Subí la escalera del edificio, seguro de que me iba a encontrar con una escena que no me gustaría. Desde arriba llegaban gritos de burla, y risas. Una de las chicas del grupo gritaba: “¡Juan Carlos se está dando los besos! ¡Juan Carlos se está dando los besos!” Y yo maldije una vez más, saltando de a dos los escalones. Era inevitable que pasara con Juan.
La brisa nocturna de Higuerote era refrescante, sin llegar a aliviar. En el edificio de pocos pisos, cuyo frente trasero daba a la piscina, por ser abierto exponía casi del todo el tirabuzón de la escalera. Allí bandadas de juerguistas iban y venían en incesante alharaca, casi todos alcoholizados. Uno que otro tenía algo más en la cabeza, pero por lo general no se trataba más que de un pequeño porro. La música era estridente gracias al relativo aislamiento de la propiedad, y a su función específicamente fiestera. Se bailaba alrededor de la alberca, se reunían grupos rientes en las áreas planas y se ocupaban casi todos los escalones de las escaleras, en prieta comunidad, los alborotadores junto a las parejas que se comían a besos. Que Juan Carlos estuviera entre estos últimos me había sacado realmente de mis casillas.
En mi prisa por subir, tropecé con un escalón con tan violencia que creí que me había partido un dedo. Llegué al rellano justo a tiempo para dejarme caer y frotar mi pie adolorido. Era allí justo donde estaba él, apartando en ese instante sus labios de la sonrosada boca de Natalia. Los tres, Juan, Natalia y yo, intercambiamos miradas con la misma expectativa: ellos, más confundidos que otra cosa por mi actitud; yo sencillamente hirviendo de celos. Para sorpresa de todos, volteé los ojos con desprecio y principié a bajar dando saltitos cortos.
Ya había visto lo que no quería ver.
Desde ese momento en adelante, no creo que lograra precisar muy bien qué me rodeaba. Me seguían comentarios insulsos, una que otra risa femenina, y hasta una mano masculina – no la vi, pero uno sabe reconocer esos detalles - que trató de sujetarme del short. La brisa del lugar me dio en el pecho y me pareció desagradable. El pie me seguía doliendo, pero era soportable y continué caminando a saltos.
Ya bastante bebido a esa hora de la madrugada, me dirigí por instinto a la mesa donde había dejado mi cajetilla de cigarros, mi franela y, en la parte de abajo, mis sandalias. Tomé la toalla de algún invitado al azar y me sequé, notándola áspera. Estaba húmedo pues la noticia del beso me había sacado de la piscina, donde momentos antes conversaba y fumaba con la prima de Juan Carlos. Creo… no, estoy seguro, que la dejé con la palabra en la boca. Y con mi reacción, seguramente llena de comentarios perversos. Seguramente ya los inoculaba como veneno al oído de alguna otra cotillera: “¿Viste, mijita? Alguien gritó que Juan Carlos se estaba besando con Natalia, ¡y Félix salió corriendo, niña, para verlo todo! - “¿Será que es marico, y le gusta Juan Carlos?”, preguntaría la otra, con una risita.
Solté un suspiro involuntario. Sin sacar de mi boca el cigarrillo que acababa de encender, me puse la franela. Ese era precisamente el coletazo de mi más grande error: desenvolverme en un grupo de heterosexuales que ignoraban que yo era gay. Y el error mismo: haberme enamorado de Juan Carlos, como cualquiera de aquellas pendejas.
Vagué sin dirección durante un rato, por entre los setos de aquel extenso y lujoso conjunto residencial, dejando que la música se volviera apenas un rumor de fiesta. De un lado y otro, solo había bellos aparcaderos llenos de vehículos caros, suites de planta baja que abrían sus puertas–ventanas para dejar entrar la brisa, y setos rectamente cortados que me llegaban a la cintura, orlados de flores. Al fondo, por un lado brillaba la infinita placa negra del mar, y por el otro, insólitamente, un gran parque de diversiones que parecía un palacio hecho de luces, algo retirado sobre una explanada de tierra. Percibí la melodía de sus mecanos danzantes bajo la luz de la luna. Dos días llevaba yo en Higuerote, y por el continuo ajetreo alcohólico, nunca le había prestado demasiada atención a aquel parque tan evocador de mi niñez, tan bonito. Los destellos de su gran noria, y la vida que verbeneaba a sus pies no hicieron más que aumentar mi tristeza…
En cinco años que llevaba conociendo a Juan Carlos, había sentido crecer mi amor como una rosa perfecta y bien cuidada. Lo de la rosa es el perfecto ejemplo gay, pero qué esperabas, yo lo soy. Amor era desde la misma noche que le viera por primera vez, allá en Caracas, aunque para ese momento no me diera cuenta. Amor creciente, desde la segunda vez cuando volvió a pasar en su carro por el mismo parque donde yo hacía ejercicios, espiando la figura de otros deportistas. Amor fue, finalmente, el que impulsó a mi extroversión para meterme de lleno en su círculo de amigos, hasta lograr convertirme exclusivamente en SU amigo.
Nunca debí dejarme llevar por mis impulsos. Juan era heterosexual, y de plano no aceptaba y se burlaba de la gente gay…
Fue para poder estar junto a él que me cubrí con el manto apropiado de la heterosexualidad. Como no se me notaba, como no dejaba escapar los gestos frecuentes y propios de mi clan, para Juan Carlos y para su grupo me convertí en uno más… y fui aceptado. Especialmente por Juan Carlos, que me creía sincero. Encandilado por la fina belleza de sus facciones, por sus gestos depuradamente masculinos, incluso llegué a reírme de mi gente, cada vez que alguien hacía sórdida parodia de los homosexuales.
¿Qué era lo que yo estaba buscando? ¿Una señal, tal vez, que me revelara una segunda naturaleza en él? ¿Una pista, que me llevara a su insospechada libertad de mente? ¿Algún loco indicio de “perversión”? Pues a los gays los imbéciles nos llaman perversos. No lo sabía. Aturdido por su deslumbrante sonrisa, vivía como en el interior de un gran tambor, al cual y a la postre dos desgraciados gigantes daban fuertes golpes a cada lado. Y en mi fuero interno me engañé de plano, diciéndome que yo solo quería la amistad de Juan Carlos, porque en la vida jamás había tenido un amigo varón.
Y así viví durante años, disfrutando, a la par de mi amor platónico, de una amistad incondicional, que profundizaba sus raíces día a día.
Un suave roce a mis espaldas me hizo mirar hacia atrás con sobresalto. Detrás de mí y por entre los setos emergió la gruesa silueta de una muchacha rubia y hermosa. La reconocí, pues esa misma habíamos congeniado agradablemente, a pesar de las numerosas advertencias, por parte de mis amigos, de que se trataba de una gorda chismosa. En uno de los picos etílicos que alcanzamos, en el transcurso de la fiesta playera, llegamos a encerrarnos en el coche de Juan Carlos para escuchar canciones de Miguel Bosé y fumar con las ventanas casi cerradas. Ella no podía ni imaginarlo, pero apenas un cuarto de hora antes yo había pillado el interés de Juan Carlos por la espectacular Natalia, una chica soltera e incitante, invitada a la fiesta por una amiga en común. Para atenuar el derrame que comenzó en mi pecho, me encerré a cantar con la bella gordita y con el bello Bosé, a todo lo que daba nuestras gargantas.
Ahora, esa noche, yo no podía recordar el nombre de la gorda. Llegó ella hasta mí con una sonrisa, dos botellas de cerveza en una mano, y dos cigarrillos en la otra. Comprendí que me había estado siguiendo. Sonreía cuando me invitó a sentarme junto a ella, en un espacio que quedaba entre dos setos, apenas suficiente para tres personas. Quedamos tan juntos que noté el acaramelado olor de su aliento.
- ¿Estás triste? – me preguntó con voz de niñita, aunque debía rondar ya los veinte años.
- No.
- A mí me lo puedes decir…
Traté infructuosamente de recordar cómo se llamaba, pero era en vano:
- No, chica. No estoy triste. ¿De dónde sacas eso?
- Te vi en la escalera. Me pasaste por un lado, y ni siquiera te fijaste. No te gustó nada que Juan Carlos besara a Natalia, ¿verdad?
Estuve a punto de ahogarme con el humo de mi propio cigarro. Era acaso que… ¿ella sabía? ¡Tal vez había puesto demasiado de mí cantando a Bosé, esa tarde!
- Estas imaginando cosas… Yo…
- Vamos, - se echó el cabello hacia atrás, con suma coquetería: - a mí me lo puedes contar. Todo el mundo dice: Nancy es como una tumba.
¡Nancy!
- ¿Por qué pones esa cara? ¿Se te había olvidado mi nombre?
- Nunca. Y no quiero que saques conclusiones que no son, Nancy. A mí no… Juan Carlos, o sea, yo no…
- Pero no tienes que mentir, Felixito… Yo sé que te gusta Natalia. Vi como la mirabas esta tarde…
Me le quedé mirando, pasmado.
- ¿Estás triste? – me preguntó con voz de niñita, aunque debía rondar ya los veinte años.
- No.
- A mí me lo puedes decir…
Traté infructuosamente de recordar cómo se llamaba, pero era en vano:
- No, chica. No estoy triste. ¿De dónde sacas eso?
- Te vi en la escalera. Me pasaste por un lado, y ni siquiera te fijaste. No te gustó nada que Juan Carlos besara a Natalia, ¿verdad?
Estuve a punto de ahogarme con el humo de mi propio cigarro. Era acaso que… ¿ella sabía? ¡Tal vez había puesto demasiado de mí cantando a Bosé, esa tarde!
- Estas imaginando cosas… Yo…
- Vamos, - se echó el cabello hacia atrás, con suma coquetería: - a mí me lo puedes contar. Todo el mundo dice: Nancy es como una tumba.
¡Nancy!
- ¿Por qué pones esa cara? ¿Se te había olvidado mi nombre?
- Nunca. Y no quiero que saques conclusiones que no son, Nancy. A mí no… Juan Carlos, o sea, yo no…
- Pero no tienes que mentir, Felixito… Yo sé que te gusta Natalia. Vi como la mirabas esta tarde…
Me le quedé mirando, pasmado.
Por un momento no supe que decir, mientras mi cerebro atontado por el alcohol trataba de ordenar sus ideas.
- Es una lastima, - prosiguió ella, frontal: - porque tú a mí sí que me gustas mucho…
- ¿Cómo??
- Si, tú me gustas mucho, y no he podido pensar en otra cosa desde que te conocí. Me encanta como eres, tan loco. Me encantó tanto que cantáramos en el carro, juntos, los dos solitos. Eres tan bello cuando cantas, cuando te ríes…
- Nancy…
- Dime, ¿Yo no te gusto ni un poquito? – se puso ansiosa: - Se que yo no estoy de buena como Natalia… pero podría gustarte. Yo se que sí.
- No deberías decirme esto. Has tomado mucho… Mañana, seguramente pensarás de otro modo…
- No, no es así. Tú me gustas demasiado, y seguro mañana me seguirás gustando.
- Es una lastima, - prosiguió ella, frontal: - porque tú a mí sí que me gustas mucho…
- ¿Cómo??
- Si, tú me gustas mucho, y no he podido pensar en otra cosa desde que te conocí. Me encanta como eres, tan loco. Me encantó tanto que cantáramos en el carro, juntos, los dos solitos. Eres tan bello cuando cantas, cuando te ríes…
- Nancy…
- Dime, ¿Yo no te gusto ni un poquito? – se puso ansiosa: - Se que yo no estoy de buena como Natalia… pero podría gustarte. Yo se que sí.
- No deberías decirme esto. Has tomado mucho… Mañana, seguramente pensarás de otro modo…
- No, no es así. Tú me gustas demasiado, y seguro mañana me seguirás gustando.
Pensé durante unos segundos qué podía decir para disuadirla. Pero ella no me dio chance. Se acercó todavía más, ofreciendo sus labios.
Cuando retiré mi boca de la suya, la expresión de ella era como concentrada. Permaneció con los ojos cerrados por un instante, inmóvil. Cuando finalmente me miró, algo en la expresión de sus ojos me hizo querer respetarla, saltándome su mala fama de chismosa. Aunque para ello tuviera que barrer con mis propios temores. Tuve una fugaz visión de mi amigo sentado en la escalera, con Natalia en sus brazos. La sorpresa de Juan Carlos al observar mis celos, su manifiesta confusión… El también merecía mi respeto. Mañana mismo cortaría con todo, regresándome a Caracas. Debía empezar por respetarme a mí mismo.
- Es Juan Carlos… - dije.
- Es Juan Carlos… - dije.
Nancy se volteó, confundida, creyendo que él venía por entre los setos.
- No, chica… - sonreí, sintiéndome aliviado por primera vez en años: - Es Juan Carlos quien me gusta. No Natalia…
Félix Pravskaia.
- No, chica… - sonreí, sintiéndome aliviado por primera vez en años: - Es Juan Carlos quien me gusta. No Natalia…
Félix Pravskaia.
Nota final:
Juan Carlos y Natalia (nombres ficticios que impuse a personas reales) iniciaron una relación esa misma noche, la cual pronto se deterioró porque ambos eran personas muy celosas. La relación duró solo unos meses y termino mal.
Juan Carlos, mi amigo, falleció unos cinco años más tarde, en un horrible accidente de tránsito. Me tomó más o menos otros cinco años superar esa tragedia.
A Nancy, cuyo nombre verdadero no recuerdo, no la volví a ver nunca más…
Excelente artículo.- He de acotar que historias como éstas se repiten muy a menudo dentro de nuestra sociedad, o como tu mismo lo has llamado, CLAN, un clan de insaciables ansias por querer más, pedir más, saborear más... tristemente es una guerra a la que nos enfrentaremos muy a menudo al tener bien puestas las bolas y reconocer que los amores imposibles, son los que más nos atraen! Felicidades
ResponderEliminarExcelente uso de las herramientas literarias para dibujar tu historia en nuestras mentes
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