellino de imágenes. En  su revelación había aun más:   familiares, primos, un cuñado, muriendo  a  tiros o a puñaladas por su ira desmedida de alcohólico o drogado;  vecinos y conocidos  muriendo en  su venganza por motivos pueriles.  Casi  todo bajo el efecto de la cocaína, de la piedra, de la marihuana…

Todo esto lo vi en el curso de los segundos eternos que duró nuestra comunión.  

Me derrumbé hacia atrás, entre sus piernas.   Mi cabeza tocó el suelo sucio. Trataba de recuperar el aliento, pero me costaba.  Tardé todavía unos segundos en tranquilizarme. 

- Coño Chino, - dije incorporándome sobre un codo, mirando su cara agonizante: -  tú eras de verdad un coño de madre…. 

 El l solo atinó a emitir un murmullo  ronco.  Casi poético. Se estaba muriendo. Contemplé el bulto impresionante que hacían su pene y sus testículos en su pantalón. Observé   su rostro  que se iba  apagando, hasta que por fin murió y  se convirtió en una máscara  sin expresión. 

 Miré mis manos, la piel de mis brazos.  Mi cuerpo había adquirido una tonalidad rojiza extraordinaria. Estaba repleto de sangre.
  
Me levante  y alcé en vilo su cuerpo  para arrojarlo  contra un contenedor  de basura, lo que provocó   un estallido de peroles y vidrios rotos. El cadáver  cayó y se deslizó hasta quedar en una posición anormal.  Me di vuelta. Los vecinos ya estaban allí, increíblemente cerca.  Instintivamente, sin pensarlo, hice que mi mente emitiera calor. Sabía cómo hacerlo.  Y los mortales sintieron ese calor en las minúsculas gotas de agua que saturaban el aire que los rodeaban, que respiraban.  Se echaron hacia atrás, alarmados, con la impresión de haber sido alejados por el aletear de una llama invisible.  Hubo un coro de exclamaciones. Aproveché el momento para hacerme  invisible a sus ojos: pasé entre ellos sin que pudieran  apenas percibirme. Quizás sí  el soplido que producía mi cuerpo al moverse,  o acaso  un ángulo de mi rostro que apareció bajo un hilo de luz para luego inmediatamente desaparecer,  o tal vez  la blancura  de mis pies  que de pronto ya no estaban donde creyeron  verlos. El ojo humano no es capaz de seguir la velocidad que los vampiros podemos imprimir a nuestros movimientos.  Y  eché  a correr, llevado por un impulso de mi propio goce de sentirme tan vivo a pesar de estar muerto.  Tan inalcanzable. Me alejé  como una exhalación,  dejando atrás su  asombro,  su  estúpido frenesí. 

 Todo  cambió en cuestión de segundos a mí alrededor.  Corrí aún más rápido, hasta que mi cuerpo ansió el cielo  y se elevó  insonoro a través de la noche, muy por  encima de aquel  colosal  pesebre iluminado...  




Mefisto  alzó su rostro regular  y muy hermoso. Cerró  los ojos, sintiendo como arriba, en el cielo negro y tachonado de estrellas,  se aproximaba algo a gran velocidad. Desde su boca bajaba un reguero de sangre, que goteaba sobre el cuerpo desfallecido del Mono Ramón, a quien se estaba bebiendo desde hacía rato, bajo los siniestros arcos de uno de los edificios  del Silencio.

La presencia poderosa pasó por encima  a una velocidad pasmosa,   y siguió luego de largo   hacia el luminoso cielo  este de la gran ciudad.

- Ah, ese es Ananda… - murmuró Mefisto con su  elegante sonrisa. Y luego, dirigiéndose al Mono Ramón: - ¿Sabes, lindura? Tú amiguito Maikel ya  está bien muerto, querido. Y ahora te toca a ti. 

Y volvió a hundir los colmillos en el cuello del malandro.  




Félix Pravskaia